ensa fue la espera del personaje esperado, pues tanto el inspector como yo, sabíamos cosas que Marcos no sabía e no iba a saber hasta el día siguiente por la mañana. Así, platicamos de muchas otras, mas ninguna había relación con lo venidero.Noté a Marcos inquieto, contrariado, poco atento; mas esto era parte de la misión que nos esperaba.
Pasaban las tres de la tarde cuando se abrió la puerta del reservado (que así llamaban a aquella sala) y entró un coronel del ejército moderno con dos guardias bien armados que restaron todo el tiempo a cada lado uno de la puerta cerrada.
Fuimos presentados a tal personaje, que decía venir según las órdenes de un general (cuyo nombre no puedo revelar), e sólo con verme, esbozó una sonrisa e dijo:
“Correcto. Esta es la persona que imaginaba vendría e nada necesito se me diga para aceptar la petición del inspector. Capitán Alacaída, puede que nadie os conozca en algunos sitios de España, mas he de deciros que de vos he oído hablar muchas e muy buenas cosas. Lo que ahora me trae es comprobar sois vos e no un intruso, que en todas las fuerzas del Estado los tenemos”.
“Agradecido os estoy por el cumplido, coronel – le dije -, e a vuestro servicio me tenéis para lo que fuere menester”.
“Nada deso – contestó -, que aún siendo vos capitán e yo coronel, os debo pleitesía”.
“Sabe usía que lo que he de hacer no es sino por defender a España – le dije -; que lo hecho tenga el efeto que esperamos, hasta mañana no podrá verse”.
E Marcos iba cambiando su semblante en disimulando su asombro, pues nada sabía de lo que ocurriría al día siguiente, mas veía no eran invenciones mías descabelladas”.
Fue el almuerzo luengo e mucho hablóse de una cosa e de otra e, así, hasta las cinco estuvimos en aquel lugar.


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