28 noviembre, 2006

De lo sucedido en la casa nueva la primera noche

legando la hora del descanso, decidimos ir a dormir al otro lado Cayetano, don Juan e yo, e no pareció haber mucho interés Marinín por acompañarnos. En el salón nos sentamos una pieza e trujo Cayetano maderos por encender la chimenea, que estando casi en el centro de la casa, calienta el tiro también todas las habitaciones de arriba.

En la banqueta estuvo Cayetano casi todo el tiempo sentado e, aunque nadie allí se sentase, en habiendo alguien presente, no parecía moverse. Hubimos luengas pláticas sobre diferentes cosas e llegó la hora de retirarnos a nuestras estancias. Así, antes de retirarnos, hicimos un trazado de lo que deberíamos hacer si cosa alguna ocurriere.

Pasaba poco tiempo de la media noche e no podía conciliar el sueño e, con esto, me puse en lecturas. E creo Su Ilustrísima e Cayetano harían tal cosa, pues oyéronse al cabo fuertes golpes e algo parecido a gritos en la lejanía. Al punto, estábamos los tres en el pasillo con las palmatorias e mirándonos con desconcierto. E con sumo cuidado, miramos hacia abajo e nadie había, sino que veíase otra vez la banqueta en el suelo. Bajamos de espacio y, ya casi llegando al salón, dejaron de oírse tales golpes e tales gritos.

“Sin duda – dije por no dar importancia a lo ocurrido -, es un fenómeno extraño, mas no veo que esto sea cosa para sentirse amenazado”.

E miró Cayetano en la cocina e nada pudo ver, pues ya los muebles no estaban, mas en un rincón desta, el que queda casi al fondo, encontró algo que le llamó la atención e fue a mirarlo:

“¡Capitán, Ilustrísima, acercaos por Dios bendito!”.

“¿Qué cosa os pasa? – preguntéle en yendo a verle -; todo mueble se ha quitado”.

Mas al acercarme al lugar donde se hallaba, encontramos un grande cuchillo, como hacha, que parecía tener mucho tiempo.

“A fe, Cayetano – le dije -, que al retirar los muebles no me parece estuviese ahí”.

Y en diciendo esto, volvimos a oír golpes en el salón e, con mucho cuidado, salimos a mirar. Todo estaba igual, mas la banqueta habíase puesto en pie.

Encendimos todas las luces e seguimos la noche en el salón junto a la chimenea.

En Grazalema y a veinte y ocho de noviembre del año de dos mil e seis.

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