16 septiembre, 2006

Del semáforo como disciplina

lamó por la mañana don Juan, que en cierto modo, echaba de menos a los niños y a los no tan niños:

“Sobrino – me dijo –, que parece la casa hase quedado deshabitada desde que os habéis ido. Decidme cómo están esos chiquitines”.

“Muy bien, Ilustrísima – le dije –, que ya fueron ayer a la escuela a su primer encuentro y revolucionados andan por volver, que a más pequeños han conoscido”.

“Así debe ser – contestó – que ya veréis todos se llevan bien. Llamaba yo sin embargo por otra cuestión, pues pensaba el viernes vendría la familia a Ronda o Grazalema; e desto no tengo noticia”.

“Así os puedo decir que Marcos e yo habemos planes para partir a Grazalema esta mesma mañana. A Ronda nos desplazaremos para que veáis a los niños e les deis algunos consejos”.

“No es menester entonces – me respondió –, que iría yo a Grazalema, pues algunos cambios de aires necesito agora”.

“Partid para la casa – le dije -. Ya sabe Cayetano cómo tiene que atenderos, que no sois sino una parte más desta familia”.

“Mas la disciplina es la disciplina – respondió -. Recuerdo me llevasteis siendo yo muy pequeño a la esquina de la avenida de Sevilla con Correos y la Catedral e me enseñasteis un nuevo artilugio que se había puesto, pues habiendo ya bastantes coches, había que regular el paso. Así, me mostrasteis el primer «semáforo» que se puso en Sevilla. Hoy en día, todo ha de tener su propio «semáforo», que en no siendo así, cada uno iría por donde le apeteciera”.

“Pudierais quitarles a estos niños esos «semáforos», que ellos mesmos se ponen su disciplina”.

Con esto, pensé en hablar con Marcos para partir al pueblo antes; e mucha ilusión le hizo. E así se hicieron los preparativos en muy poco tiempo e los niños saltaban de contento en el patio. Mientras tanto, don Juan partía para el pueblo.

En Sevilla y a diez e seis de septiembre del año de dos mil e seis.

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