30 noviembre, 2006

De cómo dos casas se trocaron en una sola

asta llegada la noche estuvieron los mozos haciendo los huecos e rematando las formas, de manera tal, que sólo quedaba al siguiente día embellecerlos e hacer los escalones. E le pedí a Cayetano se encendiese la nueva chimenea por calentar toda la casa e así lo hizo e quitó el cordón que por la calle iba e lo puso ya por el interior y en ambas partes habíamos luz.

“La luz desta parte nueva paréceme triste – le dije -, ¿habría forma de iluminarla con más fuerza si fuere menester?”.

“Así será, capitán – respondióme -, que he de ir a comprar las lámparas que el nuevo comedor necesitará. Poco a poco podréis ir mejorando cuanto veáis conveniente; unas cosas os las puedo mejorar yo mesmo e otras tendrá que hacerlo algún obrero”.

“Sin duda – le dije -, pasada la cocina (y el comedor) a esta parte, tendremos un salón mucho más grande e habrá que añadir muebles e habrá que añadir luz. Dejemos entonces a los expertos hagan esas faenas. Agora, si ello es posible, aumentad la luz del nuevo comedor”.

E salió a comprar las nuevas lámparas (que él llama «bombillas») e fue cambiando las antigüas por las nuevas y era maravilla de ver cómo lucía el comedor sin estar aún amueblado.

“Cayetano – le dije -, quizá fuese menester dormir esta noche en este lado por ver si hay más… ruidos extraños; ya me comprendéis”.

“Con gusto, capitán – respondióme -, que a la vista de lo ya acaescido no me parece vaya a suceder alguna otra cosa”.

Y estando Marinín oyendo lo que hablábamos, dijo quería dormir conmigo, que no veía por qué haber temor de una casa que se estaba arreglando.

“¡Claro, hijo! – respondíle a su petición - ¿Acaso pensáis no quiero durmáis conmigo? E temor alguno hay que tener, que paréceme que el misterio que se decía desta casa, vos mesmo lo habéis descubierto e habéis hecho feliz a una familia. E ¿sabéis algo más?; dormiremos en cama sin «techo de tela»”.

E mirando de un lado de la casa al otro, vi que la obra era buena.
En Grazalema e a treinta de noviembre del año de dos mil e seis.

De cómo se supo el contenido del sobre

on los obreros hombres fuertes e trabajan con rapidez e, así, tomando un descanso a la hora del almuerzo, estaban los principales huecos de los muros abiertos, aunque no en su tamaño.

Hizo Marinín sus tareas de la escuela e mostróselas a Su Ilustrísima, que dijo no haber visto tareas tan bien hechas en muchos años e hablé con Marcos por teléfono, como así hacíamos todos los días, por saber si había alguna novedad y, estando en pláticas con él, preguntéle si había forma de cambiar pesetas por euros siendo el montante abultado, e díjome que habría que llevarlas al Banco de España, pues en otro sitio no podrían cambiarse.

Con esto, tomé a Marinín por dar un paseo e bajamos hasta la plaza a visitar a don Pedro, e Gregorio veíase impresionado de ver a mi pequeño e hicieron buena amistad. Y estando nosotros en otras pláticas, le dije a don Pedro podría cambiarse ese dinero en pesetas, cosas que fue de gran contento para él, mas pensó en el tiempo que les llevaría contar tanto papel, pues sabía su hija le debía tres millones e medio más del precio de la casa.

“Buen regalo le hicisteis – le dije -, que aún siendo estas pesetas y estos precios de hace muchos años, valdría esa casa más de lo que decís”.

“No es así, capitán – aclaróme -, sino que ya ella me había dado otra parte parecida e faltaba esta. Creo quería saldar esta cuenta e no hubo tiempo por lo ocurrido, mas contar todo ese papel será tarea grande”.

E recordando lo ocurrido una vez con Marinín e los euros que tenía dentro de su muñeco, le pedí pusiese sobre la mesa el montante dividido en montones de monedas iguales, e sin decir otra cosa, puestos en orden entre ambos, preguntéle a Marinín:

“¿Acaso sabéis cuánto dinero en pesetas hay sobre la mesa?”.

“Dello estoy seguro, papá – dijo –, que mientras los colocabais ya sabía yo cuánto era”.

Miráronse don Pedro e su hijo con grande extraño mientras decía Marinín:

“Ciento mil pesetas faltan para los tres millones e medio – dijo seguro -, que si fuesen euros darían para mucho dulce”.

E oyendo esto Gregorio, púsole el bazo por encima e le dijo:

“Paréceme sois un niño muy listo, mas ¿sabríais cuánto es eso en euros?”.

“Sí, don Gregorio, que en eso no me fallan los cálculos, pues hay en esa mesa 20.434,41 contado en euros”.

“No bromea el niño – me miró asustado don Pedro -, ¿verdad?”.

“Lo que dice no ha error – aseguréle -, mas si queréis convenceros de que no yerra, habréis de contarlo o esperar a que lo cuente el banco”.

“Un buen regalo he de hacerle – dijo entonces – si no yerra, que he tomado nota de las cantidades ¡Cosa como esta no he visto en mi vida!”.

Del comienzo de las obras

sí lo pensé y así se fizo, que decía Cayetano era yo hombre de «decir melón, tajada en mano», que como vuesas mercedes han de saber, describe a la persona vehemente. Buscó muy de temprano Cayetano al maestro de obras, que en esta temporada de otoño no ha mucho trabajo e dile tales razones:

“No sé, ni me importa, si vuesa merced ha oído habladurías desta casa. Una obra quiero e necesito se haga, si ello es posible, a partir deste mesmo momento”.

E mostrándole los planos por mí dibujados, preguntó qué arquitecto había planeado tales obras e, por no darle muchas explicaciones, le dije que yo mesmo, que en arquitectura era examinado aunque no ejercía.

“Muy buenos trazados veo – dijo satisfecho -, que me ahorrarán muchos pasos. Uniré entrambos salones tal como aquí aparece e con los dos escalones que salvan la diferencia en altura e veo están medidos con total exactitud, e una puerta unirá los pasillos traseros con el mesmo desnivel e otra más, con puerta fuerte que habrá que medir bien e fabricar, dará salida al jardín. Si ha de pasar la cocina a este lado por ser más grande, veo aquí se unirá la usada hasta agora con el salón que, a fe, me parece el más grande que he visto en mucho tiempo”.

“No olvidéis – le dije – ambos jardines se unirán en uno. Tened en cuenta el lindero ha de desaparecer y el jardín se extenderá con este, mas quiero esa obra hecha lo antes posible”.

“Señor – me dijo -, las cosas ponéis difíciles, mas me interesa a mí hacer la obra en el menor tiempo, pues tanto os voy a cobrar por un día que por una semana”.

E diciéndome el montante, entréguele la mitad del dinero a cuenta, cosa que fizo maravillas, pues en poco, envió hasta cuatro obreros para abrir los muros en las proporciones que le di.

Mientras tanto, llamé a don Pedro Salas por asegurarle me quedaba con la casa e me dijo no sabía cómo agradecerme lo hecho por ellos e preguntóme si había alguna forma de convertir aquellas pesetas en euros. Así, le dije que esperase a la tarde del viernes e que mi abogado resolvería lo pactado:

“Por dos veces habéis vendido la casa aunque hayáis tenido que esperar veinte años. Desto me alegro e de que podáis renovar la vuestra para comodidad de vuestro hijo e la vuestra propia. Mi dinero se os entregará en moneda y al contado; dejadme ver si hay forma de convertir moneda antigüa en moneda moderna”.

“Nunca podré agradeceros lo que por mí habéis hecho”.

29 noviembre, 2006

De la historia que acaesciese en la casa muchos años antes

omenzó a narrar Gregorio e todos quedamos suspensos oyéndole:

“No era yo mozo de andar corriendo por la plaza ni aficionado a subir los riscos teniendo los once años, sino que íbame a menudo a visitar a mi hermana e a ver a mis sobrinos a esa casa. Era mi hermana bastante mayor que yo, eminencia – se dirigió a don Juan -, pues casóse mi padre en segundas nupcias. Mas viendo éste que aquella casa era mejor para ser alquilada en verano, púsola en alquiler a mi hermana e hablóse luego de la compra. Debía mi hermana gran cantidad de dinero a mi padre, que siendo hombre de bien, nunca le dio aviso de que le pagase. Una noche, no muy tarde, estando yo allí con ellos, entraron a golpes dos hombres encapuchados e con sendas hachas en las manos e pusiéronse a romper cuanto veían, mas queriendo mi hermana e mi cuñado defender su hogar, a hachazos los mataron e así hicieron con los niños e yo pude esconderme e salir hasta la puerta e gritar porque alguien viniese a ayudarnos. En esto – hizo una pausa e respiró profundo -, salieron de la casa dándome sendos hachazos en la piernas e abandonándome tirado en la calle. Pude yo ser salvo, mas todos ellos murieron”.

Hubo un luengo silencio e oyóse a Su Ilustrísima decir «¡Jesus misericordia nos!» e santiguóse en diciendo:

“Hijo, parad ahí esa historia que he de suponer os ha atormentado la vida e os atormenta, que cosas así son dificultosas de narrar sin revivirlas”.

“Agora seguiré, eminencia – contestóle calmo -, pues necesitaría ver antes el contenido del sobre”.

Tomó un sorbo de café e sacó el documento del sobre leyéndolo con atención. Luego desto, pasó el papel a su padre porque lo leyese él, e dijo:

“Es esta, cosa que no podíamos imaginar, pues pidió mi cuñado dinero a la empresa donde trabajaba e que ya no existe. Aquí está lo debido a mi padre oculto en esa banqueta por motivos que no sabemos. Cuando asistimos al juicio principal deste caso, se nos dijo que el dueño de la empresa habíase quitado la vida”.

“Extraño, misterioso parece el caso – les dije -, que os ha tenido sin conocimiento desto hasta agora. Volveremos a pasar mucho tiempo en la casa por saber más cosas, mas si era este el mensaje que (cosa que no creo) viniese de ultratumba, seréis avisados”.

E hubo gran contento de ambos e vino también su señora a despedirnos e, volviéndome con seguridad, les dije:

“Preparad el contrato de compra, que mañana mesmo, si ello es posible, se hará la obra para unir las casas”.

En Grazalema e a veinte e nueve de noviembre del año de dos mil e seis.

Del encuentro con don Pedro Salas e su hijo Gregorio

inieron por la tarde dos mozos bien gallardos de la tienda de muebles de Ronda e, mirando mis apuntes en el libro, fueron visitando la casa e faciendo muchas preguntas e anotando cuanto yo les decía, que bien sé lo que quiero tanto como lo que a Marcos le agrada. E traían otro libro con imágenes de los muebles e cada una dellas un número tenía e así les decía yo cuál me gustaba, así tomaban ellos nota en otro libro. Aclaréles finalmente que habría que esperar se hiciese el contrato de la casa e diéronme unos números de teléfono por no tener que volver a Ronda una vez decidido.

Bajamos luego el tercio a la casa de don Pedro Salas por entregarle los papeles encontrados e ver si alguna cosa se aclaraba sobre la casa. Era la casa de don Pedro bien amplia e poco amueblada, que su hijo necesitaba espacio para moverse por ella. En el salón encontramos a Gregorio en su silla con ruedas e nos sonrió al entrar e diónos la bienvenida e invitónos a sentarnos. Así, le dije a entrambos estaba decidido a quedarme la casa, que aunque alguna cosa extraña en ella se veía, era muy de nuestro agrado.

“¿E qué cosas extrañas son esas que decís? – preguntó don Pedro -, que a la limpieza no se falta aunque el dinero me cuesta e nadie me dice qué hay de raro en ella”.

“Acaso no habéis visto una banqueta que junto a la chimenea se haya – le dije -, mas extraño me parece, pues el primer día que entramos vos mesmo en pie la pusisteis”.

