13 noviembre, 2006

De los preparativos para el paso final (3/3)

ice unos llamados al inspector leonés que me recibió con gran contento mas preguntóme si no había hablado con el inspector sevillano don Juan de Lema. Tras aclararle lo había hecho, le dije que, conociendo él mejor que yo lo que estaba acaesciendo, sería importante nos viésemos en Madrid un día e a una hora exacta. Con esto, me dijo que dejaría cualquier cosa que hubiere menester por serme de ayuda e se concretó la cita como muy importante e ineludible bajo ningún otro concepto. Asegurándome así sería, le dije a Marcos preparase un viaje a Madrid en el «ave» mortificadora e veloz; un viaje para un día concreto e una hora concreta. Nada más podía decirle a mi compañero, por el momento, sino que nos veríamos con el inspector leonés. No hizo Marcos pregunta alguna, sino que con gusto preparó aquél viaje que le dije.

Poco más tarde, en una tienda que cerca de la Alfalfa se encuentra, entréme a ver los animales exóticos que allí había e sentí gran curiosidad al ver podían comprarse tarántulas, escorpiones e algunas serpientes un tanto peligrosas. E sin ninguna otra explicación, preguntéle al vendedor cuál de aquellos animalitos era el más peligroso e fue buena su respuesta, pues díjome qué cosa podría pasar con cada uno dellos si se les trataba con poco cuidado. Así, me decidí por el escorpión e dos compré.

Llevélos a casa en una caja especial e con mucho cuidado, pasáronse a la caja oficial. Ya estaba preparado el tercer envío.

Pasado ya el medio día, recebí una llamada de la albóndiga sebosa con gran enojo por los paquetes recebidos e así le dije:

“Lo que prometo cumplo e vos no lo habéis hecho. Habéis intentado hacer volar mi casa por los aires llena de gente inocente aún habiéndoos advertido que no hicierais trampas, que cuando un jugador intenta darme el jaque con malas artes, peores artes intento yo. Cinco regalos recebiréis por vuestra primera trampa; espero no haya otra, pues sumaré otras cinco. Y he de advertiros, que no serán explosivas, mas, si no las abrís e veis el contenido, podréis llevaros una desagradable sorpresa. Así, debéis decirme agora cuáles han sido las dos primeras sorpresas e debéis saber que cada una será más… «curiosa» que la anterior”.

Hubo una pieza de silencio e dijo:

“Era la primera de poco esperar, unos excrementos, mas se arrojaron a la basura; la segunda hizo salir a mucha gente corriendo, mas se ha podido controlar. Por favor, capitán, si es cierto lo que decís de que cada vez serán más peligrosas las entregas, paradlas, que se está preparando el envío del dinero e ya no habrá más molestias”.

“Aprestaos en vuestro envío e abrid cada uno de los míos, pues, mientras no se reciba e se verifique no es trampa mortal e se cuente hasta el último céntimo, seguiréis recibiendo las respuestas a vuestro engaño mortal, e si alguno no se abre, dos más recebiréis por cada”.

“Pero, capitán – dijo poniéndome por ingenuo -, ¿cómo vais a saber si la caja se ha abierto?”.

“Es bien fácil – respondíle -, que si no llamáis al abrirlo e decís el contenido, dos más recebiréis por añadidura. E no usad medios modernos para averiguar lo que recebís antes de abrirlos, que las paredes de las cajas van cubiertas con fina capa de plomo que, según los expertos, os impedirán ver su contenido”.

E le oí decir retirado del teléfono: «¡Hijoputaaaaa!».

“¡No tanto como vos – le grité –, que os hacíais ilusión de verme hecho pedazos e mi casa arruinada! Cumplid lo dicho e os será entregada la caja una vez contado el montante. Recordad: un millón de euros; ni un céntimo más ni uno menos”.

E le colgué el teléfono por no poder colgarle de sus entrepiernas sobre un baño de pirañas.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario