n el que llamaba el inspector el Cuartel General, hicimos unas consultas por saber si el «pájaro» estaba volando. En cierto momento, apareció la señal que le localizaba en Barajas, e volviéndose con prontitud el inspector, dijo:“El pájaro empieza a moverse. Id haciendo un trazado por muy complicado que os parezca”.
E mientras esto decía, observé sobre una pared un mueble lleno de armas modernas. Corrí hasta allí e vi algunas estaban atadas con cadenas e otras sueltas, e destas, tomé una e apunté el cañón al techo.
“¡Capitán! – gritó el inspector - ¡Por Dios Bendito e todos los santos! ¡Soltad eso!”.
E con toda tranquilidad le dije:
“Acaso pensáis nunca he tenido arma de cañón en mis manos; erráis. Esta, esta mesma, en estando bien cargada me será de utilidad”.
“¡Y tanto! – respondió el inspector -, que habéis tomado un «fusil de asalto» bien potente e cargado está. Apuntad siempre arriba, por el amor de Dios, que cargado está a tope e con munición potente y es capaz de atravesar hasta diez hombres en fila o hacer desaparecer un coche”.
“E lo mesmo que desparece el coche – le dije – desaparece cualquiera aparato que vuele, si no yerro”.
Se acercó a mí el inspector e me dijo con prudencia:
“Capitán, sé deseáis resolver este problema cuanto antes, mas sed cuidadoso por que no mueran personas inocentes. – hizo una pausa e continuó -. Si pudiera, os obligaría a dejar esa arma en su sitio, pero para mí sois capitán; e yo soy teniente”.
“Bien pudiera yo dejar esta arma donde digáis – le respondí – y entregar mi otra «arma» al enemigo. Ambas cosas dan la solución”.
E restamos varios segundos mirándonos hasta que se oyó gritar: “¡Objetivo en Castellana!”.
E pensando un poco la estrategia, dijo el inspector con su acento leonés:
“Investigaría yo una «cosina», que siendo estos aparatos contratados, sabríamos cuál está haciendo qué recorridos”.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario