yendo sonar la musiquilla de mi móvil, ya sabía yo oiría la voz de la albóndiga sebosa poniendo excusas e asegurándome el envío del dinero exigido:“¡Capitán! – tal como pensé sucedió -, que vuestros dos amigos africanos ya se han enviado e trampa alguna hay. Esta mesma mañana habréis de recebillos, mas, os lo pido, por lo que más queráis, condonéis esa deuda de enviaros hasta cien cucarachas, que cosa imposible nos parece e ya está el montante reunido para seros enviado”.
“Bien me parece lo primero – le dije -, que jugar con la vida desos dos animalitos no me parece de razón; mal lo segundo, que si no enviáis la caja con el ciento de insectitos de cloaca, sigue en pié mi palabra de enviaros otras dos sorpresas; atinado paréceme lo tercero, que demasiado tiempo llevo ya esperando los dineros y las deudas pendientes no me agradan”.
“No temáis, capitán – dijo con halago -, que mañana mesmo recebiréis una gran caja de las que puede verse el contenido sin ser abiertas, e podréis comprobar (también por su peso) va llena de billetes de quinientos, que hanse reunido dos mil dellos e así no falta un céntimo e hanse contado hasta tres veces”.
“Bien precavido os veo – contestéle -, que es mejor sean todas las monedas del mesmo valor e tamaño. Mas si sobra una, sobrarán quinientos, e si una falta, quinientos faltarán; e la cantidad ha de ser exacta. Supongo llegará en el mesmo momento que la otra caja”.
“¿Qué otra caja, capitán? – dijo con extraño -. Lo que pedíais ya se os envía e queda prometido no habrá más trampas ni asaltos ni persecuciones; como si no existierais”.
“La otra caja es un débito – le dije -, e aún recebiréis la quinta sorpresa, aunque ya esté aquí el montante de un millón”.
“¡Por favor, capitán – llorisqueó -, habed la merced de condonar ese otro envío! Ya os he prometido los dineros estarán allí mañana e nunca más tendréis que preocuparos de alguna otra cosa”.
“Otra falta – le dije grave -, e debe cumplirse”.
“¿Otra más? – exclamaba cada vez con más preocupación -, ¿otra sorpresa más además de la quinta?”.
“Vos lo habéis dicho – le aclaré -, que soy yo el que prometí entregaros la caja roja e tal cosa se hará en Madrid. Seréis avisado del día, el lugar e la hora”.
“Sea lo que decís – concluyó -, que con vuestra palabra no hay quien luche”.
E colguéle, esta vez con un par de garabatos enganchados en sus pezones.


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