legados los niños, advertí Fermín me miraba con desconfianza e se le notaba un poco triste: Así, fuíme hacia él, toméle aparte e le dije:“Del capitán habéis oído unas palabras que no habéis entendido y este capitán os llevará a ver a mamá esta mesma tarde. No quiero, pues, esas caras de tristeza. Quiero mucho a doña Dolores, vuestra madre, e a vos mesmo, ¿cómo no cumplir mi palabra entonces? Subiréis agora a quitaros el uniforme con los demás, bajaréis luego, como siempre, al almuerzo e, pasado no mucho tiempo, partiremos para el pueblo. ¡Vamos! Subid e contádselo a vuestro perrito, que ha de venir con nosotros”.
E se dibujó una sonrisa en su cara e besóme e agradecióme fuese así con él e con sus amigos.
Así dijo un día Marcos, acabaríamos comprando un coche más grande, que al venir Julio con el que ya era su padre con toda seguridad, vendrían agora también los nuevos amigos en sus casitas e la bolsa que llevaba sus comidas.
“Marino – espetó Marcos -, creo he errado al consideraros persona en la quien no confiar. Tal vez, antes de sentirme engañado por ver a Fermín triste, debería haberos preguntado con toda confianza en vos, si algo ocurría”.
“Erráis vos – contestéle -, que hubo de oír el niño alguna cosa e pensé yo sería mejor no ir al pueblo este viernes, mas hay agora adelantos en las máquinas que, como decís, pueden ayudarnos mucho. ¡Los tiempos cambian que es una barbaridad! Si fuere necesario partir hacia Madrid mañana o el domingo, ha de quedarse Chuti en el pueblo con los niños e Rafael los traerá cuando sea menester porque cenen e se preparen para ir a la escuela el lunes. Vos e yo, tendremos que hacer lo que nos diga el inspector”.
“Mejor idea es esa, capitán; la mejor idea”.
En Grazalema e a diez y siete de noviembre del año de dos mil e seis.


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