15 noviembre, 2006

Del arreglo de un juguete que arregló otra cosa (1/2)

ajó Marinín a media tarde, en llantos, con un juguete en las manos:

“Papi – me dijo -, Atlacatl me ha roto este juguete, que es mi preferido”.

“¿Atlacatl? – pregunté horrorizado e asiéndolo por los hombros -, e ¿cuándo ha sido eso?”.

“Cuando lo he sacado de la jaula – dijo -, voló hacia él e lo dejó caer”.

“Más tranquilo me dejáis – contestéle entre trasudores -, que del otro Atlacatl creí hablabais, aunque el poner el nombre de mi padre a una cacatúa... ¿E qué cosa le pasa al juguete?”.

“Ya no se mueve – dijo -, bien lo he mirado e no veo nada roto”.

E llamé a Chuti porque lo viese e, abriendo una pequeña puerta que había a sus espaldad, dijo:

“Menos la muerte (la nuestra), todo tiene arreglo, que no es más que un «cable desoldado».

“¿E traen estos juguetes cables de soldados en su interior? – preguntéle -. Eso de que le pongan cosas del ejército a un juguete, siendo para niños, no me parece de razón”.

“No es eso, capitán – dijo Chuti en risas -, dejadme lo arregle, mas necesitaré un aparato que es llamado «soldador» y en esta casa no tenemos”.

“Cómprese agora mesmo uno – le dije – que no quiero mi hijo se quede sin su juguete”.

“Cosa tal – respondióme – paréceme difícil, que la tienda donde los venden está lejos e no abrirá hasta pasada al menos una hora. Mas… no os preocupéis, que don Isidoro, el vecino anciano del portal cinco, debe tener alguno, pues es «electricista»”.

“Desas cosas vos entendéis – le dije -, así pues, probad alguna solución”.

E partió Chuti corriendo calle arriba hasta el portal cinco mas extrañóse se hallaran las puertas tan cerradas e, tomando la aldabilla, dio algunos golpes. Mas no hubo respuesta alguna. Esperó una pieza e volvió a llamar con más fuerzas e desde el interior de la casa se oyeron a voces las siguientes palabras: «Dejadnos en paz, olvidaos de nosotros, que nuestra vida seguirá aquí”. E recordó haber oído antes esas palabras e volvió a llamar con insistencia. Abrióse la mirilla de la puerta e dijo Chuti iba a llevar un recado del capitán. Con esto, doña Micaela, su esposa, entreabrió la puerta e miró con desconfianza a todos lados, e le dijo Chuti:

“Solo vengo señora, a traer un recado, no a quitaros la casa, pues sabiendo don Isidoro debe haber un soldador, me pide el capitán os lo pida para un pequeño arreglo e yo mesmo os lo devolveré en una corta pieza”.

Abriendo la señora la puerta, le hizo gesto de que pasase, cerró la puerta e, mientras llamaba a don Isidoro, refirióle la siguiente historia:

“Unos hombres han comprado esta casa, que en renta vivimos, e quieren de aquí echarnos por demolerla completa e hacer una nueva e más moderna. Mas ya estamos hartos de tanto asedio diario e por ello no abrimos la puerta e les gritamos se vayan”.

“Dos cosas voy a deciros, señora – espetó Chuti -; una dellas es que os agradecería mucho me dejaseis usar un soldador, mas la otra es que puedo prometeros, que mientras el palacio del capitán se alce pegado a esta casa, nadie os va a echar de aquí, sino cuando Dios tenga a bien recogeros en su seno e paséis a morar a su diestra”.

“¿Podéis hacer tal cosa? – preguntóle la pobre mujer -. Agradecidos os quedaríamos los pocos años de vida que nos quedan si nos dejasen en paz”.

“Dejadme hable con el capitán – le dije -, que para él este entuerto es pecata minuta”.

E apareció por el obscuro patio don Isidoro en saludándome con mucho cariño y en su mano traía un soldador.

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