28 noviembre, 2006

De la banqueta burlona

ormido estaba ya tarde en la mañana cuando sentí alguien se subía sobre mí e, abriendo de espacio los ojos, vi la carita de mi niño mirarme sonriendo:

“¿Estáis dormido, papá – dijo -; ya es tarde y el desayuno espera”.

“Estaba dormido, Marinín – contestéle con desgana -, estaba”.

E así preparé el aseo e luego púseme mi uniforme e bajamos al desayuno.

“Nada he dormido, capitán – me dijo Cayetano -, que volviendo a la casa era ya hora de preparar la casa, mas aguantar puedo despierto”.

“Una buena siesta dormiremos por recuperar el cansancio e volveremos – le dije -, que no soy persona de rendirse ni a la primera ni a la segunda ni a la tercera”.

“Acaso a la cuarta – dijo Marinín -, que cuando las cosas no tienen remedio piérdese el tiempo intentando remediarlas”.

“Así como decís es – respondíle – mas antes de abandonar, he de saber con certeza remedio no tiene la cosa”.

“¿Podré irme a la casa con vuesas mercedes? – preguntó el pequeño -; en esta casa me aburro un poco si vos no estáis, papi”.

“Con Cayetano e tío Juan os vendréis – le dije -, mas si os pidiese volvieseis aquí, no quiero preguntas”.

Con esto partimos hacia la otra casa, que todas las luces había encendidas e no sabíamos si fuimos nosotros mesmos los que las dejamos así.

E acercóse Marinín a la banqueta por ponerla en pie, pues tumbada en el suelo se hallaba.

“No os preocupéis por tal cosa, hijo – apuntéle -, que cuando volváis al salón, en el suelo estará otra vez e no es de razón andar poniéndola en pié toda la mañana”.

“Paréceme ha de tener una pata rota – me dijo – que si se cae tan a menudo yo mesmo he de mirar por arreglarla”.

“Mala idea no me parece – quise darle un susto -, que así tendréis entretenimiento, mas si veis la ponéis en pie y no se tumba, idos a otro lugar de la casa e tumbada la tendréis cuando volváis”.

“¿Acaso no quiere – preguntó con extraño – que nadie la vea caerse? Más me parece habláis de persona que de banqueta, pero os prometo que he de arreglarla”.

“¡Dios os oiga, Marinín!, que algunas cosas son de dificultoso remedio”.

Con esto, nos fuimos los mayores a las otras habitaciones para ir anotando cuanto mueble fuese menester comprar, e Cayetano tomaba las medidas. Siendo habitaciones muy amplias, mucho mueble cabría en alguna, que yo prefiero mi cama con dosel, mi escritorio, un armario ropero e quizá algunos estantes para poner libros. Y en ello estábamos, cuando apareció enfadado Marinín y en diciendo:

“Papá, que la banqueta tiene una pata mal y no hay forma de dejarla en pie. Tiraríala yo con la basura e compraría una nueva”.

“¿Veis, pillín? – preguntéle - ¿A que os habéis pasado un buen rato poniéndola en pié yéndoos a otro lado e volviendo e viéndola en el suelo otra vez?”.

“No tal – dijo con enfado -, que la pongo en pié y se cae”.

E mirándonos Cayetano, don Juan e yo con asombro, le dijo Cayetano:

“Decís, pequeño Marino; ¿aseguráis que la ponéis en pié e vuelve a caerse… delante vuestra?”.

“¡Pues claro! – contestó enfadado -, que ya os he dicho que debe tener una pata rota”.

E corrimos todos al salón e la vimos tumbada y en esto le dije al niño:

“Veamos, hijo – intenté calmarme -, ¿podéis hacer la prueba que decís que nosotros la veamos?”.

E yéndose hacia la banqueta tomóla por los lados e púsola en pie, mas se caía al punto.

“¿Qué le habéis hecho? – preguntó don Juan -. Háseme dicho que nunca se cae si hay alguien ante ella, sino que cae al suelo cuando está sola”.

E muy azorado, me miró a mí, miró a Su Ilustrísima e dijo:

“Bien me parece que quieran vuesas mercedes que me entretenga en algo, mas ¿quieren vuecedes hacerme creer que no se cae, sino se tira?”.

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