ue aumentando la lluvia e parecía todo el día fue como noche e se asomaron los niños a los cristales de los cierros de las ventanas por ver correr el río de agua. Con esto, no pudimos movernos de la casa e decía Cayetano que ninguna ropa que se pusiese evitaba llegar a casa empapado en agua. Así, vinieron a mí Fermín e Marino tomados de la mano e dijo mi hijo:“Papá, tal como me describisteis las lluvias e los ríos de agua por las calles de Grazalema, así los vemos. Fermín ya los conoce e su madre también e no han temor alguno, mas quiero yo preguntaros que si sigue cayendo el agua con esta fuerza, no se romperán esos caños que decís”.
“Fermín – dije seguro -, vos sabéis que los caños ya no rompen como yo os he contado lo veía. Aunque os parezca esta es lluvia intensa e muy seguida, no es la que yo os digo e, además desto, recuerdo que se rompían los caños cuando ¡llovía así durante meses! E fijaos que sólo hoy ha sido un día desos. Nada hay que temer, que estas calles y estas casas están ya mejor protegidas que las de otrora e no es posible se abra el suelo y salgan las aguas. ¡Venid! ¿Veis como el agua baja por la calle como un río? Mientras pueda bajar no pasará nada. No quiero a gente asustada en esta casa por tal cosa. Fijaos que doña Dolores (vuestra madre, Fermín), que desto sabe mucho, está sentada e tranquila en el salón. Puede ser que cuando tenga que volver a casa se moje bastante, mas no ha temor de nada”.
E con esto los llevé al salón e dije a María llevase a los niños a la cocina e pusiese a disposición de Marinín lo que le hiciese falta para preparar su gazpacho. Julio e Diego Jesús prefirieron seguir en sus juegos con las máquinas e no bajaron hasta que les llegó el olor de las castañas asadas e a la cena.
Despedimos a doña Dolores que, como pudo, subió pegada a las paredes hasta su casa e, ya sentados a la mesa para la cena, se sirvieron los platos de aquella noche. Bendecidos como siempre por Su Ilustrísima (que hizo rogatorias para que lloviese lo necesario), se abrió la sopera e vimos todos la deliciosa crema de gazpacho que había hecho Marinín. Él nos miraba expectante, pues no sabía si gustaría su plato, mas una vez servido a todos e conforme lo fuimos probando, se vieron gestos de aprobación y en esto dijo Su Ilustrísima:
“¿Veis, Marinín? En noche lluviosa, en Grazalema e con la fórmula que os diese Cristina, habéis hecho un gazpacho que es digno de elogio. Me apetecía tomarlo e compruebo agora que tiene algo… algo especial que no sé lo que es e lo torna delicioso”.
“He pensado, tío Juan – le dijo -, que siendo ya invierno, tal vez le iban bien unas especias. Ese sabor será el que notáis”.
E todos tomaron su plato e hubo quien repitió.
En Grazalema e a tres de noviembre del año de dos mil e seis.


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