a en tierra y dentro de la casa cuartel de la guardia, acercóse uno dellos e quitó de mis manos el arma que había tomado. El inspector leonés entró al despacho del madrileño e hablaron una pieza; mientras pasaba ese tiempo, tenía yo a dos guardias cuidando de mí.Terminadas las pláticas entre inspectores, vino el leonés e así me dijo con gesto grave:
“Mucho me temo, capitán, que la disciplina en el ejército es muy estricta. El inspector está muy a disgusto por lo ocurrido, pues en ese aparato iban otras dos personas y esto tiene mal remedio, ya lo sabéis. Os habéis apropiado de un arma e habéis destruido otra matando a tres personas. Sabed que esto tiene una pena”.
“Cumplirla no me importa – le dije con gesto amenazante -, pero habéis de saber que al salir de presidio, buscaría a cualquiera otro Andrés e volvería a mandarlo a la tumba”.
“No os equivocáis – me dijo volviéndose de espaldas -, que era ese tal Andrés el que viajaba en ese «helicóptero». Por un lado, según pienso, habéis librado a la humanidad de un terrible apocalipsis; por otro, debéis cumplir las órdenes que se os den y tal como se os den”.
“Sea así – respondíle gravemente -, que prefiero a ese pájaro en la tumba que a ciento volando”.
E tomando un sobre de color gris, me lo entregó e dijo:
“Una hora, al menos, habréis de estar donde ahí se dice. No falléis, que las órdenes, órdenes son”.
“Así lo haré, inspector – repliqué un tanto resignado -, que sabía me asomaba a la boca de un pozo profundo e peligroso”.
Salí de allí solo e pedí un ¡taxi!, mas al subir a él, me preguntó el cochero a dónde debería llevarme y, abriendo el sobre, encontré un papel que parecía billete de «AVE» mezclado con billetes de euros. Asombrado e mirando la hora de salida del otro volador, le dije: “A Atocha AVE, por favor”.
En el AVE a diez y nueve de septiembre del año de dos mil e seis.


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