viendo que la historia parecía encajar e teniendo algún dato más, manifesté estas palabras:“Buscaba yo solo un libro para Marinín en aquel laberinto e perdí de vista a don Diego; se acercaron entonces dos hombres gallardos e me preguntaron si encontraba lo que buscaba. Con esto, les dije que aún no lo había encontrado, mas dijeron ellos que ya habían encontrado lo que buscaban e, poniendo uno dellos un pistolete en mis espaldas, me hicieron salir de allí a priesa y entré en un coche. El cochero nos llevaba ya hacia algún lugar de la ciudad, cerca deste (según parecióme) e uno dellos puso un pañuelo en mi cara e sentí me desvanecía. Tomando luego conciencia, vi que nos movíamos por una carretera e, junto a ella, leí «Alcalá del Río». Recorrimos un largo trecho e pasamos luego a otra carretera que en la sierra entraba. Parecióme íbamos a Cazalla de la Sierra, mas pude leer luego con gran nitidez otro cartel que decía «Constantina» e volvieron a ponerme un pañuelo en la faz e volví a perder el conocimiento”.
E restaron todos mudos. E fue el silencio tan largo, que asomóse Catalina desde la cocina por saber si algún problema había con su cena.
Pasada una pieza, intervino Marcos:
“Capitán, cansado os veo. Preferiría terminarais vuestra cena, reposásemos una pieza e fuésemos luego al descanso. Habéis empezado la historia que todos queríamos saber, pero hemos de pensar que no es el lugar ni el momento para saber el resto. Decid qué pensáis”.
E antes de hablar pensé, e luego manifesté:
“Hay muchos más recuerdos, mas, si me excusáis, mañana tendremos reunión (niños incluidos) por averiguar cada paso deste entuerto”.
En Sevilla y a uno de septiembre del año de dos mil e seis.


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