omo aconsejó el inspector no saliésemos del hotel en toda la mañana, así se hizo, que sentados en un grande e cómodo salón estuvimos e por un gran ventanal veíase la calle y estaba el día soleado, aunque bien parecía frío. Desta forma, llamamos a los niños, que hubieron gran contento e muchas cosas nos refirieron; e hablamos luego con Chuti e con don Juan, que por no desaprovechar ocasión, nos bendijo desde Grazalema para que a cabo se llevase la empresa sin riesgo alguno e nos prometió unos rezos. Así, le dije yo que orase justo a las cinco de la tarde durante algo más de media hora, e díjome oraría con toda su devoción hasta pasadas las seis, que orar no es perder el tiempo como algunos dicen, sino ganarlo”.Al ver que Marcos pedía su segunda copa de licor, le advertí que alcohol y situaciones serias no hacen buenas migas; e quiso dejar la copa en la mesa, mas le aclaré que esa segunda copa ya no le haría efecto en llegado los momentos más importantes. E muy poco a poco, sorbo a sorbo, la fue bebiendo.
“Capitán – me dijo -, no quiero saber cosa que no queráis o no podáis decirme. Os haría una pregunta e vos decidiríais si contestáis o calláis”.
“No he de callar – le dije – aunque sea cosa que no pueda revelaros; preguntad pues, e ya os diré lo que crea menester”.
“¿Es la entrega – preguntó – en este memo hotel?”.
“No tal – respondí lacónico”.
“¿Es entonces en otro lugar de la capital – continuó -, según colijo?”.
E pensando un poco primero, contesté de igual forma:
“No tal”.
“Entonces – dijo con extraño – debe ser un lugar cercano, que venir a Madrid si el encuentro fuese en León, no paréceme de razón”.
“Así es, querido Marcos – espeté sin dar importancia a mis palabras -, que no es Madrid sino el sitio de reunión de varias personas. No vamos a estar solos. E todos juntos iremos al lugar señalado”.
Y en viendo su gesto, parecióme empezaba a adivinar algún sitio cercano donde muy bien podría entregarse la caja.
“Sea como decís”.


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