yendo Marcos llegaba a la estación de Santa Justa a hora tardía, dejó el cuidado de los niños a Chuti, al servicio e a la guardia apostada en la puerta y en las azoteas, tomó el coche e salió muy a priesa a buscarme. Esperábame en lo alto de aquellas escaleras que solas andan e no tienen escalones e, llegando arriba, dióme tal abrazo e tan largo, que la gente que nos rodeaba quedó suspensa pensando pasaba algo. Así, le dije en alta voz:“¡Ay, hermano!, que no por siempre vive uno e debemos aceptar que la muerte es parte de nuestras vidas, pues no es un castigo, sino el final natural que debemos aceptar. Llevadme agora a casa e ya os referiré más detalles”.
Ya en el coche, me dijo temió por mi vida en cada momento, pero que solucionado el problema, nuestra vida empezaría a ser normal. Fue entonces cuando hube de ocultar que aún en la calle había dos hombres buscando, ya por su cuenta, el secreto. Sin saber corríamos este peligro, volvimos a la casa.
Di allí órdenes de que todo siguiese igual e usando la mesma seguridad. Tomóme aparte un guardia e me dijo ya sabía por llamada del inspector (y del inspector madrileño) lo ocurrido e lo que habría que vigilar agora. Con esto, decidí decir que yo iría diariamente al Hospital de la Caridad a continuar con mis asuntos, pero quería en realidad hacerme ver caminando por Sevilla todos los días, por las mesmas calles e a las mesmas horas; era el reclamo.
Hubimos una cena muy feliz e los niños no dejaban de contar las cosas que habían hecho e se les notaba cansados. Así pues, tras una pieza de reposo en el gabinete, dije a los pequeños deberían ir ya a dormir e que el director de la escuela me había comunicado fuéranse preparando en la casa hasta el lunes.
En Sevilla e a diez y nueve de septiembre del año de dos mil e seis.


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