on los obreros hombres fuertes e trabajan con rapidez e, así, tomando un descanso a la hora del almuerzo, estaban los principales huecos de los muros abiertos, aunque no en su tamaño.Hizo Marinín sus tareas de la escuela e mostróselas a Su Ilustrísima, que dijo no haber visto tareas tan bien hechas en muchos años e hablé con Marcos por teléfono, como así hacíamos todos los días, por saber si había alguna novedad y, estando en pláticas con él, preguntéle si había forma de cambiar pesetas por euros siendo el montante abultado, e díjome que habría que llevarlas al Banco de España, pues en otro sitio no podrían cambiarse.
Con esto, tomé a Marinín por dar un paseo e bajamos hasta la plaza a visitar a don Pedro, e Gregorio veíase impresionado de ver a mi pequeño e hicieron buena amistad. Y estando nosotros en otras pláticas, le dije a don Pedro podría cambiarse ese dinero en pesetas, cosas que fue de gran contento para él, mas pensó en el tiempo que les llevaría contar tanto papel, pues sabía su hija le debía tres millones e medio más del precio de la casa.
“Buen regalo le hicisteis – le dije -, que aún siendo estas pesetas y estos precios de hace muchos años, valdría esa casa más de lo que decís”.
“No es así, capitán – aclaróme -, sino que ya ella me había dado otra parte parecida e faltaba esta. Creo quería saldar esta cuenta e no hubo tiempo por lo ocurrido, mas contar todo ese papel será tarea grande”.
E recordando lo ocurrido una vez con Marinín e los euros que tenía dentro de su muñeco, le pedí pusiese sobre la mesa el montante dividido en montones de monedas iguales, e sin decir otra cosa, puestos en orden entre ambos, preguntéle a Marinín:
“¿Acaso sabéis cuánto dinero en pesetas hay sobre la mesa?”.
“Dello estoy seguro, papá – dijo –, que mientras los colocabais ya sabía yo cuánto era”.
Miráronse don Pedro e su hijo con grande extraño mientras decía Marinín:
“Ciento mil pesetas faltan para los tres millones e medio – dijo seguro -, que si fuesen euros darían para mucho dulce”.
E oyendo esto Gregorio, púsole el bazo por encima e le dijo:
“Paréceme sois un niño muy listo, mas ¿sabríais cuánto es eso en euros?”.
“Sí, don Gregorio, que en eso no me fallan los cálculos, pues hay en esa mesa 20.434,41 contado en euros”.
“No bromea el niño – me miró asustado don Pedro -, ¿verdad?”.
“Lo que dice no ha error – aseguréle -, mas si queréis convenceros de que no yerra, habréis de contarlo o esperar a que lo cuente el banco”.
“Un buen regalo he de hacerle – dijo entonces – si no yerra, que he tomado nota de las cantidades ¡Cosa como esta no he visto en mi vida!”.


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