“Cierto es eso – contestó – e muchas veces la he mirado por ver ti tiene alguna pata rota e nada hallo, mas no encuentro sea ese motivo para abandonar la estancia en la casa”.

“Si hemos de seros sinceros – apuntó Su Ilustrísima -, sí que nosotros tres aquí presentes hemos oído e visto cosas no muy agradable e, cada vez que se pone en pie la banqueta, parece espera ésta a que nos ausentemos para volver al suelo”.

“Cosa rara me parece – dijo don Pedro con intriga -, que yendo yo allí tan a menudo no haya visto cosa alguna, sino que la banqueta se cae”.

“Otras cosas hemos visto, señor – espetó Cayetano -, que podríamos comentar después, mas lo que nos trae aquí no es aqueso, sino que, tal como vos decís, parece la banqueta espera nuestra ausencia para volver a caerse al suelo”.

“Desta forma – continué -, mi hijo la levanta e ante nuestros ojos cae e, preguntándonos qué cosa sería aquello, hemos visto su interior abriendo la parte baja y, en dentro del forraje, este abultado sobre hemos hallado”.

Así, se lo entregué e me pareció no entendía nada, mas al abrir el sobre e ver tanto dinero en pesetas, lo dio a su hijo y éste, al mirar su interior, dejólo sobre la mesa, movió las ruedas de su silla para darse la vuelta e púsose en llanto.

“¡Santo Dios! – le dije -, ¿alguna cosa hemos hecho mal por ventura?”.

E levantóse Su Ilustrísima e fue a consolarlo e hablaron una pieza y le tomaba Gregorio con fuerzas por el brazo. Así, pasada una pieza, volvióse el joven hacia nosotros e nos dijo iba a referirnos la historia que vivió. Apareció su madre, le besó e dejó sobre la mesa café para todos e algún dulce que tomar e asió las manos de Su Ilustrísima e le hizo gran reverencia.

De la destrucción como medida para eliminar males

eguro de lo que decía, tomó Marinín la banqueta e miróla con curiosidad por la parte baja: «La tela parece rasgada e se le ven las tripas».

“No sería mala idea – dije -, porque no cayese más, destruirla e quemarla como hicimos con los muebles de la cocina”.

“E si se destruye, papá – preguntó Marinín -, ¿cómo averiguaremos el secreto? En su interior, pienso, debe haber algo e quiere la banqueta llamarnos la atención para que la miremos. Si licencia me dais, yo mesmo miraría en su interior”.

“Lo que decís, hijo – le dije -, de razón me parece, aunque extraño, mas debéis comprender que ha de usarse arma peligrosa. Haría yo mesmo lo que vos me digáis con mi daga”.

“Abrid entonces la tela de abajo – contestó -, que más me parece la banqueta quiere se vea su fondo que su parte de arriba”.

Con esto, e haciéndole caso al niño, rasgué con mi daga toda la tela que cubría el fondo de la banqueta e apareció toda ella rellena de viruta de madera, e siguiendo las instrucciones de mi hijo, fui sacando con cuidado el contenido hasta que vimos aparecer un abultado sobre de papel. Así, nos quedamos suspensos, que tal cosa no suele ponerse dentro del relleno de los muebles.

E tomando el sobre con sumo cuidado, abrílo e miré su interior e vi había allí gran cantidad en papel de peseta e una carta. Sin comprender el significado de lo encontrado. Decidí llevar el sobre a casa de don Pedro aquella mesma tarde, cuando terminase la visita de los amuebladotes de Ronda.

“Paréceme – dijo mi pequeño – que el aviso de la banqueta no era que había dinero en su interior, pues las pesetas ya no tienen valor”.

“Así lo veo yo – apuntó Cayetano -; don Pedro puede saber por qué estaba ese sobre ahí escondido”.

De la búsqueda de los muebles y la del misterio de la banqueta

uimos a Ronda esta mañana e allí encontramos una gran tienda donde había toda clase de muebles e, mostrándole las medidas tomadas, pareció ver el tendero yo sabía algo de cómo hacer planificación e de cómo distribuir muebles en una casa. Así, me dijo éste que dos hombres irían a Grazalema esa mesma tarde, verían lo anotado en el libro e nos aconsejarían el mejor mueble para cada lugar. Con esto, le aseguré que aún no estaba hecho el contrato de la compra mas estaba seguro de que se haría.

Volviendo con agrado al pueblo, pensamos seguir nuestro estudio sobre la banqueta e ya luego se observarían los otros fenómenos, que aún siendo extraños no me parecían fuesen a impedir nuestra vida. Así, le dije a Cayetano estaba dispuesto a hablar aquella mesma tarde con don Pedro por adelantar la obra para unir entrambas casas como pensado tenía e, en llegando Marcos, mi abogado, se haría formal el contrato de la compra.

“Quiero esto – le dije a Cayetano – se haga lo antes posible. No penséis en dinero; pensad en rapidez. Los planos de la casa están hechos, los hombres vendrán a ver los muebles que se pondrán ¿Qué nos falta? Averiguar o eliminar esos extraños movimientos que allí se producen. Ningún miedo tengo a ellos e seguro estoy será descubierto el motivo y eliminado”.

“Con tal seguridad lo decís, capitán – respondióme -, que me siento convencido e animado a ayudaros en lo que fuere menester, que tampoco creo esos fenómenos nos impidan vivir mucho mejor”.

Y en entrando en la casa, vimos la banqueta tumbada sobre la mesa e, por hacer una prueba más, púsose en pié e no se movía.

“Pata alguna veo tenga rota – dijo Cayetano -, es hora pues de preguntarse por qué a nosotros nos llama la atención desta forma e a Marinín no”.

“Agora se hará – le dije -; ausentémonos por ver si vuelve a caerse”.

E fuímosnos un instante a los dormitorios de atrás e volvimos. La banqueta estaba caída. Así le dije avisase a Marinín e vino con él. Puso Marinín la banqueta en pie e caía.

“¿Veis alguna pata esté rota? – preguntéle a mi pequeño-, pues en pié la ponéis e se cae”.

“Parérece banqueta fuerte, papá – me dijo -, e no veo esté mal encolada ni tenga partes rotas, sino que siempre cae del mesmo lado, e si miramos en la parte baja puede verse una tela no muy fuerte que está rota. Nada más veo, sino que parece avisaros a vuesas mercedes de una forma e a mí de otra”.

E Cayetano e yo nos miramos con asombro, pues el niño hablaba de «aviso», mas no eran los avisos iguales para él que para nosotros.

28 noviembre, 2006

De lo que hubo que hacer para observar la banqueta

olvimos a la casa por tomar un pequeño bocado y un gran trago, que lo visto no era de razón, pues poníamos nosotros aquella banqueta en pie e no caía sino cuando no estábamos, e vimos en los nuestros propios ojos Marinín la levantaba e caía. Bajó la calle Cayetano como llevado por los demonios e don Juan en oraciones y latines. Así, tomado algo e bebido otro algo, le dije al niño restase con María en casa, pues iríamos al lado sólo a ver una cosa e volveríamos al punto.

Temblábale la mano a Cayetano mientras giraba la llave de la puerta e luego mientras la abría muy de espacio e, allí, junto a la chimenea, estaba la banqueta caída en el suelo. Con sigilo nos acercamos e tomóla Cayetano por los lados, como hizo Marinín, por ver si así volvía a caerse, mas poniéndola en pie, así se quedó.

Extrañado el tercio de lo que veíamos, dije con calma:

“Seamos adultos e no niños, que cuando esto sucede ha de ser por alguna razón que el niño e nosotros no hacemos de igual forma. Vayamos agora a las estancias traseras e tomemos el libro con las medidas de los muebles. Así veremos qué ocurre cuando volvamos”.

E nos fuimos muy de espacio a por el libro de notas e vi cómo miraba don Juan con recelo hacia atrás por si la veía caer. Tomé el libro e le dije a Cayetano que iríamos a Ronda a por los muebles necesarios cuando se comprobase no había más problemas e quitásemos los muebles antigüos, que toda la casa iba a ponerse con mueble rondeño.

Cuando salimos al pasillo para volver al salón, allí, al fondo e junto a la chimenea, estaba la banqueta caída en el suelo.

Con enfado e decisión tomé el pasillo hacia la banqueta, la así por los lados e alzándola en los aires, dije:

“¡Ya está bien! Ni aparecidos ni espíritus ni almas en pena, sino pura güasa de alguien que quiere no tomemos la casa. Hagamos una prueba más”.

Así, colocando la banqueta en pie sobre la mesa, le dije a mis compañeros se sentaran en derredor:

“¡Nadie se mueve de aquí hasta que caiga!”.

“Creía yo – dijo Su Ilustrísima – que el día de los Santos Inocentes era en diciembre”.

E allí estuvimos una luenga pieza sin apartar la vista.

E llamaron a la puerta con fuerzas e fue a abrir Cayetano y entró Marinín como ventisca. Entonces, cayó la banqueta.

“A Ronda iremos esta tarde a buscar los muebles e quedará este asunto para mañana hasta que sea resuelto”.

En Grazalema e a veinte e ocho de noviembre del año del dos mil e seis.

De la banqueta burlona

ormido estaba ya tarde en la mañana cuando sentí alguien se subía sobre mí e, abriendo de espacio los ojos, vi la carita de mi niño mirarme sonriendo:

“¿Estáis dormido, papá – dijo -; ya es tarde y el desayuno espera”.

“Estaba dormido, Marinín – contestéle con desgana -, estaba”.

E así preparé el aseo e luego púseme mi uniforme e bajamos al desayuno.

“Nada he dormido, capitán – me dijo Cayetano -, que volviendo a la casa era ya hora de preparar la casa, mas aguantar puedo despierto”.

“Una buena siesta dormiremos por recuperar el cansancio e volveremos – le dije -, que no soy persona de rendirse ni a la primera ni a la segunda ni a la tercera”.

“Acaso a la cuarta – dijo Marinín -, que cuando las cosas no tienen remedio piérdese el tiempo intentando remediarlas”.

“Así como decís es – respondíle – mas antes de abandonar, he de saber con certeza remedio no tiene la cosa”.

“¿Podré irme a la casa con vuesas mercedes? – preguntó el pequeño -; en esta casa me aburro un poco si vos no estáis, papi”.

“Con Cayetano e tío Juan os vendréis – le dije -, mas si os pidiese volvieseis aquí, no quiero preguntas”.

Con esto partimos hacia la otra casa, que todas las luces había encendidas e no sabíamos si fuimos nosotros mesmos los que las dejamos así.

E acercóse Marinín a la banqueta por ponerla en pie, pues tumbada en el suelo se hallaba.

“No os preocupéis por tal cosa, hijo – apuntéle -, que cuando volváis al salón, en el suelo estará otra vez e no es de razón andar poniéndola en pié toda la mañana”.

“Paréceme ha de tener una pata rota – me dijo – que si se cae tan a menudo yo mesmo he de mirar por arreglarla”.

“Mala idea no me parece – quise darle un susto -, que así tendréis entretenimiento, mas si veis la ponéis en pie y no se tumba, idos a otro lugar de la casa e tumbada la tendréis cuando volváis”.

“¿Acaso no quiere – preguntó con extraño – que nadie la vea caerse? Más me parece habláis de persona que de banqueta, pero os prometo que he de arreglarla”.

“¡Dios os oiga, Marinín!, que algunas cosas son de dificultoso remedio”.

Con esto, nos fuimos los mayores a las otras habitaciones para ir anotando cuanto mueble fuese menester comprar, e Cayetano tomaba las medidas. Siendo habitaciones muy amplias, mucho mueble cabría en alguna, que yo prefiero mi cama con dosel, mi escritorio, un armario ropero e quizá algunos estantes para poner libros. Y en ello estábamos, cuando apareció enfadado Marinín y en diciendo:

“Papá, que la banqueta tiene una pata mal y no hay forma de dejarla en pie. Tiraríala yo con la basura e compraría una nueva”.

