15 noviembre, 2006

De cómo se concluyó la obra de las galerías e otras historias de la caja

puntaba el sol ya hacia medio día e observaba yo a los animales en el patio, que ofrecióse Marcos a traer una casita para cada uno, cuando salieron del trastero todos los hombres que en las galerías trabajaban e me dijo el experto en Historia:

“Buena nueva os traigo, capitán, que hase repasado todo lo reconstruido en los sótanos e probado cada mecanismo e así vemos cada cosa cumple su misión. Si quisiéredes comproballo vos mesmo yo he de acompañaros e deciros dónde está cada cosa”.

“Dejadme llamar a Chuti – le dije – que para algunas cosas modernas soy torpe e quisiera yo comprobase él eso del “ciervo” que cierra las losas el «vigía» que deja las luces encendidas si hay alguien abajo”.

“Mejor es dos personas sepan estas cosas – contestó en acuerdo -, que si uno no pudiese, el otro usaría los mandos”.

E con él bajamos e nos mostró los pasillos, que eran agora maravilla de ver, iluminados e con suelo lujoso e alfombrado e con cuadros en las paredes. E vimos también las salas, que habiendo estado ocultas, habían tomado gran valor. Mas oíamos murmullos de muchas gentes (como ya narré con anterioridad, e nos asustamos). Aclarado que aquellos ruidos no eran sino el de los bajantes del agua de la cocina, quedamos conforme con todo lo trabajado e saliendo de allí al patio todos los hombres le dije al maestro:

“La mitad de lo prometido os di en pago adelantado para vos e para todos los hombres. En esta bolsa hallaréis el resto; e no pesa por ser la moneda de papel, que si de oro fuere, habríais de repartirla antes de llevárosla”.

“En vos confiamos – dijo el experto – como vos habéis confiado en nosotros e casi un pago añadido ha sido trabajar en lugar tan valioso e tan bello”.

“Pues un pago añadido he de dar también a cada uno destos hombres, que paréceme que trabajar tantas horas ahí encerrados e tantas horas diarias, se merece lleven buenos recuerdos. Aquí tenéis una bolsa con dinero para ser repartido entre ellos”.

“Quisiera yo ahora, capitán – me dijo el experto –, e muy importante es lo que quiero deciros, hubiésemos una corta plática por avisaros de alguna otra cosa”.

“Así ha de ser – aseguré -, que en esa pieza podrían tomar los hombres un vino e un bocado. Pasemos nosotros al gabinete e, vos, Chuti, encargaos de que sea cumplido lo dicho”.

“Por abreviar, capitán, he de deciros que la caja que ha obrado en manos del artista para hacer su copia, es caja de más importancia de la que creéis, pues no es sino el verdadero símbolo de la España unida. Documentos secretos tenemos de que data de los tiempos de don Alfonso X, mas su historia comienza a seguirse mejor desde los Reyes Católicos e pasa, luego de la unidad de todos los reinos, a doña Juana (la llamada «la loca), pues murió don Felipe el Hermoso, su esposo, en un accidente tras jugar a la pelota e beber agua muy fría. Mas viendo doña Juana se trasladaba el Emperador don Carlos a España, le fue enviada a éste, que por mala fortuna vivió en estas tierras pocos años. Así, al morir, su hijo don Felipe II, llevóse toda cosa de valor al Monasterio del Escorial, incluidos los restos de su padre. E allí parece restó durante muchos años hasta perdérsele la pista. E si os soy sincero, de alguna forma sabemos pasó a manos del General Franco. Sabemos agora que obra en vuestro poder, aunque no sabemos cómo ha llegado a vuestras manos. Para terminar, he de deciros, que el día que esa caja se rompa en pedazos, dícese que España se romperá también en el mesmo número”.

“Mucho de lo que decís lo sé e os lo agradezco – le dije con reverencia – e por tal motivo he de deciros alguna cosa que se os escapa, pues fue el mismísimo General Franco quien entregómela e lleva en su interior manuscrito, e cartas para Su Majestad que no he querido leer. Mas la leyenda de que si la caja se parte en pedazos se partirá España, no puedo creerla, que si guardo a muy buen recaudo la original y entrego la falsa y ésta es la que se rompe, se conseguiría España nunca se desuniese”.

“En eso erráis, capitán – dijo con gravedad -, que si la copia se partiere, produciría el mesmo efeto, según dícese”.

“¡Dios Santo! – exclamé -, cosa tal no podía imaginar. Cambiaré pues mi trazado”.

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