29 noviembre, 2006

De la destrucción como medida para eliminar males

eguro de lo que decía, tomó Marinín la banqueta e miróla con curiosidad por la parte baja: «La tela parece rasgada e se le ven las tripas».

“No sería mala idea – dije -, porque no cayese más, destruirla e quemarla como hicimos con los muebles de la cocina”.

“E si se destruye, papá – preguntó Marinín -, ¿cómo averiguaremos el secreto? En su interior, pienso, debe haber algo e quiere la banqueta llamarnos la atención para que la miremos. Si licencia me dais, yo mesmo miraría en su interior”.

“Lo que decís, hijo – le dije -, de razón me parece, aunque extraño, mas debéis comprender que ha de usarse arma peligrosa. Haría yo mesmo lo que vos me digáis con mi daga”.

“Abrid entonces la tela de abajo – contestó -, que más me parece la banqueta quiere se vea su fondo que su parte de arriba”.

Con esto, e haciéndole caso al niño, rasgué con mi daga toda la tela que cubría el fondo de la banqueta e apareció toda ella rellena de viruta de madera, e siguiendo las instrucciones de mi hijo, fui sacando con cuidado el contenido hasta que vimos aparecer un abultado sobre de papel. Así, nos quedamos suspensos, que tal cosa no suele ponerse dentro del relleno de los muebles.

E tomando el sobre con sumo cuidado, abrílo e miré su interior e vi había allí gran cantidad en papel de peseta e una carta. Sin comprender el significado de lo encontrado. Decidí llevar el sobre a casa de don Pedro aquella mesma tarde, cuando terminase la visita de los amuebladotes de Ronda.

“Paréceme – dijo mi pequeño – que el aviso de la banqueta no era que había dinero en su interior, pues las pesetas ya no tienen valor”.

“Así lo veo yo – apuntó Cayetano -; don Pedro puede saber por qué estaba ese sobre ahí escondido”.

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