01 septiembre, 2006

Del misterio que dijo Su Ilustrísima (2/3)

timorato o asustado, volvió a intervenir Chuti:

“Dios me libre de decir cosa que no sea cierta, e ya sabéis nunca bebo; e menos a horas tempranas, mas el teléfono del capitán estaba en la mesilla pequeña que se halla junto a la cancela; esa que usa el cartero, que metiendo su mano por entre los hierros allí deja la correspondencia. E allí lo encontré sobre el medio día; encendido. E porque no fuese echado de menos (que tal el cartero mete las cartas por los huecos de la cancela, los ladrones las sacan), tomélo e púselo sobre la mesa del capitán e junto a su estuche portátil”.

“¿Cómo entonces vino el tal teléfono a parar sobre la mesilla del patio? – dijo don Juan –. O éste se hallaba en el bolsillo de mi sobrino o se hallaba en esta casa, mas no es posible estuviese en ambos lugares”.

“Yo mesmo – dijo Marinín – quise descubrir si podía hablar con mi padre e llamélo desde aquí; e tío Marcos lo oyó sonar e salió al patio y luego en la mesilla lo halló”.

“Allí lo puse a medio día e no lo confundo con otro – insistió Chuti –. Explique alguien este entuerto, que van pareciendo algunas cosas obras de brujería”.

E tras hurgar un rato en mis recuerdos, manifesté mis siguientes pensamientos:

“A las nueve de la mañana conmigo estaba ese teléfono; serían las doce cuando hablé con ese mesmo dando aviso a Su Ilustrísima. Tal vez sepa Chuti a qué hora lo encontró en la mesilla del patio e lo mudó al dormitorio”.

“Sin duda, capitán – espetó Chuti –, que en derredor de la una y media lo pasé a vuestra mesa”.

Así pues, mi móvil fue conmigo al almacén de las ropas e los libros, con él hablé a Su Ilustrísima e luego volvió a esta casa. E pensando en esto, así lo referí, e quien menos pensaba yo podría deshacer tal entuerto dio una explicación muy creíble. Habló Marino en diciendo:

“Papá, tomasteis vuestro móvil al salir de casa e lo llevasteis a esos almacenes con nosotros (yo lo vi); llamasteis a tío Juan, e luego, alguien quiso que el teléfono no viajara con vos al lugar donde se os llevaría e lo trujo a la casa, e metiendo su mano por entre las rejas de la cancela, sobre la mesilla lo depositó”.

“¡Santo Dios, que mente tan preclara no he visto en toda una vida! – concluyó don Juan – “.

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