ue el almuerzo como era de costumbre e Marcos jugaba con palabras con los niños e todos reían. Parecióme nuestras relaciones se habían arreglado e comía don Juan con grande apetito, que eso sí que no pierde, mientras decía:“¿Veis? A este delicioso cerdo ya le llegó su «sanmartín», e con su carne nos alimenta e tan bien aderezado me parece, que he de pedir la receta a María porque Cristina me lo prepare, que aún pareciendo esto carne mechada (que llaman) más me parece redondillo”.
“La salsa – espetó Marinín – es tan buena e sabrosa que acabaré haciendo desos barquitos hasta acabar con la pieza de pan”.
“Bien me parece – les dije – que mucho habéis jugado e se os ha abierto el apetito a todos, mas viandas hay, afortunadamente, para apagar ese fuego del hambre. Comed sin exceso, que el yantar os repondrá las fuerzas. E agora, quiero toméis con nosotros un poco de vino, que aunque dícese en estos tiempos que los niños no han de beber, costumbre errada me parece, que un poco, sólo un poco de vino, os hará los alimentos más deliciosos e más de provecho”.
“No me parece errado que los niños beban un sorbo de vino – dijo don Juan -, siempre que se les enseñe que es así como debe beberse; en sorbos”.
“Buena educación les daréis – dijo Marcos con sorna -, que si a alguno le gusta el paladar estaremos criando a un borracho de por vida”.
Luego desto, apareció María con una pequeña tarta rodeada de nata como ondas e tenía ésta forma de barco; con sus velas, aunque no de lona, sino de cera:
“Alguien me ha dicho – comentó -, que el día seis celebróse alguna cosa en Sevilla y este es mi regalo”.
“Jo, papá – dijo Marinín -, ¡es un barco!”.
“En casa de dos «marinos» es el mejor regalo que puede recebirse”.
E agradecí el gesto desta mujer que ama a mi hijo como suyo.
En Grazalema e a once de noviembre del año de dos mil e seis.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario