laticábamos Marcos e yo en el gabinete por la mañana, cuando me insinuó éste, que una partida de malhechores no sería fácil de atajar si estaban apoyados por Su Majestad, e luchar contra ellos sería pérdida de tiempo hasta la muerte, mas pensar en que el Rey daba su apoyo a criminales no le parecía de razón. Así, me levanté de espacio e me fui a la biblioteca dejándole allí en espera, e volví al cabo con un viejo libro en las manos. Acercándome a él, que permanecía sentado, puse el libro ante sus ojos: «El Príncipe».“¿Lo habéis leído? – le dije -, hay demasiada literatura para leerla en una corta vida de treinta e dos años”.
“He de seros sincero, pues aunque conozco lo que fue y quién fue Maquiavelo, no he leído sino algunas frases de su obra, que en leyes también se estudian e usan”.
“Así pues, voy a leeros unos cortos fragmentos deste libro. Sentiréis que es verdadero y sentiréis es falso, mas las actitudes que aquí describe (las que llámanse agora maquiavélicas), os darán una idea de lo que nos está ocurriendo”.
Quedó suspenso e me miraba casi con pánico, cuando comencé a leerle algunas partes del capítulo XVIII de El Príncipe:
“Veamos... Estaba por aquí… ¡Aquí! «¡Cuán digno de alabanzas es un príncipe cuando él mantiene la fe que ha jurado, cuando vive de un modo íntegro y no usa de astucias en su conducta!”.
“Aclaradme aquesto – dijo interrumpiendo mi lectura -, ¿os referís con ese «príncipe» al monarca que nos dejaron?”.
“Al tal me refiero, e os pediría tomaseis buena nota de lo que leo sin interrumpir mis búsquedas e lecturas, e luego habremos tiempo sobrado de pláticas”.
“Perdonad, Marino – me dijo -, siento que vais a leerme algo que tal vez no comparta, mas haré lo que me habéis pedido haga”.
“Sigamos pues…. A ver…. ¡Esto!: «Es menester, pues, que sepáis que hay dos modos de defenderse: uno con las leyes e otro con la fuerza. El primero es el que conviene a los hombres; el segundo pertenece esencialmente a los animales; pero como a menudo no basta con aquél, es preciso recurrir al segundo. Le es, pues, indispensable a un príncipe el saber hacer buen uso de uno y otro enteramente juntos». Maquiavelo dixit, e así parece nuestro «príncipe» desto sabe mucho”.
“No podéis dejarme mudo – exclamó Marcos - hasta que terminéis toda esa lectura”.


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