cercábase la hora del almuerzo cuando sonaron las músicas de mi teléfono e oí una voz ronca que hablaba en un tono bajo:“¿Capitán? ¿Sois vos? Yo soy Javier ¿Me recordáis?”.
“Os recuerdo – contestéle -, no olvido un nombre ni una voz con facilidad, mas paréceme oír la vuestra como si estuviéseis constipado”.
“No es aqueso que decís – contestó con rapidez -, sino que no puedo hablar con más voz agora. Os llamo por advertiros, pues paréceme habéis cometido un grave error”.
“¿Qué decís? – alcé la voz e me fui al salón - ¿Qué sabéis que os haga pensar en ello?”
Continuó hablando muy de seguido en diciendo:
“Habéis atacado e señalado a Andrés Plaza, uno de los pesos gordos de la organización; agora os veréis siempre en apuros, pues es este hombre de los que no se deja vencer. Errásteis al decirle que sería acosado semana tras semana, pues no sabéis ni do llamarle ni do encontrarle. Es este hombre harto peligroso; andaos con sumo cuidado. Yo puedo ayudaros”.
“Cosa que os agradezco – contestéle -, mas ¿cómo podríais hacerlo?”.
“Tomad nota de lo que os voy a decir que puedo daros los números de su teléfono e la dirección donde se esconden todos ellos. Sabed que yo no volveré a venir e también seré perseguido, pero tened la seguridad de que a mí no me encontrarán”.
E tomando un papel e una pluma escribí los datos que me dio, pues, tal como me avisó, iba a ser difícil saber dónde estaba el nido de cucarachas que habría que exterminar.
Oyendo Marcos aquella extraña conversación, volvió a repetirme que algo le ocultaba e así le dije:
“Un nuevo ataque he recebido en la casa. Ya sabéis que cuando llegasteis e os pareció ver movimientos extraños, acababa de salir de casa otro intruso que a por la caja roja iba”.
E pensativo e dando vueltas por el salón con inquietud hacía tal movimiento con sus manos que incluso perdió la esclava, e la buscaron los niños por doquier e no apareció, e me dijo:
“Aquí no hay ley. No es éste caso para un abogado, que si ellos no cumplen las leyes e quedan impunes, alguien les ayuda o los esconde, mas contad con mi ayuda para cualquiera cosa que necesitéis, que también sé vencer el miedo y no es de razón tampoco estar todo el tiempo huyendo. La mejor defensa es un ataque. E también pagarán mi esclava si no aparece”.
“Sabed agora – aclaréle – que he pedido a este hombre se me paguen todos los desperfectos e intimidaciones producidas con un millón de euros”.
E mirándome con la boca abierta, dijo al cabo:
“¿Qué habéis dicho? ¿Un millón? Acaso pensáis están dispuestos a daros ese dinero, mas harán lo posible por evitarlo”.
“Si es así – sentencié -, tendrán a partir de quince días una vida tan incómoda, que alguno que otro habrá de irse de España, ya que la odian”.
“¡Ay, capitán – exclamó cerrando el puño -, que os temo cuando trazáis vuestros planes!”.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario