uedaron inmóviles como pedernales al borde del precipicio e dije sin alzar mucho la voz al que yo apuntaba:“¿Acaso salís a dar estos paseos llevando el teléfono en el bolsillo? Placeríame hacer una llamada”.
E no hubo respuesta, sino que se miraron el uno al otro con disimulo. Apreté un poco la punta de mi acero en la espalda del que yo vigilaba e vi las luces del móvil en la obscuridad, e dijo:
“¿Adónde queréis llamar, capitán, hora apropiada no me parece”.
“Sí, lo es; e mucho, que habrá alguien esperando vuestro aviso e para andar dando paseos y estando de espaldas, bien me habéis conoscido. Supongo imagináis a quién quiero llaméis”.
“Eso que decís, capitán – dijo –, me temo sea imposible”
E volviendo a apretar la punta con más fuerzas, le dije:
“Siete hombres han muerto ya por esta causa e no me importan sean nueve. Dad aviso a vuestro… (nuestro jefe, dijo) vuestro jefe e decidle conmigo estáis. Yo os diré de qué hablar”.
Así, dio aviso a un número e parecióme oírle decir «don Andrés». E le dije le explicara su situación. Miraba el otro a veces de reojo mientras decía éste a su jefe estaban pegados a la verja de mi casa, sobre un bordillo de veinte centímetros que daba a una caída de unos diez metros. Puso entonces el «altavoz» del teléfono e preguntó «el jefe»:
“¿Me oís, capitán? Si trato alguno queréis idos olvidando. Dadme el secreto y en paz os dejo”.
“Secreto no hay – le dije – e por tanto no podría haber trato, mas, si decidís ir enviando a futuras víctimas como las anteriores hasta poneros vos mesmo conmigo cara a cara, así será”.
“Trato no hay – respondió – y esto debéis tener bien claro”.
E con un movimiento rápido, cambié mi blanca de blanco y, atravesando al compañero, levanté mi pié e lo arrojé al vacío. Al poco, oímos como costal lleno de arena cayendo desde el tejado de una casa. Se estremeció el compañero, que volvió a sentir el filo en su espalda.
“Uno os queda destos dos, jefe –, le dije en voz alta. ¿Nos vemos cara a cara o eliminamos al restante?”.
Este hombre miraba con temor hacia atrás y se aferraba a la verja con una mano manteniendo el móvil con la otra. E no hubo repuesta durante una pieza, hasta que oí:
“Entregáis el secreto y os dejo en paz”.
E sin otro miramiento, atravesé el cuerpo del que tenía enfrente e con mi pie desnudo le di un impulso para que cayese.
“Capitán, – dijo el inspector - ¿sabéis qué habéis hecho?”.
“Sin duda. Entremos a la casa que aún queda una segunda parte”.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario