uiso Marcos le hiciera un retrato con los niños en el patio, pues me negué a salir en él (que esto también es posible). Mostróme entonces cómo debería hacer para que todos nos viéramos dentro del marco e, viendo yo que no cabían todos muy bien, di un paso atrás alejándome e supe cabían mejor. Por hacer que aún mejor cupiesen di otro paso atrás, mas sin advertir que pisaba el arriate de rebosadero de la fuente e fui a caer con uniforme y espada dentro de la pila. Vi a Marcos se asustaba por lo ocurrido, mas rieron los niños por verme dar un baño tan inesperado; e así me vi e así les vi, dije en levantándome:“¡Vive Dios, que hace calor hoy en Sevilla!”.
Mas viendo luego la intención de los pequeños de meterse en las aguas mientras Marcos me ayudaba a ponerme en pie, les dije:
“¡Cuídense vuesas mercedes de acercarse a las aguas con esas ropas!, e mucho menos con esos uniformes, que no es de razón tener que comprar otros cuantos”.
“Papá – preguntó Marinín -. Si se os malogran la capa y el sombrero ¿quién os lo arreglará?”.
“No tened cuidado por eso – respondíle – que muchos siglos han aguantado e muchas veces han tenido que hacerme alguno nuevo, mas no tienen estas prendas el valor desas, que paréceme me han cobrado más por el escudito que lleváis en el pecho que por las telas e los calzados. Alejaos agora al lugar donde estabais e haremos el retrato”.
Mas veía yo que con las manos mojadas y el sombrero goteando no iba a verse muy bien el resultado; con esto, dejé mi capa, el sombrero e la espada en una silla e pulsé el botón me dijo Marcos.
“Secaré bien la blanca que no la quiero con orines – concluí gravemente retirándome al dormitorio -”.
En Sevilla y a veinte y siete de septiembre del año de dos mil e seis.


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