18 noviembre, 2006

De la araña pendiente del techo

acíamos Marcos e yo en la cama despiertos e mirábamos al techo durante el descanso, cuando le oí decir como si pensase en voz alta:

“No imagino al capitán como aquella araña pequeña que de la viga pende de un hilo. Para ella ha de ser eso cosa común, mas comparando los tamaños de los cuerpos, ni yo mesmo quisiera verme allá arriba”.

“¡Qué cosas decís, Marcos! – espeté -, si la araña no se sube a esas alturas e teje allí su red, corre el peligro de que llegue el servicio e le arruinen su trabajo de días – tal vez de meses – por estar demasiado a la mano”.

“Si vos hubierais la necesidad de vivir allá, pendiente de un hilo – me dijo -, tal vez no diríais lo que estáis diciendo”.

“A fe que lo que decís vos es de razón – contestéle -, mas no siendo yo araña, sino hombre, tales cosas no me preocupan – hice una pausa - ¿O sí?”.

“Si os vieseis obligado a pender de un hilo a muchos metros de altura – razonó -, ya veríamos cuál sería vuestra reacción, Marino, que aún no olvido lo acaescido en Cuenca e aún no habíais pisado las tablas del puente”.

“Bien cierto es lo que decís – respondíle mesándole los cabellos -, que gracias a vos e a don Fernando, seguimos vivos tras aquel asalto, que estaba yo en los siete sueños por mor de aquel desmayo”.

“Así pues, entregada la caja – dijo -, acabáronse estas aventuras”.

“No tal – quedose suspenso -, que he de confesaros que el final desta empresa tiene algo que ver con lo que decís de la araña e de los vértigos, mas pasados éstos, hemos de procurar llevar una vida normal como la que llevan el resto de los seres humanos”.

“¿Me habláis de que habrá algo de riesgo? – preguntó algo asustado - ¡Sólo trátase de entregar una caja!”.

“No, querido amigo, no – concluí por no dar más datos -, que en la entrega de la caja paréceme habrá riesgos e culpable me siento de llevaros hasta tal extremo”.

“¡Capitán, otra vez estáis dándome sorpresas, e os temo!”.

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