16 noviembre, 2006

De la llegada del millón de euros

an importante era el contenido de la caja que esperábamos, que hízose la espera larga, e Marcos daba paseos por la galería cerrada de arriba, pues amaneció el día en lluvias y en fuerte viento. Quería comprobar él lo que se enviaba e si era pedido algún requisito, cosa que mejor debe hacerla un abogado que un capitán.

A las diez y veinte minutos, según comprobé, llamaron al timbre de la cancela e fue Chuti a abrir, e veíase en el zaguán la sombra de un mozo que portaba carretilla con varios bultos. Corrió hacia allá Marcos bajando a priesa las escaleras e le seguí yo sin priesas, que igual se llega corriendo que de espacio, e vimos descargaba dos grandes e pesadas cajas e la que me parecía la caja oficial con lo exigido. Con esto, dijo el mozo debería firmar hasta cuatro papeles e hizo primero una lectura Marcos por saber qué se firmaba. Así, vio que se firmaba la llegada del pequeño paquete, la de las dos grandes cajas e una póliza de seguro por éstos dos últimos bultos, que su contenido no era baladí.

Se abrieron sendas partes de las cajas e vimos el contenido parecía correcto. La tercera caja se dejó para otro tipo de inspección. E habiéndose marchado el mozo empapado en agua, arrastramos las dos grandes cajas hasta el trastero y escondimos la caja pequeña. Con esto, le dije a Chuti cerrase las puertas e no las abriese si no era menester, pues suponíamos que lo que habríamos de tener en nuestras manos sería de gran valor.

Abrimos la primera caja e comprobamos estaba llena de moneda e no de papel falso e sin valor; esto mesmo hicimos con la segunda. Mas comprobado el contenido de ambas era el acordado, nos preguntábamos cómo contar tal cantidad de dineros, que según le dije a la albóndiga sebosa debería ser una cantidad justa. Tomó Marcos un billete e le dijo a Chuti fuese a una tienda donde vendiesen dos tipos de máquinas; una dellas – decía éste – nos haría saber si las monedas no eran falsas e la otra contaba los billetes con total perfección. No sabiendo Chuti dónde encontrar esas máquinas, dije preguntase en el Bar Estrella, que parecióme ver allí alguna dellas. E tanto en cuanto se preparó Chuti para no empaparse e partió, trujo Marcos el estuche con su lámpara violeta e, tomando algunos montones de acá e otros de acullá, fue pasando la luz por encima dellos; e decía eran verdaderos:

“¡Capitán! – exclamó sonriente -, ¡esto que tenemos en las manos es un millón de euros! ¿Lo habéis pensado bien?”.

“Demasiado bien, amigo mío – le dije -, que con esto no habría para pagar la cuarta parte de lo que se me rompió e voló e paréceme haber vendido un lote de preseas sin valor calculable a cuatro reales”.

“¿Qué cosa pensáis hacer con él? – preguntó -, que si en el banco se pone preguntarán de dónde ha salido e vendrá el Estado a llevarse la mitad”.

“¿Por loco me tenéis? – le dije en risas -; sea este dinero para nuestro disfrute, que esas tazas, vajillas e cubiertos de plata ni se usaban ni se iban a usar. Ya perdidas, conformémosnos con lo que habemos”.

“No quisiera estropear el momento – dijo con asco – mas… ¿hay que revisar también la otra caja?”.

“Así se hará – le dije -. Llévese a la cocina e quémese en el horno, que ni lleva plomo ni cosa parecida”.

“Puede que no lleve plomo – dijo – mas no sabremos si el envío se ha hecho tal como dijisteis o viene alguna otra sorpresa”.

“A fe que sé trae lo que debe traer – concluí – e cuando llame la albóndiga sebosa, lo sabremos con más seguridad. E viene agora la quinta sorpresa”.

“¡Dios, os temo capitán! – dijo tenso -, que cada cosa que trazáis no puede imaginarse”.

“Así es – respondíle -. Enviad esta vez la caja con un sobre en su interior lleno de polvos de talco sin perfumar. E hacer esto agora e sin preguntas”.

E calmándose la ventisca a medio día, salimos con los niños e Chuti aquella tarde a los almacenes ingleses de corte, que en la Plaza del Duque de la Victoria se hallan, e compramos todo aquello que nos era menester e lo que no.

En Sevilla e a diez y seis de noviembre del año de dos mil e seis.

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