“¿Veis, pillín? – preguntéle - ¿A que os habéis pasado un buen rato poniéndola en pié yéndoos a otro lado e volviendo e viéndola en el suelo otra vez?”.

“No tal – dijo con enfado -, que la pongo en pié y se cae”.

E mirándonos Cayetano, don Juan e yo con asombro, le dijo Cayetano:

“Decís, pequeño Marino; ¿aseguráis que la ponéis en pié e vuelve a caerse… delante vuestra?”.

“¡Pues claro! – contestó enfadado -, que ya os he dicho que debe tener una pata rota”.

E corrimos todos al salón e la vimos tumbada y en esto le dije al niño:

“Veamos, hijo – intenté calmarme -, ¿podéis hacer la prueba que decís que nosotros la veamos?”.

E yéndose hacia la banqueta tomóla por los lados e púsola en pie, mas se caía al punto.

“¿Qué le habéis hecho? – preguntó don Juan -. Háseme dicho que nunca se cae si hay alguien ante ella, sino que cae al suelo cuando está sola”.

E muy azorado, me miró a mí, miró a Su Ilustrísima e dijo:

“Bien me parece que quieran vuesas mercedes que me entretenga en algo, mas ¿quieren vuecedes hacerme creer que no se cae, sino se tira?”.

De lo sucedido en la casa nueva la primera noche

legando la hora del descanso, decidimos ir a dormir al otro lado Cayetano, don Juan e yo, e no pareció haber mucho interés Marinín por acompañarnos. En el salón nos sentamos una pieza e trujo Cayetano maderos por encender la chimenea, que estando casi en el centro de la casa, calienta el tiro también todas las habitaciones de arriba.

En la banqueta estuvo Cayetano casi todo el tiempo sentado e, aunque nadie allí se sentase, en habiendo alguien presente, no parecía moverse. Hubimos luengas pláticas sobre diferentes cosas e llegó la hora de retirarnos a nuestras estancias. Así, antes de retirarnos, hicimos un trazado de lo que deberíamos hacer si cosa alguna ocurriere.

Pasaba poco tiempo de la media noche e no podía conciliar el sueño e, con esto, me puse en lecturas. E creo Su Ilustrísima e Cayetano harían tal cosa, pues oyéronse al cabo fuertes golpes e algo parecido a gritos en la lejanía. Al punto, estábamos los tres en el pasillo con las palmatorias e mirándonos con desconcierto. E con sumo cuidado, miramos hacia abajo e nadie había, sino que veíase otra vez la banqueta en el suelo. Bajamos de espacio y, ya casi llegando al salón, dejaron de oírse tales golpes e tales gritos.

“Sin duda – dije por no dar importancia a lo ocurrido -, es un fenómeno extraño, mas no veo que esto sea cosa para sentirse amenazado”.

E miró Cayetano en la cocina e nada pudo ver, pues ya los muebles no estaban, mas en un rincón desta, el que queda casi al fondo, encontró algo que le llamó la atención e fue a mirarlo:

“¡Capitán, Ilustrísima, acercaos por Dios bendito!”.

“¿Qué cosa os pasa? – preguntéle en yendo a verle -; todo mueble se ha quitado”.

Mas al acercarme al lugar donde se hallaba, encontramos un grande cuchillo, como hacha, que parecía tener mucho tiempo.

“A fe, Cayetano – le dije -, que al retirar los muebles no me parece estuviese ahí”.

Y en diciendo esto, volvimos a oír golpes en el salón e, con mucho cuidado, salimos a mirar. Todo estaba igual, mas la banqueta habíase puesto en pie.

Encendimos todas las luces e seguimos la noche en el salón junto a la chimenea.

En Grazalema y a veinte y ocho de noviembre del año de dos mil e seis.

27 noviembre, 2006

De cómo empezó la mudanza e de la bendición de la nueva casa

olvimos a la casa al almuerzo como si nada hubiese ocurrido en la casa de al lado e, tomando a Su Ilustrísima aparte, le dije fuese allá por bendecirla e poner alguna imagen sagrada, que veíase la casa falta de vida.

Así hubo un almuerzo normal, aunque Marinín intentó varias veces averiguar si alguna cosa sucedía, mas le dije que estábamos quitando los muebles que no iban a ser menester. E tras un corto descanso, volvimos a la casa a poner la banqueta en pie e a recoger los restos de los muebles.

No pasó mucho tiempo hasta que viniese Antonio con un carro tirado por una mula, y en él pusimos los restos de los muebles de la cocina e subimos a su huerto e se les prendió fuego. E siendo ya la hora del crepúsculo, nos dijo él vigilaría las llamas e bajamos otra vez a la casa:

“¿No hay forma de que hasta aquí llegue la luz en la noche? – le dije a Cayetano - ¡No vamos a llenar toda la casa de velas!”.

“No, señor – me dijo como cómplice -, que aunque la ley lo prohíbe, sé yo cómo tomar luz de nuestra casa e dársela a esta”.

Así, pusimos de nuevo la banqueta en pie e nos fuimos a buscar un largo cordón. Puso un extremo déste en una caja de la pared e sacamos el resto por la ventana muy pegado al muro porque no se viese. Luego, ató este cordón a la otra casa e hicimos unas pruebas: en casi todas las estancias habían lámparas e luz.

Llegó con ceremonia Su Ilustrísima, que un maletín traía con la Santa Cruz, la figura de San Francisco, muchas velas e sahumerios, e poniéndose luego en el centro de la sala hizo unas oraciones en latín y esparció por toda la casa agua bendita con extraño e moderno hisopo:

“Nada de extraño veo en esta casa – dijo – sino que sin luz parecía otra cosa en la noche, pues de día está muy bien iluminada. Sentárame agora una pieza por descansar e volveremos, si quisiéredes, a tomar algún bocado a la casa. Esta banqueta usaría, que parece cómoda, mas veo la tenéis por alguna razón tumbada en el suelo”.

“No os importe, Ilustrísima – le dije -, pues si quisiéredes usarla, yo os la pondría en pie, mas aquí tenéis otra más cómoda e Cayetano o yo nos sentaremos en esa”.

De los muebles vivos

n muy poco tiempo, apareció María trayéndonos unos bocados e una bota de vino.

“Quitemos estos muebles – le dije a Cayetano en risas -, que ya no han de servir ni para producirnos estos desconciertos. En la mesma chimenea quemaremos esa madera”.

“Tal cosa no os aconsejo, señor – me dijo -, que la madera destos muebles no es buena e llenaremos la casa de humo. Al campo la llevaremos e haciendo un rimero con ellos, los quemaremos. Así, al menos, no nos estorbarán el descanso con ruidos. Con don Antonio hablaré, que en su huerta tiene sitio para ello”.

E así mesmo, viendo la banqueta otra vez con las patas hacia arriba, dijo Cayetano:

“Hemos de suponer, capitán, que si la pongo en pie y en ella me siento, no volverá a darse la vuelta hasta que salgamos al almuerzo”.

E me sentí muy acompañado sabiendo Cayetano no había temores de tales cosas, mas le dije (no muy en serio por el efeto del vino), que habría que clavar la banqueta al suelo por saber si tenían más fuerzas los clavos o los espectros e así me dijo que temor alguno le inspiraban tales cosas, sino que le parecían molestas, mas que, habiendo leído algo sobre estos fenómenos, parecían producirse como un aviso.

“¿Un aviso, decís? – preguntéle - ¿Acaso algún espectro nos avisa de que no entremos en esta casa?”.

“No tal, capitán – me dijo -, sino que queriendo avisar a los vivos de lo que pasó a los muertos, desta forma llaman la atención”.

“Así pues – respondíle -, la cuestión está en saber qué diantres quieren decirnos; lo averigüaremos e podrán descansar en paz”.

“No debíamos – dijo muy serio Cayetano – tomar estas cosas a broma. Temor no tengo de que espectro alguno quiera hacernos daño, mas sí creo que no se puede vivir en una casa donde todo se está moviendo a cada momento”.

“Esta mesma tarde – le dije – ha de venir Su Ilustrísima e traer unos crucifijos, e la imagen de San Francisco e hacer una ceremonia cristiana. Si los espectros son malignos, se irán; si quieren decir algo, intentarán hacerlo de alguna otra forma. Tomad el hacha e sentiros a vuestro gusto, como yo mesmo, despedazando esta cocina”.

De las sorpresas de la nueva casa

Quiso Marinín pasar la mañana con nosotros en la casa e le advertí sería cosa tediosa, mas pensando luego en su mente tan avanzada, acepté su capricho por si alguna cosa descubría.

Nos entramos en la casa a media mañana e todo se veía normal, mucha limpieza e mucha luz. E vi cómo Cayetano se acercaba a la chimenea e ponía en pie la mesma pequeña silla que puso en pie don Pedro: «El desorden no soporto».

E pensándolo un poco por estar Marinín presente, le dije:

“Paréceme que esa a modo de banqueta ya la puso en pié don Pedro cuando entramos la primera vez. ¿Qué tipo de asiento es este?”.

“Es lo que ahora llaman banqueta o puf, señor – contestó aún agachado -, e más útil me parece con las patas en el suelo que tumbado. Forma cúbica tiene y es pequeño, de armazón de madera relleno de viruta o algo así e forrado de tela. Cómodo parece”.

“Cómodo parece, sí – respondile sin darle importancia -, que ahí junto a la chimenea pondremos uno (o varios) como ese para acercarnos al fuego los días de más frío”.

E mientras Marinín e yo nos asomábamos a los grandes ventanales, fuése Cayetano a ver otra parte de la casa y se entró en la cocina. Pasaron sólo unos segundos e le oí gritarme: “¡Capitán, venid!”.

E dejando al niño en la ventana dirigíme a la cocina, e al entrar, le vi suspenso e dijo:

“Todos los muebles de la cocina están abiertos e parece no hay nada en su interior”.

“Así lo veo, mas no me preocupa, que todos esos serán cambiados por muebles más modernos”.

“A eso no me refería, capitán – dijo sin moverse -, sino a que yo mesmo los he revisado e los he dejado todos cerrados”.

“¿Por qué cosa los volvéis a abrir entonces? – le pregunté -. Ya os digo que han de cambiarse por otros más nuevos”.

“Así será, capitán – me dijo mirándome asustado -, mas yo mesmo los cerré todos cuando vinimos esta mañana a repasar la casa”.

“No empecemos a pensar en tonterías desas – le dije – que a ningún lugar nos llevan. A la casa voy a preguntar quién los ha vuelto a abrir”.

E vínose Marinín conmigo e pregunté a todo el servicio e incluso a Su Ilustrísima.

“¿Pensáis me dedico a ir abriendo muebles de las cocinas de las casas? – dijo don Juan -; si todos dicen estaban cerrados, así será”.

“Quedaos con Marinín una pieza que ha de hacer sus tareas, Ilustrísima – le dije -, e pronto volveremos al almuerzo”.

Con esto, corrí a la otra casa y encontré a Cayetano mirando el asiento que junto a la chimenea se hallaba:

“Miradlo – dijo -, sus patas vuelve a tener hacia arriba; e mirad la cocina”.

Y entrándome en la cocina vi había cerrado todos los muebles.

“Pronto se desmontarán – le dije con seguridad -, no entiendo vuestro temor”.

“Yo sí, pues los he visto cerrarse todos sin moverme de donde estaba”.

En Grazalema e a veinte e siete de noviembre del año de dos mil e seis.

De lo que ocurrió antes de la partida a Sevilla

tardecía cuando ya estaba todo preparado para la vuelta a Sevilla dejando antes a Su Ilustrísima en Ronda, cuando tomé a Marcos e le dije buscase un coche más grande donde pudiésemos viajar más gente. Así me dijo que sabía de uno, bien caro, que podía llevar hasta nueve personas y equipaje y le di licencia para comprarlo usando el dinero que habíamos obtenido. Con esto, me dijo que debería comprarlo él, pues debe personarse el comprador e no puede ponerse a nombre de otra persona, que esto podría hacerse más tarde, e así le dije yo que lo comprase como suyo.

Marinín seguía sin convencerse de separarse de mi lado e sus ojos estaban llenos de lágrimas contenidas que no acababan de salir e su boca no se abría manteniendo silencio. Su Ilustrísima, no habiendo mucho que hacer en Ronda e sabiendo lo que iba a hacerse hoy, propuso quedarse con Cayetano e conmigo por si fuese menester, e así le dijimos estaba en su casa y la futura prolongación della; e le vimos repasar todo aquello que traía por ver si faltaba algo para alguna liturgia.

Tomando luego a mi pequeño entre mis brazos, rompió en llantos desconsolados e me abrazaba con fuerza e temblaba.

“No quiero os acostumbréis a vivir sin mí – le dije – ¡que son cuatro días! Os quedaréis e ya veré yo cómo decirle esto a don Julio, que hay niños que necesitan esa escuela para sus estudios e vos, que la tenéis, no acudís. Quedaos conmigo, que así no quiero veros, mas sabed que es la última vez que me obligáis a hacer trampas con la escuela”.

E poco después partían para Sevilla todos e quedábase Marinín asido a mí con fuerzas, pues aún pensaba podían volver a por él. E don Juan dijo tener todo lo necesario por si fuere menester e que iría a las ocho, a la misa, por hablar con el párroco por si hubiere de acompañarle en alguna labor.

E hoy, al amanecer, comenzamos a hacer los trazados para comprobar que la casa que íbamos a adquirir no había nada de extraño en su interior. Con esto, el servicio preparó los dormitorios para Cayetano e María, Marinín e yo e uno especial e bien grande para Su Ilustrísima. El día completo pasaríamos allí ordenando los pocos muebles que aún quedaban e pensando cuáles serían los nuevos que se pondrían e, llegada la noche, tras la cena, allí pasaríamos descansaríamos por vigilar hasta el último detalle.

26 noviembre, 2006

De cómo Marinín no quería separarse de mí

sí comenzó el almuerzo hubo largos silencios, que las viandas eran gustosas e algo más pasaba por las cabezas de los presentes. Con esto, dije:

“Acaso a nadie le gusta la idea de unir las dos casas o se tienen dudas sobre esa leyenda de fantasmas, que veo muchas bocas cerradas en esta mesa”.

“Ni por una cosa ni por la otra ando quedo – me dijo Marinín -, que en mi padre he plena confianza, mas no pensaba me abandonaría una semana”.

“¿Qué cosa decís? – le miré con cariño - ¿Cómo pensáis os abandono cuando me quedo aquí porque tengamos todos una casa más grande e mejor? Estaréis en Sevilla con Chuti e Catalina e vuestros amigos; en la escuela, en casa; ¡sólo cuatro días! E cuando vengáis os tendré gran sorpresa. ¿Llamáis a eso abandono?”.

“Con vos quiero estar – dijo – e no con Chuti ni con nadie. Mas si decís es menester hacer esto…”.

“Es menester por el bien de todos, Marinín – le limpié los labios con la servilleta -; si no es desta forma no podremos mejorar esta casa. E sabed algo nuevo, que la casa tendrá una truje de tamaño tal, que alfombrada, podréis jugar allí en lugar tan amplio como el jardín”.

“Así ha de ser si vos lo decís, papá – concluyó -, que no soy yo el que ha de disponer, sino vos, e cuatro días pasan con rapidez”.

“Tiempo sin límite habemos Cayetano e yo – les dije a todos – para comprobar nada extraño pasa en esa casa, e comprobado esto, en muy poco tiempo, tendremos todos mucho más sitio para nuestras reuniones e más estancias para todos e más sitio para vuestros juegos, que el invierno no nos dejará salir mucho a la calle ni a los campos. Mas he de preparar además todo para que en verano no hayamos calor. Así pienso hacerlo, mas si alguna cosa se viera que no es de nuestro agrado, no hay más que volver a separar las casas. Para esto, hijo – me dirigí a Marinín -, necesito tiempo”.

“No seré yo el que os impida hacer lo que pensáis – me dijo -, mas quiero sepáis que un día sin estar a vuestro lado no es día”.

“Tal cosa entiendo, pequeño – respondíle -, mas ya veréis cómo todo pasa”.

En Grazalema e a veinte y seis de noviembre del año de dos mil e seis.

Del trazado para poner la casa en sazón e otro suceso

n llegando a nuestra casa, ya se había preparado el bocado que nos mantenía en pie hasta el almuerzo e cataba don Juan con mucho gusto una morcilla de doña Dolores. Vinieron primero los niños corriendo a preguntar todos juntos e Marinín se asió con fuerzas a mis piernas:

“Esperad, niños, esperad – les dije -, que como veis entrambos venimos salvos e nada veo en esa casa que no tenga esta. Poca obra habrá que hacer, sino unirlas una a otra e poner nuevos muebles”.

“Seguro que están viejos – dijo Fermín – e todo lleno de polvo e telarañas”.

E agachándome a su altura, le dije:

“Hijo, ¿es eso lo que se dice en el pueblo?”.

“Sí, capitán – contestó con misterio -, e dícese también que el hijo de don Pedro pudo salvarse de la matanza, perdió sus piernas y en una silla con ruedas debe moverse”.

“A fe – contestéle -, que bien es cierto que al hijo de don Pedro le faltan las piernas, mas puedo aseguraros que en esa casa ni hay polvo ni telarañas ni fantasmas ni cosa que se les asemeje, sino algunos muebles. Cayetano e yo estaremos una semana en ella arreglando cosas e durmiendo allí; si viésemos cualquier extraño, diré a don Pedro lo visto e le devolveré sus llaves”.

“Y con un buen relicario e agua bendita – apostilló Su Ilustrísima – queda esa casa limpia de polvo e de mala fama. Bien me parece lo que habéis pensado, que en mi casa he tenido yo casi toda la vida…. alguna cosa rara e vivo sigo de buen ver, según decís”.

“Sea pues – dije catando la morcilla -, que esta semana he de quedarme aquí por ir preparándolo todo e, quizá, cuando vuelvan vuesas pequeñas mercedes, encuentren una bonita sorpresa”.

E hubo gran fiesta e contento durante una pieza, la cual aprovechó don Juan para dar buena cuenta de las pocas viandas que en la mesa quedaban.

Así, me llegué a la tienda cercana (que llaman de Castro) e compréles dulces e chocolates para la merienda mas, subiendo el poco tramo de calle que de la tienda nos separa, pasó junto a mí una mujer muy enlutada e con la faz embozada e parándose un punto a mi lado, me dijo:

“No compréis esa casa, que una gran desgracia os traerá”.

E volviéndome hacia ella, le dije en voz alta:

“¡Quitaos el embozo, que con un capitán habláis! E desde este momento, ya podéis ir diciendo por todo el pueblo que el hechizo de la casa lo ha espantado el Capitán Alacaída, que han salido fantasmas y espectros huyendo e toda ella ha quedado limpia por orden de Nuestro Señor Jesucristo”.

E quitándose el embozo e con mirada muy fija, me dijo:

“A mí no me engañáis, seáis campesino o marqués”.

En Grazalema e a veinte e seis de noviembre del año de dos mil e seis.

De cómo no vi extraño en la casa aledaña ni en don Pedro

las doce vino don Pedro por mostrarme la casa a la luz del día e no vi yo muchos intentos de acompañarnos en las gentes de la casa e me dijo Cayetano:

“Sepa vuesa merced que tan buena, o mejor, es esa casa que esta e bien cuidada está. Cuando en un pueblo pequeño se cae una teja, dentro de un minuto anda el pueblo diciendo se ha caído el tejado. Dícese desta casa que vais a ver que tiene fantasmas por el crimen que allí ocurrió e dos familias que la alquilaron sin miedo, la abandonaron antes de una semana, mas no dijeron el motivo e la gente murmura. Yo no he temores de tales cosas e pienso vos no deberíais tenerlos e sacar buen provecho al precio por ser lugar condenado al abandono, mas ya veréis don Pedro la tiene muy bien cuidada”.

“Tal vez vos – le dije – quisiérais acompañarme a verla, que si temor no le habéis la opinión de alguien me gustaría oír”.

“Con gusto os he de acompañar – respondió -, que aún estando encantada como muchos murmuran e siendo de noche, no creo se presenten esos encantos, señor”.

E así, fuimos Cayetano e yo a la casa con don Pedro, abrió éste la puerta e vimos una grande sala e de mucha luz. Fuése don Pedro a un rincón e colocó un a modo de asiento que se había caído junto a la chimenea, e vimos luego toda la casa, que estaba enjalbegada e muy limpia e muy soleada.

“Casi puedo deciros, don Pedro – le dije -, que si me ponéis un buen precio, podríais cerrar el trato con mi abogado esta mesma mañana, mas diciéndose lo que se dice por este pueblo e sabiendo que alguna cosa extraña ha ocurrido aquí desde que quedóse abandonada, os pediría un pequeño favor”.

“¿Por qué razón no os iba a conceder lo que pidieseis? – dijo don Pedro -. Por perdidas daba ya las esperanzas de que alguien quisiera habitarla, que es muy buena casa”.

“Eso me extraña – puntualicé -, que siendo tan buena casa, no la ocupéis vos mesmo”.

“Mirad – me mostró unos muebles –, casi amueblada está; todo nuevo, e siempre lo mantengo limpio. No le huyo, sino que a mi hijo le faltan las piernas e subir a estas alturas le es imposible. Por ello, he de vivir en la mesma plaza. No quisiera nada más que obtener algún dinero desta por mejorar la que poseo abajo”.

“El favor entonces no creo os cause fatiga – precisé -, que no deseo sino pasar dos o tres días con sus noches en ella por comprobar eso que se dice”.

“Aquí tenéis, capitán – alzó la mano -, estas son las llaves de la casa; quedáoslas cuanto tiempo os sea menester e si es de vuestro gusto, cerraremos el contrato”.

“Mas fuerza tiene el bulo de un pueblo que una yunta de bueyes”.

En Grazalema e a veinte e seis de noviembre del año de dos mil e seis.

25 noviembre, 2006

De cómo preocupaba la soledad de aquella casa

ás de las seis ya eran, cuando apareció en casa un hombre llamado Pedro Salas e que decía era el propietario de la casa de al lado. Se le hizo pasar al salón y manifestéle mi deseo de unir su casa a la mía por estar aquella deshabitada, e quiso el hombre supiese pondría buen precio, pues ni grazalemeño ni forastero querían ocuparla e no veía el motivo, que en todas las casas muere gente. E tras invitarle a tomar un bocado, invitóme él a visitarla, mas siendo hora tan tardía era ya noche obscura. Aún así, no niégueme a visitarla e quisieron venir los demás a ver alguna cosa, mas cuando llegamos a la puerta e se abrió ésta, miraron el interior obscuro e prefirieron volverse.

Entré yo con don Pedro Salas a ver algo de la casa con una buena lámpara que él mesmo portaba, e vi era casa grande e bien cuidada. Con esto, le pedí la viésemos al día siguiente a medio día e con luz natural e ofrecióse a volver.

“Casa que ni lugareño ni forastero alquila – dijo don Juan -, o tiene mala fama o tiene mal acomodo. Vos veréis lo que hacéis, que el dinero es vuestro, sobrino”.

“Pediré a don Pedro – le dije -, me permita averiguar el motivo de su mala fama por mí mesmo. Si se niega, habrá señal de extraño; si me lo permite es que nada teme”.

“E si nada teme – dijo Marcos - ¿por qué no la habita él mesmo?”.

“Fantasmas o almas en pena con muy malas intenciones deberá haber en esa casa para que yo haya temores, e aún así, ya me encargaría yo de que se mudasen a sitio más adecuado, que tampoco los quiero junto a mi casa”.

