os entramos en el salón e me dirigí a los niños e a Su Ilustrísima en diciéndoles:“Nada ha pasado que nos traiga peligro. Quiero calma e tomaremos agora alguna cosa”.
E luego, grité al inspector: “¡Corred! Bajad a por esos teléfonos”.
E viendo iba a salir tal cual entró, volví a gritarle:
“Poneos algo encima, vive Dios, o ¿vais a salir así a la calle?”.
Al rato, apareció con los teléfonos en la mano e verdaderamente blanco, de la color del mármol: “¿Qué queréis haga agora con esto?”.
E así le dije:
“Si es cierto que podéis saber de quién es un teléfono aunque haga trucos, dentro de ese teléfono tenéis el nombre y el número del jefe. ¡Buscadlo!”.
“Dejadme hacer una llamada – dijo – e veremos si lo que decís es posible”.
Dio aviso a un número e sólo dijo:
“Localizad el teléfono desde el que llamo e todos los de su agenda. Llamadme al saberlos”.
Con alguna ropa puesta, subimos un tramo de la calle hasta la casa de la guardia en el pueblo e allí encontramos a uno apostado: “Identifíquense, dijo”.
E sacando el inspector una placa de metal dijo era yo capitán de la guardia real e mi domicilio en Grazalema e dio aviso de que dos hombres que, al parecer, intentaban robar en la casa, habían caído a la carretera. Con esto, el guardia, asustado, dio aviso a sus compañeros e murmuró: “No es la primera vez que pasa esto. Esa casa está en mal sitio”.
Sonó una pieza más tarde un teléfono e alguien dijo alguna cosa al guardia que nos atendía. No hubo palabra alguna, sino que cuando colgó el llamado, invitó cortésmente al inspector a pasar e le dijo estaban todos a su disposición.
En Grazalema y en la madrugada del diez de septiembre del año de dos mil e seis.


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