12 noviembre, 2006

De las fiebres de Berto (1/3)

n poco más abrigados que de costumbre, salimos esta mañana a la misa de la Iglesia de la Encarnación, que siendo templo asaz grande es frío en invierno e no entra en él el sol hasta el mediodía. La liturgia fue corta pues no hubo homilía, tanto que el párroco andaba afónico. E Su Ilustrísima, ya muy bien considerado e respetado en el pueblo, hizo las lecturas.

Al salir de la misa, acercóse a doña Dolores una mujer muy apurada e casi en llantos e Fermín la agarraba fuertemente de la mano. Venía aquella señora a decirle que habían tenido que llamar al médico con urgencia, pues un pequeño vecino de la calle, que es primo lejano del pequeño Fermín, había tenido convulsiones e temblores e hubieron de dejarlo en la cama muy bien abrigado. Oí algo de lo que la señora decía en llantos e me acerqué a ellas e doña Dolores me miró al punto:

“Tal vez vos, capitán – dijo -, si lo visitáis, podáis ayudarle en alguna cosa”.

“¡Marcos, Ilustrísima! – alcé la voz -, quedaos con los niños en paseos por la plaza e subid a la casa en pasando dos horas”.

Así, corrimos calle arriba todo el pueblo hasta llegar a la humilde casa y, en un rincón del salón donde se hallaba una cama, estaba el pequeño tembloroso e abrigado, de forma que sólo se le veía la cara.

“¡Encended luces! – les dije -, y dejad abierta la puerta porque el aire limpio entre, aunque sea frío. ¡Qué os ha dicho el doctor?”.

“Una fiebre dice es – dijo la madre a media voz -, e algunos medicamentos le ha puesto e otros ha dejado porque los tome, mas me ha advertido que si siguiese igual al atardecer, le llame”.

E vi cómo el pequeño me miraba e hacía el intento de sonreír: “Capitán ¿sois vos?”.

E preguntando a su madre el nombre (que por nombre había Alberto), acérqueme a él, metí la mano entre las mantas y hallé su mano ardiente; e apretó la mía con fuerzas.

“Lo que os voy a decir, señoras – manifesté -, tal vez os parezca cosa descabellada, mas si lo hacemos, evitaremos al niño otros riesgos peores”.

“Si no hubiese confianza en vos – dijo su madre -, ¿pensáis os hubiera ido a buscar?”.

“¡Dadme mantas! – les dije -, todas las que en esta casa haya. Cerrad agora la puerta e pongamos al pequeño junto al fuego quitándole cualquier ropa que hubiese. Tomad esas ropas e hervirlas en agua. Agora lo envolveremos para que las mantas mantengan el calor e debemos llevarlo a casa”.

“Tengo una silla de ruedas de mi hija – dijo la madre -; ahí podríamos ponerlo por no llevarlo a cuestas e que fuese más cómodo”.

“Cualquier cosa que pueda servirnos - les dije -, cualquiera, traedla”.

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