omé el teléfono estando sentado en el jardín e viendo a los niños en el baño. Habían ido los mayores con Su Ilustrísima a ver la pequeña iglesia de San Juan, que nunca se abre, e tomaba yo una copa pequeña de buen vino.“¡Capitán! – dijo don Fernando –, tiempo hace que no me llamáis e poco sé de vos”.
“Entretenidos estamos – le dije - todos en Grazalema aún, que falta una semana para llevar a los niños a la escuela”.
“Me parece agora comenzáis a llevar una vida más parecida a la que llevamos todos”.
“Así parece, que olvidado ya el secreto e habiendo tenido un accidente (sin importancia) hasta las heridas tardan en sanar, como si mi encarnadura hubiérase trocado en una normal”.
“¿Qué decís? – dijo con extraño - ¿Habéis tenido accidente? ¿Y qué es eso de que habéis olvidado el tal secreto e tenéis heridas en el cuerpo?”.
E leyendo un papel que pedí a Marcos me escribiese con los curiosos nombres de las medicinas, le dije:
“Ya veis, que a base de Nolotil, Tranxilium e Noctalmid ando todos estos días”.
“Me asombráis – contestó parco –“.
“A lo que veo, sobrino – le dije con astucia –, parece haberse acabado ya la tan larga historia que he vivido. El motivo lo desconozco, mas he vuelto a tener eso que llamáis amnesia e parece se ha puesto en marcha otra vez el reloj de mi vida, que hace tanto se paró”.
Y al decir estas palabras me pareció se quedó mudo.
“¿Estáis ahí, sobrino – pregunté –, o hablo con los aires?”.
“Aquí estoy, capitán – respondió en otro tono –, que de mi asombro no salgo ¿Queréis decir con vuestras palabras que volvéis a ser hombre normal?”.
“Eso os digo – repuse con intención – e no sabéis cuánto me alegro, que ya la vida se me facía demasiado luenga”.
“Una sorpresa me dais – dijo –. No sé si grata o no; si es grata para vos, dello me alegro”.
E algunas otras cosas hablamos; sobre todo, del estado del pequeño e incluso del estado de su muñeco. E acabando de hablar las últimas frases, aparecieron por la puerta los que habían ido de paseos:
“Ay, capitán – exclamó don Juan –, que cada vez que recorro las cuestas deste pueblo las hallo más pronunciadas, que hasta cuando las bajo me parece las estoy subiendo. Es de seguro que con un vino destos e alguna oliva se pasará el ahogo”.
E saliendo Marinín de las aguas, vino hasta Su Ilustrísima e, de un salto, sentóse en su regazo e abrazóse a él con cariño diciéndole:
“El agua fresca os hará bien, tío Juan, que se os nota el sofoco”.
“El fresco – repuso don Juan – me produce gran alivio, mas me temo que mancharéis mi sotana, que esas aguas no son puras e tienen unos líquidos e otras cosas, que no sé si manchan. ¡Dios Santo! Se os ha puesto la piel morena como a serrano y el cabello rubio”.
“También vos – repuso el pequeño – podríais tomar el sol”.
“Calla, calla, criatura, que no me parece de razón piensen en Ronda que el cura que dice la misa se ha puesto como lagarto al sol”.
Así lo presentía, así sucedió, que pasada una hora de aquella llamada a mi sobrino y estando yo tomando un baño, sonó la música de mi móvil e, saliendo con priesa del agua fui a atenderlo, mas al abrirlo, avisóme de que el llamado se había cortado.
E tomándolo Marcos e mirándolo, dijo:
“El señor inspector leonés os ha llamado”.
En Grazalema y a cinco de septiembre del año de dos mil e seis.


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