bamos a salir del taller cuando oímos al artesano hacer unos ruidos e nos llamó a nuestras espaldas:“¡Mirad, capitán! – dijo en aquel instante -. Mirad esto”.
E Marcos e yo nos volvimos e advertimos había encendido más luces e sobre su banco de trabajo se hallaban las dos cajas:
“Decidme – preguntó - ¿reconocéis la verdadera?”.
“A fe que es dificultoso – le dije - que a tres metros dellas estamos e no puedo ver su interior”.
“Acercaos e miradlas con detalle – nos dijo haciendo un gesto con su mano - e decidme luego cuál es la original”.
E caminando lentamente hacia la mesa íbamos mirando una e otra e no podíamos distinguirlas.
“A menos de un metro e con buena iluminación las veis – espetó -; no creo que si vos no las distinguís, las distinga alguien que no ve la original desde hace al menos un mes”.
“Vive Dios que sois un artista de manos cuidadosas – le dije – e de saberes dificultosos, que ni la color puedo distinguir, ni los dibujos, ni el tamaño…”.
“Algún retoque me queda para que sea una simulación aceptable – concluyó –, que podría haceros una copia exacta”.
“¿Exacta decís? – preguntó Marcos asustado -; acaso tomándolas en peso sabría cuál es la original por estar llena”.
“No tal, señor – contestó -, que vacía se me dio la original e hasta he reducido el mínimo peso de diferencia por no llevar el texto grabado en su interior. ¡Probad!”.
E mirándome Marcos por ver qué gesto le hacía yo e viendo no me oponía a tal prueba, tomó cada una en una mano e las observó más de cerca e, no conforme con esta prueba, las cambió de mano por si notaba diferencia:
“No sé cuánto cobráis por vuestro trabajo – le dijo Marcos – pero sí sé que puedo deciros que debéis sentiros orgulloso de cómo lo hacéis, que poniendo una junto a la otra no pueden distinguirse”.
Y echóse el hombre a reír como si viera en el gesto de Marcos ingenuidad, tomó una balanza de precisión que tenía a un lado de la mesa e la puso equilibrada en el centro en diciendo:
“Podéis pesarlas, capitán. Poned una en cada bandeja de la balanza por ver la diferencia de peso. Si no quedáis convencido, cambiadlas de bandeja”.
“No es necesario – le dije -; que el trabajo realizado es muy superior en calidad al que os pedí. Aquí tenéis la bolsa con lo pactado por vuestra labor, e aquí, otra bolsa con la mesma cantidad, pues el doble de lo estipulado voy a pagaros por tal presea. Mas un favor os pido: haced una marca oculta que yo distinga la copia, no sea entregue la original”.
Y reía aquél hombre que, en una semana, fizo el trabajo que decía poder hacer en un mes.


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