olvimos a la casa en pláticas e veíanse los rayos del sol aparecer tras el Peñón Grande como señal de que se acababa ya allí el día, que era maravilla de ver. Encontramos a Marcos dormido y estaba el servicio pendiente dél e dijeron a los niños subiesen a sus aposentos mientras volvíamos. Con esto, preparamos el equipaje después de día tan ajetreado e partimos hacia Ronda a dejar a Su Ilustrísima e volvimos luego hacia Sevilla. E ya era noche.En llegando a la casa fuímos recebidos con grande contento de todos e los niños saltaban por los escalones e se abrazaban como si hubiese meses que no se veían. E Marcos tomó a Julio por la cintura e lo elevó en los aires en diciendo: «Nunca más vais a tener miedo».
E le fue dicho a Chuti lo que de novedad había e abrazó a Julio e le dijo alguna cosa al oído mientras Catalina nos llamaba para pasar al comedor.
“Pronta me parece agora la cena – le dije -, que aún siendo ya de noche e viniendo de un viaje, habremos de hablar cosas antes de irnos al descanso”.
“Por esto memo, señor – contestóme -, quiero pasemos todos al comedor una pieza, que entre el viaje y el descanso, habrá otro pequeño descanso si lo deseáis”.
“Sea, pues – dije -. No voy yo a impedir lo propuesto por Catalina. Vayamos al comedor”.
E allí nos tenía preparadas unas viandas que eran maravilla de ver e a las que quisimos dar buen cumplimiento, que el día no había sido de almuerzo tranquilo.
“Hemos oído – dijo Catalina – que Julio se ha de quedar entre nosotros e le he preparado una cena para él. Mañana será un almuerzo especial, si Dios nos lo permite”.
E no quise yo decirle los trazados que había en mi mente.
En Sevilla e a doce de noviembre del año de dos mil e seis.


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