e miraba Marcos casi aterrado e hacía por querer comentar lo leído, mas con un leve gesto de la mano le pedí esperase.“Sigamos. Busquemos aquí… Aquí está: «Cuando un príncipe dotado de prudencia ve que su fidelidad en las promesas se convierte en perjuicio suyo y que las ocasiones que la determinaron a hacerlas no existen ya, no puede y aun no debe guardarlas, a no ser que él consienta en perderse”.
Levantóse Marcos airado e deambuló por la sala en diciendo:
“¡Habláis de un rey cobarde, de un rey que no hace ni cumple nada de lo prometido sino por salvarse a sí mesmo a costa de su pueblo!”.
“Erráis – respondí buscando el siguiente párrafo -. Dejadme terminar”.
E volvió a sentarse malhumorado en su asiento.
Seguí leyendo:
“Oíd esto: «Es necesario saber bien encubrir este artificioso natural y tener la habilidad para fingir y disimular. Los hombres son tan simples, y se sujetan tanto a la necesidad, que el que engaña con arte halla siempre gentes que se dejan engañar». Y acabo con esta otra, veamos… Esta: «Un príncipe, y especialmente uno nuevo, que quiere mantenerse, debe comprender que no le es posible observar en todo lo que hace mirar como virtuosos a los hombres; supuesto que a menudo, para conservar el orden de un Estado, está en la precisión de obrar contra su fe, contra las virtudes de la humanidad, caridad y aún contra su religión”.
“No os entiendo, Marino – exclamó inquieto -, sois monárquico e me leéis unos pasajes que no dicen nada bueno de nuestro Rey”.
“Supe esto – le dije - cuando ocurrió aquel episodio de 1981 que se ha llamado luego 23F. Ahora se me confirma que Su Majestad encubre a estos malhechores por salvar sus espaldas e no piensa en su pueblo. Le estorbo si quiere mantener su integridad e su máscara de príncipe encantado o encantador”.
“Capitán – por el tratamiento sabía yo Marcos estaba contrariado -, no podéis aseverar cosa tal sin demostrarla”.
“¡Sea pues! – contesté lacónico e alzando la voz -, os lo demostraré”.


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