19 septiembre, 2006

Del movimiento del alfil

manecía en Madrid cuando di aviso al móvil de Su Ilustrísima, que andaba ya preparándose para el día, e me dijo:

“Ayyy, capitán, ¡cuánto echo menos a esos niños! E ya los imagino en sus clases e aprehendiendo desde el primer día. Buenos días nos dé Dios a todos e haga pasar esta semana rápido, que en falta echo a esos pillines”.

“Siento deciros algo que no os va a gustar e os puede tranquilizar – contestéle -. Los niños no han podido ir a sus clases, que tenemos en Sevilla moros y eso que no tenemos costa. En Madrid me hallo con el inspector para solucionar este entuerto y llevarlo a cabo. Hay trazado como estrategia de ajedrez que ha de ser muy pronta, e vos sois el alfil”.

“¿Qué cosa decís que la sangre me hiela? ¿Los niños en peligro, o vos o yo?”.

“Nada deso, Ilustrísima – le dije -. Recebiréis visita de un guardia a media mañana. Tenedlo todo listo e partid con él a Sevilla, no porque los niños estén en peligro, sino porque sé que con vos e Marcos son felices”.

E con voz angustiada, dijo:

“¿E qué será de vos?, que yo mesmo os he metido en estos fideos y no se sale de uno cuando ya se ha entrado en otro”.

“Erráis, Ilustrísima – le dije -, y excusad os lo diga con tanta claridad, que vos me enviasteis a una misión que acabose bien, mas della surgieron otras que a mí atañen. Sólo os pido deis a los niños lo que a ellos les gusta. Yo estaré de vuelta en Sevilla mañana, no penséis me perdéis de vista un mes”.

“Así lo haré si el la voluntad de Dios Nuestro Señor e la vuestra; que también es la mía”.

En Madrid y a diez y nueve de septiembre del año de dos mil e seis.

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