17 noviembre, 2006

De las aclaraciones a Marcos e la llamada de la quinta sorpresa

uéronse los pequeños a la escuela e llamóme Marcos al bufete:

“No sé qué cosas habréis hablado, capitán - me dijo -, mas sé de un trazado que ya me parece descabellado e paréceme hay cambios que no conozco. Si no quisiéredes decirlos, a ello no os obligo, mas no hacedme a mí responsable luego de ninguno de los resultados”.

“Tal cosa – le dije - , no va a suceder jamás, pues los planes son los mesmos a no ser que tomemos en cuenta que el inspector me pide firme algunos documentos e hable personalmente con alguien. Puedo aseguraros, por tanto, no va a cambiar nada de lo pensado. El millón exigido está ahí, e la caja roja – la falsa, por supuesto – será entregada el día, a la hora y en el lugar que se pactará”.

“Digamos entonces – prosiguió – que este grupo de criminales descubre que la caja es falsa. ¿Qué ocurriría?”.

“Por desgracia - contestéle -, y eso ya lo sabéis, la copia de la caja podría producir los mesmos efetos. Lo único que he conseguido, pues, es conservar la original”.

En estas pláticas estábamos cuando nos interrumpió la música de mi móvil:

“¡Bien, capitán! ¡Muy bien! – se oyó la voz del cerdo seboso -. Un sobre lleno de polvo blanco. Aún no sabemos qué es, pues se enviará a analizar, mas hanse cumplido los compromisos. El que falta ahora es el vuestro: la caja roja”.

“Sin duda – le dije – este lunes la tendréis, mas no puedo daros más datos hasta el mesmo día e un poco antes de la entrega. Así como esperáis tenerla en vuestras manos para vuestros indignos propósitos, habréis de esperar a que yo os dé el aviso, ¿o pensáis soy tan tonto como para deciros el lugar de entrega con varios días de antelación? Estad atento, que todo ha de llevarse a cabo”.

“Así lo espero, capitán – rióse -, que de no cumplirse lo que decís, habréis de vérosla con multitud de sorpresas”.

“Cosa tal no me preocupa – insistí -, pues cuando uno da una palabra, la cumple, mas siendo vos, a lo que veo, persona de incumplimientos, pensáis somos todos iguales”.

“¿E qué he de hacer con estos polvos – preguntó – cuando sepamos lo que son?”.

“Cuando lo sepáis, ya os diré dónde ponerlos”.

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