reparados e aseados mis tres niños con sus nuevas ropas, se avisó al nuevo conductor que habría de llevarlos a la escuela, e siendo hoy día de organizar, decidió este hombre esperar mañana en aquel nuevo pueblo (que por nombre tiene Montequinto) hasta llegada la hora de recogerlos con su permiso e traerlos a casa.Serían las diez de la mañana cuando recebí el aviso de la madre de Fran, que muy desesperada, insistía en que su hijo estaba igual que ayer. Con esto, le pedí a Marcos (que a otras tareas habría de dedicarse) me llevase con urgencia a su casa.
Su madre parecía desesperada, mas me pareció el padre más calmado. Así, ella comenzó a hablar sin parar:
“No sé si sois curandero, médico o qué otra cosa. Sólo he visto el pañuelo liado al cuello de Fran e que no ha habido mejoría. Agradecidos os estamos por el intento e por vuestro tiempo, pero cuando una cosa de la naturaleza se tuerce, no se endereza”.
E oíla con atención, consoléla luego e pedí se le diese algo para calmarla. Don Francisco no decía nada, sino que escuchaba lo hablado con atención, e así le dije me acompañase a ver al pequeño. Subimos pues al dormitorio y, en entrando, miróme el niño con cierta alegría e me dijo con su débil voz:
“El capitán ha venido. Ha cumplido lo que me dijo”.
E no entendía la madre lo que decía el niño, que viéndole igual de maltrecho que el día anterior, me daba las gracias. Con esto, empezó aquella mujer desesperada a decir cosas. Palabras a veces sin sentido, reniegos.
E tendiendo Fran la mano a su madre le dijo con cariño:
“Prometióme el capitán hacer lo que en sus manos estuviese por curar este mal, mas me dijo que si nos veíamos hoy sin haber yo ya partido, era buena señal. Creedle”.
En Sevilla y a catorce de septiembre del año de dos mil e seis.


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