“En eso – dijo Marcos – también podéis contar conmigo, que prefiero diez fantasmas a una albóndiga sebosa”.

“E con mi ayuda contaréis – dijo Su Ilustrísima -, que las aguas benditas obran maravillas”.

“Si en la casa hace frío – dijo Marinín – no me gustaría vivir en ella, que ya sabéis, papá, lo que pienso desas corrientes heladas”.

“No hay por qué preocuparse – insistí ya con enojo -, que aquella casa tiene chimenea aún más grande que esta e se calentará todo bien, e tendremos salón e comedor separados, e buenas estancias para el servicio, e buen trastero e hasta cinco habitaciones más, e bufete bien documentado. Nadie se queje desta compra e deste trazado hasta no demostrarme hay almas en pena que no nos dejen vivir”.

En Grazalema e a veinte e cinco de noviembre del año de dos mil e seis.

De las dudas de Su Ilustrísima sobre las casas

a fuerte lluvia e la obscuridad, nos hicieron pensar en volver a Sevilla antes, que estar encerrados en la casa todo el día no nos parecía atinado, mas pensando luego que en Sevilla nos ocurriría cosa igual, decidimos hacer un juego de mesa que los niños tenían e que es llamado «Monopoly» (que según su etimología ya me daba una idea de qué tratábase). Así, tras el almuerzo e con las luces encendidas se extendió un tablero sobre la mesa e se explicaron las reglas del juego, que pareciéronme fáciles; mas no era el juego tan fácil. E jugando estábamos, cuando dijo Su Ilustrísima:

“Más casas que las que posee el capitán parece haber ya en el tablero de juego, que aparte de las dos que en Sevilla posee e las dos que parece tendrá aquí e la de Ronda, que le pertenece, sé que en toda España tiene casas e palacios”.

“Así es, Ilustrísima – le dije -, mas habéis de saber que todas ellas serán reformadas cuando pueda ser e serán puestas en alquiler, que vender no quiero. E si la casa aledaña a esta está inhabitada ¿por qué no darle uso cuando esta se nos queda pequeña?”.

“No me molesta ni es estorbo para mí venir a Grazalema tan a menudo – contestó -, mas echo de menos aquellos días que en Ronda pasábamos, e los paseos e otras cosas. Tal vez a los niños les gustaría ir allí un sábado e domingo, que no es estorbo para mí tal cosa e hay sitio para acomodaros”.

“La oferta de Su Ilustrísima – le dije – ha de ser tenida en cuenta, que aquella casa tiene lo que no tiene esta”.

“Esto os digo – aclaró don Juan – porque penséis si en verdad os es provechoso tener tanta casa en tanto sitio en vez de un buen palacio aquí en un sitio sin parangón”.

“Primero – le dije -, he de ampliar esta casa como sitio de holganza; luego, he de mejorar un poco mi casa palacio de Sevilla, la de la Calle Estrella. Luego, ya pensaré qué hacer con las demás, que no quiero perder el placer de tener alguna casa en Castilla”.

“Al Monopoly este me parece jugáis en la realidad – contestóme -, que hay casas para dar techo a más de quinientas personas e no se están usando. Mas siendo vuestras ¿quién soy yo para daros consejo alguno?”.

“Pues como consejo os lo tomo – concluí -, que no sólo hay sitio para tanta persona, sino que pudiéranse usar estos sitios como lugares de acogida. Dejadme pensar en ello”.

“Viera yo mejor vender a buen precio todas ellas - dijo don Juan – e construir una grande, cómoda e bellísima e moderna en Sevilla donde acoger como decís a todo aquél que lo necesitase. En esa labor podéis contar con mi ayuda”.

E por debajo de la mesa, tomó Marcos mi mano e la asió fuerte:

“Yo os ayudaría en ello sin compromiso alguno”.

En Grazalema e a veinticinco de noviembre del año de dos mil e seis.

PRÓLOGO

ólo unos pocos días de descanso hubimos en la casa de Grazalema e casi todo el tiempo anduvimos buscando setas bajo la fina lluvia o encerrados en el salón resguardados de los aguaceros. Ha sido esta noche, noche de no dormir, pues siendo ya las dos de la madrugada, comenzamos a oír un fuerte ruido, que cada vez se hacía más intenso; un murmullo que hacía retumbar los techos e nos hizo reunirnos a todos en el pasillo palmatoria en mano.

“¿Qué cosa ocurre, capitán? – preguntó Marcos muy quedo -, ¡que jamás oí estruendo como este!”.

“No temed (mucho) – le dije -, que no es sino lluvia muy fuerte. Tomad a los niños e abrazadlos porque se sientan protegidos. Tome Chuti a su hijo Julio e yo cuidaré de Marinín”.

E fuíme a preguntar a Cayetano si había algún riesgo por lluvia tan fuerte:

”¿Sabéis si hace mucho que no llueve así en Grazalema?, pues no sabemos si esta casa que nos vendió el «lamparuche» tiene los techos tan endebles como las ventanas tenía”.

“A fe, capitán, que cosa tal no puedo aseguraros, sino que todos los años hay lluvias tan intensas como estas e, si estos tejados no fuesen seguros, ya tendríamos goteras o los habríamos oído crujir”.

“No dejad entonces – le dije – se asome nadie a las ventanas, que sé cómo se estremece el cuerpo al ver caer el agua de forma tal. Encended las luces del salón que allí bajaremos; e decid al servicio pueden levantarse e unirse a nosotros hasta que pase la tormenta”.

“No habréis de preocuparos, capitán – aclaró -, que está el servicio acostumbrado desde que comenzó su vida a estos inviernos e ni siquiera han de perder el sueño”.

Quiso Marinín, de pie mas casi en sueños, asomarse al cierro por ver si la calle parecía río como le hube dicho, e viendo las aguas que bajaban a altura tal que no nos anegaban por tener la puerta escalón muy alto, pegó su cuerpo al mío e notaba yo sus temblores.

“Venid, pequeño – le dije por distraerlo -, que con vuestros amiguitos os voy a mostrar cómo encender la chimenea, que en ascuas se ha quedado”.

“Llueve en Plasencia muy fuerte algunas veces – dijo entonces -, mas nunca había oído un ruido de lluvia como este”.

“En esta vida – le dije – jamás se deja de aprender. Cuando la próxima vez oigáis este ruido, ya sabréis qué es lo está sucediendo ahí afuera. E ya veis que no es cosa corriente mas tampoco es grave”.

Más tarde que nunca comenzó a entrar algo de luz en el salón. Marinín quedóse dormido a mí abrazado e sobre él dormía Fermín e sobre éste Diego Jesús, que había un brazo extendido por estar agarrado a mí. Julio estaba echado hacia el otro lado sobre Chuti e dormía también placenteramente. No quise pues moverme hasta que se despertasen e pedí al servicio se nos sirviera a todos un café bien caliente, a lo que Su Ilustrísima, sin palabras, hizo gesto de agrado. Seguía sin entrar luz por la ventana, que estaba el cielo de color casi negro e parecía siendo noche.

Al cabo, despertóse Marinín e, como si hubiese habido acuerdo entre los niños, despertaron todos al punto. Así, vino Cayetano e les dijo pasasen a la mesa, que tenían servido un rico desayuno e, por no hacer se levantara don Juan, fuíme con ellos a acompañarles e a bendecir la mesa e, mientras se desayunaban e referían cosas sobre lo acontecido aquella noche, asoméme a la calle por ver el estado de las tejas, aunque la anchura de la calle de Mateos Gago en esta parte no es mucha. Observé las tejas también de la otra vertiente mirando desde el jardín e tampoco me pareció ver desperfecto alguno. Mas, observando detenidamente, vi que la casa que por encima de la nuestra quedaba, parecía deshabitada y, entrándome a la casa preguntéle a Cayetano de quién era e por qué no se usaba e, así, me refirió la siguiente historia:

“Era esa casa de matrimonio joven que tenían un niño e una niña e no hace más de veinte años, todos aparecieron muertos e nadie quiere habitarla, mas nadie dice haya en ella fantasmas o cosa parecida”.

“¿E de quién es propiedad? –preguntéle con interés -, que me parece casa casi tan grande como esta”.

“¿Compraríais acaso esa casa, capitán? – preguntóme -; habrá que hacer muchas obras y el arquitecto que ahí abajo vive en verano no volverá hasta el año venidero”.

“Si sabéis a quién se puede comprar – le aclaré -, procurad os afine el precio, que según decís nadie quiere habitarla. Idos luego con Su Ilustrísima a Ronda e buscad con él al arquitecto apropiado. Quiero no se altere su aspecto al exterior, sino que por dentro quede unida a esta e no haya distinción entre una e otra. Os haré algún dibujo en la mesa del salón porque comprendáis lo que os quiero decir, aunque sé que bien lo sabéis. Si en los precios no estáis muy de acuerdo, podéis consultármelo por teléfono. Arréglese primero el interior de aquella casa como si fuere parte desta, e luego, únanse entrambas. Todos estaremos más cómodos”.

“De mucho dinero habláis, capitán – apuntó -, que se trata casi de construir una casa nueva dejando la fachada como está”.

“Eso os he dicho – concluí -, no es que no me importe el montante de la compra e todas las obras, mas estoy seguro (en el millón de euros pensaba), puedo hacerlo. Regatead vos, e algo se os dará por llevar esta empresa a cabo”.

E luego que hube aclarado cuanto quería, le advertí era condición viese yo los trazados del arquitecto antes de tocar un solo ladrillo.

“A fe, capitán, que tal como os veo dibujáis, me espanta”.

PARTE SÉPTIMA

De la casa de al lado

24 noviembre, 2006

EPÍLOGO a la PARTE SEXTA (y 7)

por no hacer este epílogo más largo he de aclarar que Esteban fue llamado como asesor e se le ocultó la identidad del «loco» que quería subir a la Cruz de los Caídos; Andrés, la albóndiga sebosa, llevóse una caja de madera sin valor, hubo de asistir a una ceremonia religiosa en la basílica siendo ateo, e odiando al General Franco más que si siguiese vivo, e llevóse unos documentos llenos de disparates que quizá le pareciesen escritos en clave.

El resto de la «familia», ajeno a lo ocurrido, recibió grande alegría por mi ascenso y, estando en pláticas con Su Ilustrísima una tarde me dijo éste:

“Vos mejor que nadie sabe la labor que se os ha encomendado e que paréceme ha debido ser muy dificultosa e de gran altura, que conociéndoos ya como os conozco, no parece haya sido baladí por el que os han condecorado e ascendido e, como sé siempre lleváis una cruz encima, Cristo Nuestro Señor os debe haber sido de ayuda, aunque tuvieseis la cruz a vuestros pies”.

No quise entender aquellas palabras como una insinuación de haber conocimiento de lo acaescido, mas preguntéle:

“¿E qué cosa hubiese ocurrido si hubiese tenido la cruz a mis pies en vez de colgada al cuello?”.

“Algunas cruces, hijo – me respondió -, son de tal tamaño e factura, que al cuello no podríais llevarlas. Recordad que las hay labradas en suelos de piedra, formadas con valiosas losas de mármol e que incluso, una iglesia, tiene forma de cruz”.

“Así ha de ser – le dije -, mas no olvidad que llevo una colgada al cuello que nunca he abandonado”.

“Así ha de ser, capitán – continuó -, que no en todos lados las hay aunque con cruzar dos ramas tenéis el símbolo, mas también las conozco de enorme tamaño sobre los riscos e que pueden verse desde la lejanía, e colgadas de los muros. A veces, marcan el lugar donde sucedió algo o donde se encuentra cosa de importancia”.

Dábame la sensación de que Su Ilustrísima algo sabía de lo ocurrido e no quise seguir las pláticas por ese camino, así, le dije:

“Pediría yo algún bocado para esperar a la cena, Ilustrísima, no creo me digáis no os apetece”.

