05 noviembre, 2006

De las verdades que no aceptamos

ía como hoy tan tranquilo no hubiera pensado pasase, que estuvieron los niños en paseos por la mañana con Chuti y en sus juegos por la tarde, e fue así como don Juan e yo pasamos el día en nuestras lecturas, e viendo Su Ilustrísima leía yo libro moderno, me preguntó:

“¿Acaso hay algún libro que no hayáis leído, sobrino?, que veo el libro que leéis es moderno e a bien seguro estoy es interesante”.

“Vos lo decís – le dije – e os aconsejo lo leáis, que no hay libro basado en estudios que no sea interesante”.

“¿E qué estudios son esos que leéis con tanto entusiasmo? A veces la ciencia dice que algunos hechos son ciertos e habría que estudiar tal cosa”.

“Pues ando leyendo «El Evangelio de Judas», del códice Tchacos, e hasta agora paréceme interesante e verdadero”.

“¿En verdad creéis que Judas, el Iscariote, pudo escribir tales evangelios? No creo que hombre que traiciona a su Maestro escriba cosas sobre él”.

“En mis propias carnes he vivido lo que decís – contestéle -, que Marcos estuvo en un punto de traicionarme, e no fue porque no me amase, sino porque hay gente muy peligrosa e que sabe bien cómo influir en los pensamientos de los demás. Tengo a Marcos por mi mejor amigo, aunque también estuvo a punto de quitarse la vida. Mucho debería amar Judas a Jesús para que, traicionándole, se colgase de un árbol”.

“En tal cosa, sobrino – dijo don Juan -, no puedo quitaros la razón. Me haréis el favor de dejarme ese libro porque lo lea, que aunque la Iglesia no lo dé por válido, siempre me gusta estar informado de todo”.

“Como esto de dejar un libro no me parece atinado – le dije -, pues siempre se pierde lo que se presta, una copia he de compraros porque os informéis. La Iglesia os dirá luego si habéis de prestar razón a lo leído o tenerlo como base de lo que no es cierto”.

“Capitán – concluyó -, no puedo poner en duda nunca lo que decís”.

En Grazalema e a cinco de noviembre del años de dos mil e seis.

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