e entró Chuti en casa en risas, de tal modo y manera, que hablar no podía e más parecía llorar que reír. E viéndole desta guisa, preguntéle qué cosa sucedía:“¡Ayyy, capitán, que lo que os diga ni es para reír ni es para llorar, mas no sé si seguir riendo o llorar de tristeza!”.
“Muy claro no sois – le dije -, esperemos a que se pase el ataque e luego me referís lo sucedido. ¡Traed a este hombre un vaso de agua, que se nos ahoga!”.
E así, pasada una buena pieza, me refirió lo ocurrido:
“Aquí traigo la herramienta que necesito para el juguete, mas sabed que al llamar en la casa de arriba, todo estaba muy cerrado e, antes de abrirme doña Micaela, oí unas voces que me echaban de allí, e ¡adivinad qué voces se oían!”.
“Si no me lo decís – le dije – no voy a adivinarlo. Si he de esperar espero”.
“¿Recordáis aquellas voces de espectros que oímos en los pasillos del sótano?; esas que decían: « Dejadnos en paz, olvidaos de nosotros, que nuestra vida seguirá aquí»”.
“Sí las recuerdo, sí – le dije con gesto grave – e preferiría no recordar aquellos momentos”.
“Pues sabed – contestóme otra vez en risas -, que no son sino las voces de doña Micaela e don Isidoro, que algunos aprovechados han comprado la casa e de ahí quieren se vayan”.
“E ¿tal cosa os parece graciosa? – preguntéle asiéndole por el cuello -. Si bien es cierto que creíamos oír espectros e no eran más que las voces dellos que por debajo del suelo venían, no me parece asunto para reírse”.
“Sabed, capitán – prosiguió sosegado -, que ya me he permitido el atrevimiento de decirles que tal vez nosotros pudiésemos serles de ayuda; más vos que yo”.
“¡E así ha de ser, vive Dios! – apuntéle -, que mientras esta casa esté en pié, vivirán ellos ahí e sin ser estorbados. E muchos años han de pasar después de muertos ellos para que esta casa se eche abajo. Arreglad agora el juguete de mi niño e, si lo volvéis a hacer se mueva, he de daros una recompensa”.
E vino al cabo el niño con Chuti en sonriendo e, alzándose de puntillas, besóme; y esto mesmo hizo con Chuti de gran contento mientras su juguete se movía.
“Una recompensa recebiréis por esto – le dije a Chuti -, que esta sonrisa vale un Potosí”.
“Esta, señor – contestóme -, es la mejor recompensa que puedo recebir”.
En Sevilla e a quince de noviembre del año de dos mil e seis.


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