“Sí, hijo – contestó -, sí que me apetece e me hace falta, no vaya yo a resbalar otra vez en buscando setas, sin fuerzas como aquella mañana, e convirtamos este valle de lágrimas en un valle de los caídos”.

EPÍLOGO a la PARTE SEXTA (6)

nduvo Su Ilustrísisma dando paseos por los campos cercanos al pueblo mostrandole a los niños cómo distinguir las setas comestibles e que alguna podría ser mortal si se comiese. E trujeron un gran cesto e hubimos un exquisito almuerzo. E descansando luego una pieza, hice llamar a Marinín a la presencia de Su Ilustrísima, que en una rara lectura teológica se hallaba.

“Ilustrísima – le dije -, quisiera yo le hicieseis a Marinín una prueba si ello no es estorbo a vuestra lectura”.

“No es estorbo – dijo mirando al pequeño -, que si trátase de descubrir algo bueno del interior deste mozuelo, con placer se hará”.

“Mirad, hijo – habléle con cariño -, tío Juan os va a hacer una prueba de inteligencia que yo voy a pedirle, mas también a vos os pido que respondáis a sus preguntas sin hacer esfuerzo alguno, sino tal como lo haríais cualquier día e a cualquier hora. ¿Os gustaría probar aquesto?”.

“Sí, papá – me dijo de contento -, que ya sabéis me gustan estas pruebas que como juegos para la mente son”.

“Así pues, prestad atención a las normas – les dije -. Ilustrísima, tomad ese extraño e abultado libro por cualquiera página al azar, leedle las dos que queden a la vista. E vos, Marinín, oíd con atención lo que os lea tío Juan. Luego desto, él mesmo os preguntará alguna cosa sobre lo leído”.

“¡Dios bendito!, capitán – exclamó Su Ilustrísima -, que es este libro muy complejo para ser entendido por teólogos ¿Cómo queréis le lea al niño dos páginas e luego le pregunte?”.

“Por hacer tal cosa – apunté – nadie perderá nada, sino que saldremos de una duda, pues quiero saber hasta donde mi niño alcanza en esto de los conocimientos. Si no puede entender esas cosas tan complejas que decís, será normal”.

“¿Y si las entendiese? – preguntó don Juan dejando asomar algo de temor - ¿Qué señal sería?”.

“Tío Juan – dijo el pequeño -, hagamos aquesta prueba e no habed cuidado de lo que ocurra, pues acaso alguna parte entienda e otras no”.

E así, cerró Su Ilustrísima el grueso libro e lo puso en su regazo e, pasando luego el dedo por las páginas, abrió por un lugar al azar”.

“Veamos – le dijo al pequeño -, sentaos por estar más cómodo que he de empezar la lectura”.

E así, comenzó a leer filosofías tan extrañas que ninguno de los presentes sabíamos de qué cosa se hablaba. Duró la lectura casi dos minutos, pues no se hizo con rapidez e, terminado el último párrafo, marcó don Juan las páginas con una cinta e cerró el libro. Luego desto, comenzó a preguntar a Marinín y este ¡le respondía y razonaba! La cara de don Juan se trocó en alabastro, pues hasta él mesmo, hubo de abrir el libro por comprobar que lo explicado por Marinín era correcto”.

Acerquéme a mi niño e tomélo hacia mí: «Creo que mal no lo he hecho, papá»

“¡Ni lo dudéis, hijo!”.

EPÍLOGO a la PARTE SEXTA (5)

uedéme pensativo a la entrada del pasillo viendo cómo íbanse los niños al jardín, e al poco, noté una mano sobre mi hombro e vi a Chuti sonriendo que me decía:

“No sé, capitán, si a veces es bueno pensar o apartar los pensamientos de la mente. ¿Acaso hay algo que os preocupa e pudiere yo serle de ayuda?”.

“No sé qué deciros agora, Chuti – le dije -, que mi niño a veces me desconcierta, pues como hemos ya visto, tiene grandes capacidades como adulto e otras veces no sé si se comporta como un crío; como le conocí”.

E mirándome con una sonrisa sincera, apretó mi hombro, e me dijo:

“No sé cómo miraros yo, que en la calle me recogisteis cercano a la muerte siendo muy joven e me veo agora de vuestra edad al pasar de los años. No sé cuántas, pero sí imagino habréis salvado muchas vidas; unas de una forma e otras de otra. A ese niño le salvasteis la vida como a mí, cuando la muerte ya nos llamaba, mas yo no tenía mal alguno, sino abandono. Tal vez, capitán, al poner vuestro remedio, pusisteis en ese niño algo más que simple vida”.

“¿Qué cosa decís? – pregunté con intriga - ¿Acaso pensáis que quitándole el mal le di poderes o cosa parecida?”.

“En mi ignorancia – me dijo -, quede esto como un comentario sin importancia, que a vuestra sabiduría no alcanzo”.

Dile las gracias por su consuelo, resté una pieza con él, e subí a mi dormitorio por encontrarme a solas: «¡Dios mío! ¿Estoy haciendo algo que no debería hacer? ¿Qué le he hecho a Marinín sino salvarle la vida?».

Y entró al punto Marcos, que viéndome subir, pensó algo ocurría:

“¡Marino, Marino! ¿Qué cosa os sucede? ¿Puedo ayudaros?”.

“Necesitaría – le dije – consultar algunos libros que en Sevilla guardo. Tengo algunas dudas, mas pueden esperar a ser aclaradas”.

“Bajad entonces – insistió – que hay gente abajo que ha venido a pasar el día con vos. Sé que os será dificultoso si alguna duda tenéis, mas deberíais sonreír de contento, que todos ellos están aquí por veros gozar de lo conseguido. Sois fuerte como el acero y, éste, es como un espejo también, que refleja cuanto le rodea. Disfrutad agora e resolveremos entrambos esto que os preocupa. Aquí tenéis mi mano”.

E sonriéndole, le besé, tomé su mano e bajamos a la fiesta.

22 noviembre, 2006

EPÍLOGO a la PARTE SEXTA (4)

erminado el desayuno, todos restamos sentados a la mesa y en pláticas e risas, e di licencia a los niños para que se levantasen a jugar. Todos salieron al jardín, mas en la entrada del pasillo que hasta allí lleva, vi a Asio platicando con Marinín e riendo, e luego desto, acercando su cara a la de mi niño, le vi como si le besase en los labios largamente e, pidiendo licencia, levantéme yo también de la mesa e acérqueme a ellos:

“¿Puedo saber qué hacen vuesas mercedes? – les dije sonriendo -. Parecéis besaros”.

“No señor – dijo Asio al punto -, sino que siendo la piel de su hijo tan blanca, hase quedado una marca del chocolate en sus labios e se la estoy quitando”.

“Mal no me parece – le dije – que en vuestra piel obscura no se ven menos esas marcas, mas las tenéis también, e se quitan con la servilleta”.

“Quiero entonces pediros excusas – dijo el pequeño Asio -, pues a mi hermano a veces así se las quito, que están dulces e amargas”.

“No penséis me disgusta lo que hacéis – les dije -, mas id a la mesa e quitaros esas marcas con la servilleta ¿Os parece bien?”.

E fuése Asio a la mesa en obediencia a hacer cuanto le dije e volvióse Marinín hacia el jardín en paso rápido e le dije:

“¿Dónde vais con tales priesas?, que nada extraño creo haber dicho e no os estoy reprimiendo”.

“Pues parécemelo – contestó Marinín airado - ¿Tan mal os parece que Asio me limpie los bigotes?”.

E acercándome a mi pequeño, le sonreí e le dije:

“Hijo, no soy quién para deciros qué está bien o qué está mal, mas pensad que hay servilletas para limpiar la boca tras desayunarse e, si mejor queréis Asio os quite el xoclatl de los labios, creo habréis de hacerlo en otro lugar donde no se os vea, que los mayores piensan, tal vez, hacéis algo que no deberíais”.

E bajando su vista, abrazóme e besóme: «Sois bueno, papá. Sois muy bueno».

EPÍLOGO a la PARTE SEXTA (3)

ue la mañana siguiente de ceremonias e fiestas, que cuando bajamos de temprano Marcos e yo, ya había puesto Su Ilustrísima, con ayuda de Cayetano, un bonito altar ante la chimenea, quedando el retrato de San Francisco de Javier a sus espaldas e bien iluminado con cera.

Se fueron llegando los invitados, que eran muchos e bien los conocen ya vuesas mercedes, y estaban las sillas puestas en el salón como los bancos de la iglesia e adornadas con sábanas blancas e cintas de color rojo.

“Dios ha de bendecir – dijo Su Ilustrísima – esta empresa que tan bien habéis llevado e que os ha devuelto a nuestra tierra condecorado e con ascenso, aunque no sepamos qué empresa habrá sido, que nadie debe preguntar a nadie cómo le van los negocios, aunque bien se ve que vuestra labor habéis cumplido”.

“No voy a ocultar a Su Ilustrísima – aseguréle – cuanto entuerto se ha resuelto, mas dejadme medite un poco cómo hacerlo que es asaz complicado”.

E Marcos permanecía a mi lado sin decir palabra y en su rostro se adivinaba el poco sueño tenido. Así, comenzaron a venir todos los invitados con sus mejores galas e fue la entrada del pequeño Antonio la que más me emocionó, pues llevando de estreno sus nuevas ropas, corrió hacia mí, me hizo grande reverencia e luego rodeó mi cuerpo con sus brazos en un abrazo: «¡Qué de puta madre sois….¿capitán o…”.

“Quiero sigáis todos diciéndome capitán – le dije -, que de tantos años oyendo esa palabra, las otras no me parecen dirigidas a mí”.

“¡Esa lengua! – espetó Su Ilustrísima -. Decís ya esas palabras en cualquier sitio y es esta agora como una parte pequeña de la Casa de Dios”.

Quisieron algunos invitados confesar antes de la misa y, en lugar apartado, dio cumplimiento don Juan a estas necesidades del espíritu; e ya cada uno tomó asiento donde quiso e se celebró la Santa Misa con devoción e recogimiento.

Parecióme Su Ilustrísima debería tener dolores en la espaldas, pues en los momentos en que había de inclinarse e besar el altar, o lo hacía con rapidez o lo hacía agachándose. Mas comprobé luego, que el fuego de la chimenea se acercaba demasiado a su cuerpo.

Vi luego cómo se acercaba Su Ilustrísima (con sus mejores galas) a Bebo e Asio e, tomándoles la cara por la barbilla les preguntó si habían hecho ya la Primera Comunión o si querían hacerla, mas acercóse Esteban e le dijo ya la habían hecho en Madrid, mas parecióme hubo extraño en la cara de Su Ilustrísima, pues ninguno de los dos tomó la comunión.

Luego desto, se recogieron las sillas y el altar, en cuya labor siempre estaba Marinín junto a Su Ilustrísima, e se preparó la mesa para el gran desayuno: María había preparado Xoclatl, habíamos tostadas de pan del pueblo e mantecas de doña Dolores e muchos dulces traídos de Ronda por Ildefonso.

“Bebamos e comamos – dijo don Juan -, que ceremonia como la que celebramos hoy para el capitán, agora excelentísimo señor, ya le ha dado alimento al alma e debe dársela al cuerpo. A fe – dijo luego meditando – que no podré probar cuanto se sirve en esta mesa”.

Viendo Asio ante sí la taza de xoclatl, dijo:

“Mamita, chocolate como este no lo tomamos en casa”.

EPÍLOGO a la PARTE SEXTA (2)

os recogimos temprano en nuestras estancias, pues el cansancio nos vencía, mas antes de dormirnos, dijo Marcos:

“No lo entiendo, Marino, capitán, coronel o excelentísimo señor, que habéis preparado todo este circo extraño, e dándole agora vueltas a mi cabeza, no entiendo qué habéis conseguido con tanta trama, pues si la caja falsa produce el mesmo efeto que la original, habéis entregado las llaves de la unidad de España a la albóndiga, como así le decís a ese impresentable hombre”.

