í como el pequeño tosía e se quejaba de no poder respirar e le decía yo que eso era bueno, que así saldría lo malo que tenía:“Capitán, capitán – decía –, está muy obscuro; no os vayáis”.
“No puedo irme – le dije – porque he de cuidar de vos. No puedo dejaros solo. Dadme la mano para que sepáis estoy aquí e os referiré algunas historias”.
Así llegó el medio día e acabó el rito e moví las pieles que cubrían la entrada e vino Cayetano e le dije trujese hasta tres mantas. Con éstas, envolví al pequeño e salí del temazcal con rapidez para volver a la casa. E dejé a Cayetano con el pequeño una corta pieza e busqué a su madre porque lo lavase con agua templada e lo vistiese e, mirándome ésta con asombro, dijo:
“¡Mucho mejor parece! ¿Qué cosa le habéis hecho? ¿Cómo he de pagaros esto?”.
“A la primera pregunta – le dije – sólo puedo contestaros que tengo mi propio remedio; a la segunda, que améis a Berto hasta el último segundo de vuestra vida”.
Habíame yo puesto una camisa larga para entrar en la casa e subí a priesa al dormitorio e me di un baño de agua casi fría para eliminar los sudores e prevenir su mal pasase a mí. E bajé luego e ya estaban allí todos e les di razones de lo ocurrido de forma tal que los niños no se asustasen: “Berto está ya muy bien”.
E tomando luego a la madre, le dije:
“Ninguna otra cosa deberéis hacer. Abrigadlo bien mas no demasiado, que el fresco no le hará mal. No abandonad los remedios que os haya puesto el médico, mas puedo aseguraros, que si no hacemos esto, hubiese que haber tomado otros remedios más peligrosos. El médico sabe lo que hago; si viese el niño cura mucho antes de lo esperado, decidle yo he puesto mis remedios”.
E ya sentados a la mesa, preguntó doña Dolores por el pequeño enfermo, e su madre, que no dejaba de ir a verlo aunque siempre tenía compañía, dijo creía ver a su hijo con buen color e sonriente.


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