02 noviembre, 2006

De la visita al cementerio e lo que nos acaesció

al día amaneció para disfrute del campo e buen día de Difuntos, que estaba el cielo cubierto e caía una fina lluvia. Así, nos veíamos en la necesidad de quedarnos en la casa y junto a la chimenea. Despertó Marinín entre Marcos e yo e me hizo muchas caricias e dióme besos e me hacía preguntas; e volvióse Marcos en diciendo:

“Creo yo que si el niño se queda otra noche a dormir con nosotros, cambiaremos el sitio, pues todas las patadas me parecen han venido a este lado”.

E volviéndose el pequeño hacia su tío Marcos, también le dijo cosas e lo acarició e lo besó e le decía:

“Veréis, tío; tal vez sea yo muy inquieto durmiendo e hayáis sentido muchas patadas mías, mas preguntadle a papá e veréis las he distribuido. Mas él no dice nada”.

“Verdad es lo que dice el niño - le dije – que es inquieto despierto e dormido. Por ser hoy noche especial aquí se ha quedado, mas debe dormir en su cama, que para ello se le ha puesto”.

Desayunábamos cuando pidió María licencia para ir al cementerio a visitar a sus difuntos e así, le dijo Su Ilustrísima él iría a rezar algunas oraciones por todos.

“Un «paraagüas» desos habréis de llevar – les dije – que cae lluvia fina e volveréis empapados”.

“Algunos dellos negros tengo yo ahí – puntualizó Cayetano – que los de color los usamos a veces para el sol”.

Mis ropas modernas usaré – aclaré – y os acompañaré a la visita, que desta forma, será como visitar a todos los que han pasado por mi vida y por toda España están descansando”.

E bajamos hasta el camino del cementerio con fina lluvia e llevaba María un ramo de bellas flores e le unimos algunas del jardín e algunas ramas (que flores agora hay pocas) y estando allí Su Ilustrísima diciendo el responso que el momento requería, comenzó a llover de tal guisa, que se abrevió la ceremonia e corrimos hacia la casa pisando un peligroso fangal.

“A veces – me dijo don Juan -, pienso que debería haceros caso e abandonar la sotana en ciertos momentos, pues mojada, se dobla su peso”.

“Poneos cómodo, secaos e acercaos a la chimenea – le dije en llegando a la casa -; que diré se sirvan unas copas de solera e unas aceitunas nuevas por hacer que el cuerpo nos entre en calor”.

“Motivo suficiente es ese –contestó – para ponerme cómodo, que de tanto paseo e tanta oración rápida e tanto fango, con ahogos he llegado”.

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