“Albóndiga sebosa – aclaré –, e aún hay secretos que vos no sabéis e que ya podéis saber”.

“¿Más secretos? – llevose las manos a la cabeza -. A fe que deseo acabe pronto todo este entuerto que no hace sino traer sorpresa tras sorpresa. Copiáis la caja por no dar la original e falsificáis los documentos en ella contenidos; se os dice que la copia produciría el mesmo efeto; dais la copia a Andrés y entregáis con ceremonia la original a un general que puede llevarla a las manos de Su Majestad, sin saber lo que hará éste con ella”.

“Hay algo más – le dije -, que todo está bien meditado”.

E levantándome de la cama, acerquéme al armario ropero, abrí de espacio sus puertas e busqué la prueba definitiva e, volviéndome luego hacia Marcos, mostréle en mis manos otra caja roja envuelta en un paño adamascado.

“¡Dios Santo! – dijo al verla -; si las habéis entregado, ¿cómo está una dellas aquí?”.

“Bien fácil es – le dije con más detalle -, pues al decirme el artista que la copia podría producir los mesmos efetos, preguntéle si habría forma alguna de que esto no ocurriese, mas estando ya la caja terminada, preguntéle si se podría hacer una copia que no fuese más que… un trozo de madera. Así, fizo una segunda copia. No podía yo arriesgarme a tirar la primera caja falsa desde tal altura, pues si caía al suelo e se hacía añicos, mal asunto nos venía. La copia buena, por llamarla con alguna deferencia, fue la entregada al general. Así, Andrés no tiene más que madera en su poder, el general tiene una caja que procurará mantener íntegra pero con documentos falsos en su interior por si llega a manos de Su Majestad, por lo que pudiese suceder y, esta, ¡esta es la verdadera caja! Nadie más ha de saber lo que os digo, que ha de volver la caja con nosotros a Sevilla e será escondida en lugar donde nadie la encuentre. E, ni vos ni Chuti ni yo, Marcos, sabemos de ninguna caja roja, que las dos han sido entregadas ¿No es así?”.

“Paréceme he perdido el sueño para toda esta noche”.

EPÍLOGO a la PARTE SEXTA (1)

ntre cenas e homenajes, hubimos de volver el martes a Sevilla e de allí a Grazalema e, por expresa orden mía, se avisó a don Julio por decirle que no irían a la escuela los niños hasta el lunes por motivos muy importantes.

“Nunca ha faltado a las clases Diego Jesús – dijo – desde que viene a esta escuela, e ya lleva tantas faltas como los suyos. Dad gracias de que son niños muy adelantados, mas sabed que las normas deste centro hay que cumplirlas”.

E así le dije yo mesmo que era por un motivo muy especial que podría cambiar todas nuestras vidas, e también saludólo Su Ilustrísima e confirmóle el motivo de las ausencias era bien importante.

Habiendo estado en Madrid toda la mañana del martes, se compró un regalo para cada uno de los que nos rodeaban e también para el servicio e ciertos adornos para la casa que no habíamos visto antes. Tanto compramos, que hube de comprar también una nueva valija para traerlos. Y en llegando a la casa hubo gran fiesta de grandes e pequeños, que no sabían cuál había sido la empresa ni sabrían todo sobre ella, sino que alegrábanse por nuestra vuelta. Así, dije al servicio se preparase la casa para una ceremonia e añadió a ésta Su Ilustrísima una Santa Misa en acción de gracias.

No quisieron esperar los niños desde nuestra llegada mucho tiempo, que una vez nos aseamos e cambiamos, nos sentamos en el salón por narrarles alguna cosa sobre lo sucedido e Marino, mirando mi capa, me dijo quedo:

“En el borde de vuestra capa, papá, veo tres grandes estrellas que antes no teníais e, tan grandes son que parécenme huevos fritos”.

E oyendo esto Marcos, echóse a reír, pues así le llaman en el ejército agora e, acercándose a mi niño, le dijo:

“Esos huevos fritos no son adorno para la capa, sino que han hecho a papá coronel, e ser coronel es cargo importante e así, también ha de ganar más dinero”.

“¿Más dinero? – preguntó el pequeño – Jo, ¿puedo decir esto a mis amigos?”.

“¡Claro hijo! – le dije -, mas pensad que la importancia de haber estas estrellas no es el dinero, sino el signo de distinción que no muchos tienen e así ha de ser cuando seáis mayor, que cuanto más e mejor trabajéis, también recebiréis otro tipo de estrellas”.

Fuese corriendo el niño hacia la puerta de la calle, abrióla, e le oí gritar: «¡Asio, Asio, Bebo!». E razoné por un instante e dime cuenta de que hacía tiempo que no los veíamos e levantéme e salí también a la calle.

Abrió don Esteban la puerta e fue gran alegría para entrambos el vernos e, cuando acérqueme a su portal, vio las estrellas (no las del cielo, sino las de mi capa), e dijo:

“¡Habéis cambiado de rango, según veo y en muy poco tiempo! Pasad, coronel, pasad, que de vuelta estamos”.

“Aqueso me tenía intrigado, pues creí vuestro descanso era de pocos días o algo había ocurrido”.

“No tal – contestóme entre risas – sino que fui llamado a Madrid con urgencia por haber un caso raro e con premura. Mas tengo agora otros diez días más para disfrutar desta tierra”.

“Ahí enfrente – le dije – tenéis la otra parte de vuestra casa. Visitadnos cuando os sea menester e no penséis es la hora de la cena ni cualquiera otra cosa”.

“Agradecido os quedo – respondió -, e me gustaría haber algunas pláticas con usía por saber el motivo deste ascenso”.

“Largo es de narrar – le dije – mas estaremos aquí toda la semana e ya se encontrará lugar para manifestaros lo ocurrido”.

“Yo, sin embargo – me dijo con gesto grave -, he tenido que parar el tiempo de holganza, pues no sé qué loco quería subirse a la cruz del Valle de los Caídos y he tenido que intervenir en ello”.

Así, sin hacer comentario alguno por lo oído, dije a los niños:

“¡Vamos, vamos!, que mañana habremos fiesta e habrá que cenar temprano e ir a dormir. Mañana veréis a vuestros amigos con tiempo, pues a la fiesta de casa queda esta familia invitada desde agora”.

En Grazalema e a veinte y dos de noviembre del año de dos mil e seis.

21 noviembre, 2006

Del día en que se entregó la caja roja – Parte 10

errada la puerta al partir tan desagradable personaje, vínose hacia mí el general casi en llantos:

“¿Qué habéis hecho? Pensaba otro plan teníais para no dársela. ¡Me decepcionáis!”.

E abriendo lentamente el bolso de mi capa delante del general, saqué la caja auténtica envuelta en el paño adamascado:

“¡Esta!, usía – le dije -: esta es la caja roja que representa a España. Lo que le he entregado es una copia”.

“¡Santo Dios! – dijo al verla -, que aunque parejas se ven, tiene esta algo de magia que puede percibirse”.

E acercóse el abad mitrado e, tomándola en sus manos dijo: “Esta caja tiene eso de lo que aquella adolece”.

Así, viniendo entonces hacia mí el coronel, me dijo:

“Cuando se hace una promesa ha de cumplirse si se es hombre e no pelele como hemos visto. Vos la habéis cumplido con creces e yo os hice otra promesa”.

E llamó con un gesto a uno de la guardia que trujo otro estuche. Acercóse el general hacia mí e, abriendo la tapa de aquella caja de piel, sacó una medalla de extraña forma:

“Sois desde ahora nombrado coronel e con honores y se os impone esta cruz que habréis de llevar siempre en grandes solemnidades”.

“Habiendo pasado tantos años como capitán – le dije -, casi preferiría se me siguiera llamando por ese grado”.

“¡Tómese nota agora! – gritó -, que es deseo del Coronel Alacaída que se le siga llamando capitán”.

E volvimos luego a Madrid e hubimos una cena luenga e todos me decían usía. Con esto, dije ser el marqués de Fuentefría además de coronel, e así dijo el general:

“¿A qué bajar la nobleza de hombre tan noble, que siendo capitán es marqués e agora coronel? Sea su tratamiento el superior dellos: excelentísimo señor. Aquí tenemos, pues, al Excelentísimo señor Coronel Alacaída e marqués de Fuentefría, conoscido por propia voluntad como Capitán Alacaída”.

E hubo gran silencio e todos restaron en pie mirándome e no se movían sino las manos temblorosas de Marcos, que cosa tal no habría visto en su vida.

En Grazalema e a veinte y uno de noviembre del año de dos mil e seis.

Del día en que se entregó la caja roja – Parte 9

ecogiéronse la bandera, el catalejo e pocas cosas más que portábamos y bajamos las escaleras en una tenebrosa penumbra crepuscular entrando luego en el «ascensor» e, en una bajada interminable, salimos a unos pasillos subterráneos e nos condujo la guardia hasta una de las salas también cavada en la roca.

“Capitán – saludáronme el coronel y el general -, bienvenido seáis. Esta locura vuestra ha terminado o, según se mire, comenzado, que aún habréis de entregar esa caja a quien nunca debería tenerla en sus manos”.

“Hase visto – le dije -, e también lo ha visto Andrés, que multitud de cuerpos e corazones unidos alzaban sus manos por defender la unidad que nunca, nunca, e así os lo aseguro, ha de romperse”.

“Viene la guardia – dijo el coronel – trayéndole aquí. No le entregaría yo tal presea ni habiendo hecho juramento, mas vos sabéis qué cosa debéis facer”.

E meditando un poco lo que iba a decir, me dirigí al general:

“Esos que están ahí afuera son franquistas, nostálgicos tal vez de un personaje, mas ahí no acaban sus propósitos, sino que buscan una España unida por siempre. Ya esto se ha demostrado. Mas quiero dejar bien claro, si me lo permitís, que aunque conocí al general dictador e nunca comulgué con sus ideas, lo que prometió cumplió, pues la unidad no se deshizo. Agora, como un mensaje desde su tumba, de profundis, arrojado desde lo más alto, sabemos que los españoles no quieren ser partidos en pedazos”.

“Capitán, por Dios os lo pido – dijo el general -, no entreguéis a ese hombre la caja”.

“Confiad en mí, general – le dije –, que aún no ha terminado esta escena”.

Sonaron unos tenebrosos golpes en la puerta e fue abierta; allí estaba la guardia con Andrés. Quedóse éste como estatua de jardín romano e pasó la guardia a dar sus saludos e, una vez dado cumplimiento a tanto protocolo, díjole el coronel a Andrés pasase e, dando pasos muy cortos y con gran desconfianza, entróse en la sala.

El Abad mitrado benedictino mantenía solemnemente en sus manos la supuesta caja simbólica, valiosa e de muy antigüo. E así, le dije a la albóndiga sebosa:

“Nunca más desconfiéis de lo que os diga el Capitán Alacaída, que mi palabra la trazo con mi espada sobre el suelo, la pared o la carne de un hombre; bien lo sabéis. Aquí, en las manos del abad, tenéis lo prometido (oyéronse rumores) e os será entregado. Una vez tengáis la caja en vuestras manos, os llevará la guardia a la salida, tomaréis vuestro coche e desapareceréis del mapa e, si algún día se pretende hacerla añicos o quemarla, os aconsejaría yo os fueseis antes a París o a Roma, que lo que a la caja hagáis, a España ha de ocurrirle; e vos, aunque no lo queráis, ¡sois español!”.

E acercóse el abad a Andrés sin extender sus manos en gesto de entrega e tomó Andrés la caja e la guardó bajo su mugrienta chaqueta. Así, lo tomó la guardia e lo sacó de aquel lugar.

