14 noviembre, 2006

Del cuarto envío

ajó Catalina asustada del dormitorio de los niños al amanecer, pues yendo a despertarlos e decirles se fueran aseando, encontró, decía, la habitación ¡como una selva!

“Mujer – le dije -, no asustaos que no es sino la primera noche que tienen a sus nuevos amigos, mas tendrán éstos su propio lugar para dormir”.

“¡Santo Dios! – se fue diciendo -, que desastre como aquese no había visto en mi vida”.

Mas todo pasó con una buena limpieza de la habitación e se cambiaron las ropas de cama. Y ya estaban en la escuela los niños, cuando platicamos en el gabinete Marcos e yo, pues le intrigaba el repentino viaje a Madrid y el encuentro con el inspector.

“Nada habéis de temer – le dije -, que podría considerarse éste como viaje de rutina en mi larga vida, aunque sí es bien cierto que lo hago como el último en esta larga empresa. Terminados el viaje e los asuntos que allí me llevan, nunca más he de seguir defendiendo a España como hasta agora lo he hecho, que son los españoles tan tontos, que no se dan cuenta del tesoro que tienen. Esa caja, Marcos, representa a España; si se partiese en pedazos, en tantos pedazos se partirá España. No quiero repetir exactamente las palabras que ya dijo en su momento personaje de nuestra historia, mas pienso que España, para los españoles”.

“¿No os consideraréis, pues, español una vez terminada la empresa? – preguntó Marcos intrigado -. Es cambio éste en vos que a mi razón no llega”.

“Esto que nos rodea, Marcos – le dije quedo -, ya no es España. Seguiré siendo fiel a ella en mi memoria, que paréceme acabará desapareciendo. Agora quiero pasar unos años de paz e sosiego e solaz, que muchos he pasado de luchas e otros muchos encerrado y errante. Acabemos esta farsa e vivamos”.

E interrumpió nuestra plática la música de móvil:

“¡Capitán! Loco estáis – me pareció decía la albóndiga sebosa -, que no es de razón enviar estas cosas a nadie”.

“¿Al fin los habéis visto? – le dije -. Son bellos e son muy raros e muy caros. Así pues, la siguiente misión será los devolváis a esta casa”.

“¿Qué decís? – contestó asustado - ¿Devolverlos? A palacio han sido enviados porque aquí no hay chimenea”.

“Según entiendo – le dije tranquilo – estáis pensando en echarlos al fuego e debéis saber que por cada uno que no llegue aquí mañana mesmo otras dos sorpresas recebiréis”.

E le oí decir a lo lejos a alguien fuese a buscarlos con urgencia.

“Espero – le dije -, vuelvan salvos e no hagáis trampas, pues entre mil, reconocería a mis dos amigos”.

“¡Pardiez! – contestó muy nervioso -. Sois impredecible. A fe que me siento tranquilo de que no me hayáis pedido os devuelva el último envío”.

“No es mala idea – le dije riendo -, que ya se acababan en mi imaginación qué sorpresas daros”.

“¿Me decís que os devuelva…?”.

“Buena idea me parece – le interrumpí -, mañana he de recebir a mis dos amigos africanos e pasado mañana hasta cien animalitos de los otros. Procurad no fallar, que suelo airarme”.

E volví a colgarle, que era lo que más placer me producía.

“A fe, capitán, que lo que hacéis no sé si es para reír o llorar por siempre desconsoladamente”.

En Sevilla e a catorce de noviembre del año de dos mil e seis.

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