19 septiembre, 2006

Del segundo movimiento de la partida

ieron así qué grupo de aparatos recorría cada sitio e de dónde a donde iban, e a los pocos viajes que se realizaron, se sabía en qué «helicóptero» viajaba nuestro buscado e ficticio Andrés. Desta forma, e con el fusil apuntando al suelo siempre, pregunté si sería posible tomar uno destos voladores por nuestra cuenta e seguir los pasos «del caballo» (que de salto en salto iba).

Dentro de menos de diez minutos, pasamos a una llanura muy grande donde había uno destos aparatos en el suelo, haciendo un ruido infernal e despidiendo un aire caliente que nos empujaba hacia atrás. Llegamos a él con dificultad e subimos a unos asientos como los de los coches modernos. En pocos segundos, comenzó a moverse como nave en mar enfurecida e fue elevándose del suelo. Mal asunto para mis sentidos, que despegándose de la tierra me hacen mal juego. Así, con esta sensación de vértigo como nunca antes había tenido, aguanté el corto vuelo que nos separaba del aparato donde se suponía iba el tal Andrés. E, por hacer tiempo, dije a gritos al inspector:

“Son curiosos estos aparatos, que teniendo el lugar donde va la gente sentada, llevan atrás una cola larga. Más me parecen libélulas que otra cosa”.

“Así es – contestó a voces – que la cola es la que lo mantiene en el aire, pues lo mantiene flotando sin que se ponga a dar vueltas y caiga”.

“Curioso es – le dije –. Sí, señor”.
E poco después, oí aviso de tener a la vista al sospechoso e, mirando a un lado e a otro (e nunca abajo), vi frente a mí a uno destos aparatos e oí en ese instante decir: “¡Parece el sospechoso, mas no se localiza su teléfono!”.

E tomando el fusil de asalto tan peligroso con disimulo, lo apunté a la cola del aparato. ¡Dios Santo!, que los fusiles e trabucos de antes te dejaban caer hacia atrás e iba el disparo a otro sitio. Una gran explosión de fuego e humo negro rodeó a aquél artilugio y el inspector me miró como el que quiere matar a alguien.

Seguimos el vuelo e volvimos a la gran pista donde paramos (vomité como era de esperar), mas pasados treinta minutos, me dijo el inspector:

“Es curioso. Ya no localizamos el teléfono que buscábamos. Habráselo tragado la tierra”.

En Madrid y a diez y nueve de septiembre del año de dos mil e seis.

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