Del día en que se entregó la caja roja – Parte 8

brió el otro guardia el estuche de piel e sacó dél un a modo de catalejo de gran tamaño e lo puso sobre un pié e, después de moverlo a un lado e a otro, me dijo veía a Andrés. Así, miré por las lentes e, le vi tan de cerca, que retiréme al punto. El otro guardia abrió la funda de lona luenga e salió della una enorme bandera de España que dejó escondida hacia el otro lado de la cruz.

Al cabo, comenzó la ceremonia e veía uno de los guardias todo cuanto hacía Andrés. E duró la ceremonia más de lo que yo hubiese deseado hasta que llegaron hasta nuestros oídos unas voces cantando en la lejanía. El rito había terminado.

En tal momento, me advirtió el guardia de la bandera era la hora de entregar la caja e alzó la bandera ayudado por su compañero e Marcos, e di aviso por teléfono a la albóndiga sebosa:

“¡Andrés! A la vista me tenéis e con la caja en la mano presta para la entrega”.

E miró Andrés a su en derredor tan asustado, que el guardia que de cerca le veía echóse en risas.

“¿Dónde, capitán? – preguntó asustado -, a fe que no puedo veros entre tanto franquista e tanta bandera”.

“Mirad a lo alto (me decía el guardia hacia dónde miraba); más alto, capullo, que esto tiene su tope”.

E alzando la cabeza muy de espacio miró a lo alto de la cruz e vio la bandera e pareció ver algo se movía ante ella ondeante, e alzando mi mano diestra mostréle la caja roja.

“¡Estáis loco, capitán! – gritó casi con pánico - ¿Cómo vais a dármela desde allí arriba?”.

“¡Fácil es! – respondile a gritos porque bien me oyese -; decid a todos los que os rodean que desde lo alto de la cruz ha de caer un objeto que no debe romperse, pues su significado no es otro que la unidad de España”.

E como loco llevado por los diablos púsose a señalar a lo alto de la cruz e a decir lo que yo le había comunicado, e esto mesmo hacían los guardias que le acompañaban. Con esto, mientras el guardia me decía la gente miraba e señalaba a lo alto, fui levantando los brazos parejos con la caja roja e comencé a gritar:

De profundis clamo ad te, Domine,
Audi vocem meam!

Volví algo el rostro por dar seguridad a Marcos.

Fiant aures tuae intendae
Ad vocem obsecrationis meae.
Si delictorum memoriam serva veris…

Y empujando con todas mis fuerzas la caja hacia la muchedumbre vila caer con lentitud, e luego, volviendo mis ojos, vi la enorme bandera se alzaba desplegada al viento.

Domine, Domine, quis sustinebit.

“¡Santo Dios! – gritó aterrorizado Marcos -, si la caja se hace trizas…”.

La muchedumbre de abajo aplaudía e agitaba sus brazos e pareciónos ver cómo la caja, en su caída, iba dejando tras de sí una estela blanquecina.

Los cuerpos que llenaban la explanada cerca de Andrés, se unieron unos a otros alzando todos sus manos e, según decía el guardia del catalejo, Andrés parecía suspenso al observar lo que ocurría. Al llegar la caja a las manos, fue recogida por muchos e, estas mesmas manos la fueron pasando hasta la entrada a la basílica. Allí la recogió un guardia e la llevó con cuidado hacia el interior, e Andrés intentaba abrirse paso hasta que los guardias que lo acompañaban lo tomaron por los brazos llevándoselo de aquel lugar.

El abad mitrado esperaba su llegada e la recibió en sus manos, pasando luego a la parte oculta donde encuéntrase la sacristía e algunas salas.

“¡Andrés! – le dije dándole aviso al teléfono - ¿Habéis visto la caja?”.

“¡Idiota, capitán! Podríais haber acercaros y dármela ¿Es esto una entrega?”.

“No puedo acercarme a vos agora – le dije -, ya lo sabéis, mas he de veros”.

“¿Hombre de palabra? – gritó - ¡Me habéis engañado!”.

“No tal – respondile -, que en poco se os dará en la mano”.

Y volví a colgarle.

Del día en que se entregó la caja roja – Parte 7

asados los juanelos, paró la guardia al seboso Andrés, pidió su placa e le llevaron al lugar donde debería estar inmóvil durante toda la ceremonia, casi en el centro de la gran explanada que se extiende delante de la entrada a la basílica. Cientos de banderas españolas ondeaban al aire frío de aquella tarde e allí hubo de esperar este hombre hasta media hora.

Mientras aquello sucedía, la comitiva de coches oficiales se dirigió a la parte trasera de los riscos donde se levanta la majestuosa cruz que sube hasta los 1.750 metros de altura. Pasamos luego por unos pasillos debajo de las piedras e llegamos a unas extrañas estancias e, luego de hablar con algunos otros guardias, recorrimos largos pasillos obscuros hasta llegar a una sala pequeña e inquietante. Allí, despidiéronse de nosotros varios acompañantes e abrióse la puerta de uno de estos que llaman «ascensores» e que sólo podía llevar a cuatro personas. Con mucha dificultad, introdújose allí el bulto que me parecía tenía hasta cinco metros e otro bulto en estuche de piel. Así, comenzó una subida que se me hizo eterna hasta llegar a otra pequeña estancia e salinos a ella. Unos de los dos guardias que nos acompañaban nos indicó que los pasillos que veíanse a cada lado no eran sino los brazos de la cruz, que de lado a lado tienen hasta cuarenta e siete metros suspensos en el aire. Así, seguimos el ascenso, ya más corto, hasta una estancia pequeña e que parecía poco visitada, e desta partía una escalera estrecha de metal hasta una portezuela en el techo. Al abrir el guardia la portezuela, entró un viento gélido que nos hizo estremecer e subió luego a la parte de afuera. Cuando pude subir aquellas inseguras escaleras, salía a un lugar indescriptible. Era una terraza, no muy grande, a cuyo en derredor veíanse paisajes muy lejanos y el viento era fuerte e muy frío. Sentía cómo el suelo movíase de lado a lado, aunque no mucho. Acercándome luego al pretil donde se hallaba uno de los hombres de la guardia, sentí mis piernas no podían seguir en pie mas hube de hacer un gran esfuerzo. Estábamos en la cimera de la enorme cruz de ciento e cincuenta metros desde los riscos e veíase la gran explanada de la entrada a la basílica, llena de gentes e de banderas, a trescientos metros más abajo. Agarrado a las piedras, pude mantenerme en pie.

20 noviembre, 2006

Del día en que se entregó la caja roja – Parte 6

os entramos por la carretera que lleva al Valle de los Caídos e dióme el general señal para el próximo aviso e, viendo esto, dijo Marcos:

“Esto imaginaba, que tanto secreto no podía llevarnos sino a algún lugar muy secreto, mas venir a este sitio un veinte de noviembre…”.

“¡Saludos, Andrés! El ejército os llama, que si ya habéis llegado a la Puerta de Hierro, habréis de tomar agora la carretera que os lleva a El Escorial”.

“Paréceme, capitán – respondió -, adivino vuestras intenciones. Espero que sea en el sitio que sea, recoja hoy la caja o nos veremos frente a frente”.

“Frente a frente nos veremos hoy mesmo, Andrés – le dije -, que por tal cosa no habéis de preocuparos, que si os he dicho tendréis la caja, así será”.

E con mucho enfado e alzando la voz me dijo:

“¡Imbécil! ¿A lugar tan denigrante me haréis asistir en día como hoy?”.

“Si queréis la caja… - apunté -, vuesa merced tome la decisión. Y habréis de llegar a partir de las cuatro y media, que antes no creo os dejen pasar ni mostrando vuestra falsa placa de oropel de defensor del pueblo. La ceremonia comienza a las cinco en punto; ¡no faltéis! Y estad atento”.

E colguéle, mas parecióme oír el principio de algunas palabras malsonantes.

“¿Asistirá a la cita? – preguntó el general –. Es éste individuo rebelde e de condición traidora, que sería capaz de perder la caja por no pisar el sitio a donde nos dirigimos”.

“No es sitio de mi santa devoción – dijo Marcos e recibió un codazo en el vientre -, mas no creo a nadie pase nada por visitarlo. Bien, muy bien, me parece tenga que venir este criminal aquí si quiere tal caja”.

E pasamos los cuatro enormes pilares que dan entrada al lugar e que son llamados los «juanelos», que preparó para el Emperador Carlos V, Juanelo Turriano y en Toledo se hallaban. Pesando cada uno más de 54 toneladas, tienen hasta metro e medio de diámetro e once de altura. Entramos pues en lugar muy sagrado para unos e infame para otros.

“Andrés, cuando paséis los juanelos, mostrad vuestra sucia placa e seréis acompañado por un par de guardias”.

“¡Capitán, capitán, no colguéis! ¿Es que acaso no sabéis qué día es hoy e lo que se celebra a las cinco desta mesma tarde?”.

“Lo sé, lo sé; e no he de ser yo quien lo celebre, sino vos; desde el principio hasta el final e mirad que tendréis escolta que cuidará de vos e verá también si lleváis el acto con… devoción. Si no es así, no hay caja”.

“¡Capitán! ¿Qué me hacéis?”.

En el «ave» y en Grazalema a veinte de noviembre del año de dos mil e seis.

Continuaré.

Del día en que se entregó la caja roja – Parte 5

n uno de aquellos coches grandes, negros e con banderolas de España al frente, comenzamos a movernos por Madrid hacia la llamada Puerta de Hierro, e ya Marcos iríase haciendo una idea de lo trazado. Salimos por la carretera que lleva a La Coruña (que es llamada la V-6) e al poco de salir de la parte de la ciudad con las casas más altas, veíase, a lo lejos, de forma majestuosa, la enorme cruz del Valle de los Caídos.

“Algo me parecía a mí sabía del lugar de entrega – dijo Marcos -, e pienso mi intuición se acentúa”.

“Cuando estemos prestos a la llegada – le dije -, será cuando llame a la albóndiga sebosa por decirle hacia dónde debe tomar, que en esto siempre habremos de llevarle ventaja”.

“¿No hay otro sitio… más discreto en toda España – preguntó Marcos – para una cita tan sencilla?”.

“¿Sencilla decís? – le miré riendo –. Esperad una buena pieza e veréis no es tan sencilla. ¿Recodáis lo dicho de la araña que colgaba del techo? Allí se pone por estar a buen recaudo, mas no temáis que no se hace así sólo por seguridad, sino como símbolo, como lo es la caja”.

E me hizo el general unas señas por dar el siguiente aviso:

¡”Andrés! Aquí tenéis el segundo aviso. Al momento especial nos acercamos”.

“Decidme, capitán – respondió -, que por mi familia os juro que me tenéis las carnes abiertas”.

“¿Si? No tened cuidado, que nos acercamos a la entrega. Tomad agora el coche e dirigiros hacia la Puerta de Hierro e tomáis la carretera de La Coruña que dentro de otro poco os diré donde estamos”.

E colgando el teléfono, le dije a Marcos que la albóndiga sebosa pensaba yo le tenía con las carnes abiertas y echóse a reír:

“Colgado de un garabato bien fuerte e abierto en canal, como están los cerdos ya por San Martín”.

“Ese hombre del que reís – dijo -, Andrés Plaza, a veces parece hombre cordial, mas os advertiría yo no os acercarais mucho a él, que es hombre harto peligroso. Tiene su licencia de guardia ¿Cómo la consiguió? Puede un hombre capaz de hacerse pasar por persona de bien llegar a las más altas instancias e, una vez allí, sacar su verdadero yo criminal. Ese es Andrés. Me gustó verle la última vez con una a modo de bandera de España en el entrecejo”.

Echóse el general a reír e reímos nosotros también e, volviéndome luego hacia él, le dije:

“En el primer e único encuentro que hubimos en Sevilla, puse yo esa bandera en tal sitio con mi blanca, general, que así ha quedado marcado como cerdo ibérico para toda su vida”.