uando se sirvió el bocado de medio día e dejó don Juan sus lecturas, advertí me miraba Marcos con una leve sonrisa e luego desto, pedí licencia para retirarme una pieza al dormitorio por ver si Marcos me seguía e poder hacerle otros comentarios sin la presencia de Su Ilustrísima.Esperaba echado en la cama sin haberme quitado sino el tocado, cuando llamaron a la puerta:
“¡Entrad – dije -, ya sabéis siempre está abierto!”.
Mas quien apareció fue Marinín, que pensó me encontraba mal:
“¡Papá, decidme, por ventura, si algo os sucede! Nunca os he visto así e me asusta ver vuestro gesto como de dolor. Si yo pudiese hacer algo por vos…”.
E vino hasta la cama e púsose sobre mí e comenzó a mesar mis cabellos e a consolarme e le dije:
“No tenéis que haber cuidado, que tenéis a un padre que solo sabe defenderse, mas no sabéis cuánto os agradezco vuestra oferta, aunque de sudor venís empapado”.
“Pues sabed que el sudor se enfría – dijo – e mucho me gustaría hubiese aquí una chimenea”.
E tomándolo con cariño, lo senté a mi lado e incorporéme e, quitándome mi capa, la rasgué con fuerzas e puse sobre su cuerpo la mitad.
“¿Qué hacéis? – me dijo confuso - ¿No sería mejor bajar al salón e sentarnos con tío Marcos e tío Juan? Muy solos los veo”.
“Esto que decís haremos – respondíle -. Tomad una capa que se halla en ese armario, vayamos a vuestro dormitorio por secaros un poco e os cambiaré la camisa e luego bajaremos”.
“Nunca – me dijo mirándome a los ojos muy de cerca -, nunca he dudado de vos e lo que pensáis. Haced lo que en la mente tenéis que de seguro es el remedio a lo que os trae sin sueño”.
E pensé alguien le había dicho al niño algo sobre los trazados que yo había, mas haciendo preguntas a todos, todos aseguraron no haber dicho a nada a ningún pequeño.
“Un ángel tenéis en casa e no un hombrecito”.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario