legada la hora soporífera del reposo, nos sentamos en el salón y estaba yo junto a Su Ilustrísima en pláticas, cuando vino Marinín, le abrazó e puso su cabeza sobre su pecho. Con esto, le tomó don Juan por la cabeza e la espalda e le dijo:“Hombrecito como este no he conocido. ¡Mirad qué rostro e qué ojos profundos!, que revelan lo que lleva en su interior”.
“Tío Juan – le dijo -, ¿qué más cosas hacéis en vuestro trabajo además de la misa?”.
E rió don Juan al ver la inocencia de mi pequeño en diciéndole:
“¡Ay, Marinín!, que ya soy viejo e no hago las mesmas cosas que antes podía facer, mas habéis de saber que mi trabajo (o misión) en toda mi vida, no ha sido otra sino servir al Señor y a los demás. Así le dije a vuestro tío Fernando de Madrid, y examinó para médico e también sirve a los demás”.
E tomando entre sus manos con sumo cuidado la cruz de Su Ilustrísima, siguió Marino preguntando:
“Servir al Señor ha de ser harto dificultoso. Un cocinero ni sirve al Señor ni sirve a los demás, entonces ¿no es útil?”.
“¿Qué decís, pequeño? – contestóle Su Ilustrísima -. Si cocineros e cocineras buenas no hubiese ¿qué cosas comeríamos? Lo importante en esta vida que viviréis será hacer bien vuestro trabajo, sea el que sea, que con ello, servís a los demás”.
“Mas, según veo – dijo el niño – a los demás se sirve, pero no al Señor”.
“No tal, Marinín – respondióle -, que el que sirve a los demás como quisiera se le sirviese a sí mesmo, ya está sirviendo al Señor, pues eso quiere el Señor de nosotros”.
“Aún no sé que haré cuando sea mayor – le dijo -, mas sí sé que me gustaría servir a los demás”.
“Con eso que pensáis – dijo don Juan -, ya vais por buen camino”.
E para terminar aquellas preguntas, me miró primero a mí e luego a su tío e le dijo:
“Y… ¿es pecado querer a alguien más que a los demás?”.
E ya la cara de don Juan (e la mía) cambiaron un poco el gesto. Y el pequeño fuése muy de contento por las escaleras.


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