01 noviembre, 2006

De los fantasmas buenos e los malos

ubiendo a la cama por los pies se puso Marinín entre nosotros e nos miraba sonriente.

“Acaso tenéis miedo por haber oído esa historia tenebrosa – le dijo Marcos -, que es ya noche de Difuntos. Mas sabed, que los difuntos están en sus tumbas e de allí no salen”.

“Pues vos e yo mesmo – le respondió resuelto – uno hemos visto en la casa de Ronda”.

“Cierto. No nombremos eso agora que no es menester – dijo Marcos nervioso – mas no era sino un caso especial e no hablamos de fantasmas malos”.

Y en oyendo yo esto de los fantasmas malos, vínoseme a la memoria la historia que algunos contaban en Algatocín e comencé a hablar:

“Cuéntase en Algatocín, que es pueblo cercano a Ronda e de gran belleza, que llegóse allí un hombre andrajoso que nadie conocía e que preguntaba por un antigüo caserón abandonado desde hacía mucho tiempo e que estaba en la ladera de un monte e nadie quería ir allí por decirse estaba habitado por un fantasma malo, y que en aquella casa habían sucedido horribles acontecimientos e hubo muertos e nadie sabía lo ocurrido. Decía aquel hombre a las gentes no tener miedo a nada e que quería descubrir el secreto de la casa encantada, mas las gentes le aconsejaron no se acercase allí por la noche. Y aquel hombre, pidió algo de pan, ajos, tomate e agua y un recipiente para hacer un gazpacho e se fue a buscar la casa por donde le dijeron estaba; e las gentes le decían que no fuese, mas partió al atardecer y entró en la vieja e abandonada casa y encendió fuego en la chimenea (Marinín se pegaba a mí) e se puso a preparar el gazpacho caliente. E cuando llegó la media noche e se hizo el silencio, oyó una voz tenebrosa que le decía: «¿Qué hacéis aquí en mis dominios?».

Marinín se estremeció e se pegó a mí sin dejar de mirarme e sus brillantes ojos no parpadeaban, e así Marcos me dijo:

“Ya veis la reacción del niño. ¿Acaso pensáis que así lo haréis dormir? Paréceme a mí nos tendréis en vela a entrambos toda la noche”.

“Dejadme terminar – les dije -; ¿quién sabe cómo acaba un cuento aunque mal empiece?”.

E seguí narrando la historia:

“Cuando el hombre oyó aquellas palabras siguió haciendo su gazpacho e, al poco, ¡cayó una pierna por el hueco de la chimenea!”.

“Marinín, hijo – le dijo Marcos -, ¿os importaría dar las patadas en el otro sentido? ¡Parece vuestro padre no se da cuenta de lo que narra!”.

“No me interrumpan vuesas mercedes – les dije - o no acabaré nunca o no os enteraréis de la historia”.

E se hizo el silencio e proseguí:

“Viendo el hombre una pierna colgando del interior de la chimenea (se acercaba Marinín cada vez más), no hizo nada, e cayó luego otra pierna, e luego un brazo e luego una cabeza y volvió a oír la voz del fantasma: «¿No os doy miedo? Acaso no sabéis lo que aquí podría pasaros». Y el hombre, al terminar de hacer el gazpacho, le invitó a la cena.

“Eh, papá – dijo Marinín sonriendo -, queréis burlaros de nosotros”.

“Dejadme terminad, hijo – le dije más en serio -, e luego lo comentáis”.

E proseguí de espacio:

“Viendo el fantasma que el hombre no le temía e que era muy valiente, le dijo: «¡Muchos años han pasado e nunca he visto a hombre valiente! Así me parece agora puedo ya descansar en paz, que por unos tesoros me mataron unos cobardes e prometí no irme desta casa hasta no entregarlos a un hombre valiente. Levanta los ladrillos de la chimenea y encontrarás los tesoros». E desta forma, fuése el fantasma y el hombre levantó los ladrillos y encontró allí escondida una tinaja llena de monedas de oro y de plata, e tomando el tesoro, huyó del pueblo. E cuando un día fue la gente a ver qué pasaba, vieron la chimenea levantada e varias monedas junto a ella. Así, comprendieron que al que vive con miedo nunca le pasa nada, ni bueno ni malo; está condenado a que nunca le pase nada”.

“Jo, papá – dijo el pequeño -; agora entiendo la historia”.

E Marcos, con la mano en el vientre, se levantó hacia el cuarto del baño en diciendo:

“Sí, sí, ya agora también la entiendo yo”.

En Grazalema y a primero de noviembre del año de dos mil e seis.

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