Quiso Marinín pasar la mañana con nosotros en la casa e le advertí sería cosa tediosa, mas pensando luego en su mente tan avanzada, acepté su capricho por si alguna cosa descubría.Nos entramos en la casa a media mañana e todo se veía normal, mucha limpieza e mucha luz. E vi cómo Cayetano se acercaba a la chimenea e ponía en pie la mesma pequeña silla que puso en pie don Pedro: «El desorden no soporto».
E pensándolo un poco por estar Marinín presente, le dije:
“Paréceme que esa a modo de banqueta ya la puso en pié don Pedro cuando entramos la primera vez. ¿Qué tipo de asiento es este?”.
“Es lo que ahora llaman banqueta o puf, señor – contestó aún agachado -, e más útil me parece con las patas en el suelo que tumbado. Forma cúbica tiene y es pequeño, de armazón de madera relleno de viruta o algo así e forrado de tela. Cómodo parece”.
“Cómodo parece, sí – respondile sin darle importancia -, que ahí junto a la chimenea pondremos uno (o varios) como ese para acercarnos al fuego los días de más frío”.
E mientras Marinín e yo nos asomábamos a los grandes ventanales, fuése Cayetano a ver otra parte de la casa y se entró en la cocina. Pasaron sólo unos segundos e le oí gritarme: “¡Capitán, venid!”.
E dejando al niño en la ventana dirigíme a la cocina, e al entrar, le vi suspenso e dijo:
“Todos los muebles de la cocina están abiertos e parece no hay nada en su interior”.
“Así lo veo, mas no me preocupa, que todos esos serán cambiados por muebles más modernos”.
“A eso no me refería, capitán – dijo sin moverse -, sino a que yo mesmo los he revisado e los he dejado todos cerrados”.
“¿Por qué cosa los volvéis a abrir entonces? – le pregunté -. Ya os digo que han de cambiarse por otros más nuevos”.
“Así será, capitán – me dijo mirándome asustado -, mas yo mesmo los cerré todos cuando vinimos esta mañana a repasar la casa”.
“No empecemos a pensar en tonterías desas – le dije – que a ningún lugar nos llevan. A la casa voy a preguntar quién los ha vuelto a abrir”.
E vínose Marinín conmigo e pregunté a todo el servicio e incluso a Su Ilustrísima.
“¿Pensáis me dedico a ir abriendo muebles de las cocinas de las casas? – dijo don Juan -; si todos dicen estaban cerrados, así será”.
“Quedaos con Marinín una pieza que ha de hacer sus tareas, Ilustrísima – le dije -, e pronto volveremos al almuerzo”.
Con esto, corrí a la otra casa y encontré a Cayetano mirando el asiento que junto a la chimenea se hallaba:
“Miradlo – dijo -, sus patas vuelve a tener hacia arriba; e mirad la cocina”.
Y entrándome en la cocina vi había cerrado todos los muebles.
“Pronto se desmontarán – le dije con seguridad -, no entiendo vuestro temor”.
“Yo sí, pues los he visto cerrarse todos sin moverme de donde estaba”.
En Grazalema e a veinte e siete de noviembre del año de dos mil e seis.


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