ablaba con Marcos de las fechas que venían e que habrían de ser dificultosas, pues de alguna manera tenía que alejar a esos asesinos de mí e, por ende, de nuestra casa. E salieron números de días pendientes e otras cosas, cuando advertí que no era hoy sino el día de Nuestra Señora de la Almudena, e siendo así, cumplía Fermín sus ocho años e desto nada dijo. Así dije a Chuti viniese al gabinete e hablamos de preparar para el pequeño cuanto se pudiera y en muy poco tiempo. Pensó Marcos en que se le comprase una tarta e dijo Catalina sería capaz de hacerle una deliciosa antes de que el postre llegase e que los avíos que le faltaban podía comprarlos en poco tiempo e muy cerca.Así pues, volvimos a poner los adornos en el comedor e decidimos no decir nada al niño hasta que entrase en la sala, mas como aún era buena hora para preparar todo aquello, dejamos los otros asuntos, que siendo día de gran fiesta en Madrid, no se recibiría el aviso nuestro hasta (según me dijo Marcos) el lunes trece. Advertí entonces que la cuenta de los quince días incluía estos festivos e que habría de dar aviso en la próxima misiva.
Llegaron los niños con alboroto (como casi siempre) e les ordené subiesen a cambiarse las ropas. Todo estaba preparado. Hizo Catalina un dulce (que caté) e que era exquisito e compró una curiosa vela de color con la forma del número 8.
Y nada dijo el niño, sino que al entrar en el comedor y ver las luces, los adornos e todo lo demás, volvióse a mí e abrazóse llorando, e poniéndome a su altura le pedí me dijese lo que sentía. Besóme de primero en los labios e dijo luego:
“Creía era normal celebraseis las fiestas de Marinín mas no imaginaba ibais a celebrar una mía. No soy vuestro hijo”.
“Como si lo fueseis os he de tratar – le dije -, que no hay en esta casa niño más importante que otro, sino que sois para mí todos iguales”.
Con esto, le devolví el beso que me había dado e le dije fuese con sus amiguitos a celebrar tenía ya sus ocho años.
E hubo un almuerzo que era maravilla de catar e se les dejó hiciesen cuanto quisiesen e luego, en apagándose las luces, vino Catalina con la tarta e la vela encendida e se la puso delante: «El señorito de la casa sea feliz muchos más años». E besó el pequeño a Catalina e dijo querría tener a su madre cerca, e con esto, le dije que a las cinco de la tarde, estuviese doña Dolores en nuestra casa de Grazalema e haríamos conferencia.
E volví a descubrir la sonrisa de un niño es la felicidad de nuestro corazón.
En Sevilla e a nueve de noviembre del año de dos mil e seis.


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