01 septiembre, 2006

Del misterio que dijo Su Ilustrísima (1/3)

e repetía el ritual como cada noche a la hora de la cena. Presidía yo la mesa e tenía a mi lado diestro a Marcos, Marinín e Diego Jesús y al siniestro, a don Juan. Cada uno tomaba su servilleta e la preparaba sobre sus piernas esperando ser servidos. Visto este gesto por el servicio, se traían los alimentos e se colocaban sobre la mesa e, antes de ninguna otra cosa, bendecía Su Ilustrísima los alimentos e ya cada uno iba mirando cómo se servían las viandas con los cubiertos preparados. Pero esta noche, antes de comenzar el refectorio, comenzó don Juan a hablar desta forma:

“Bien me parece vuesas mercedes hayan decidido tomar algún descanso antes de hablar de todo lo ocurrido, mas muy largo empieza este descanso a hacérseme. E doy razones de por qué digo esto, pues avisada por teléfono a la guardia por comprobar sabían algo de la situación del capitán, mi sobrino, dijo una voz parca e terca que ya sabían dónde estaba. Cosa extraña esta, pues sabiendo todo se había resuelto, deberían haber dado aviso. E más raro aún lo dicho, que prometió este hombre venir e nadie ha aparecido. Así pues, empiezo a pensar que la mesma guardia anda metida en estos líos, que no son claras sus razones”.

E oyendo esto Marcos, dijo a continuación:

“Raro también me parece, que teniendo los medios adecuados para dar con el paradero desconocido, nada hayan hecho sobre esto. Quizá, comprobando su teléfono se hallaba en esta casa, pues sobre su mesa de despacho lo hallé, pensaron nada ocurría”.

Mas, en oyendo tales razones Chuti, que a un lado se mantenía, acercóse con sigilo a la mesa e pidió la venia para intervenir:

“Perdonen vuestras mercedes mi intromisión, mas el teléfono del capitán no estaba sobre su mesa cuando fuése a las compras”.

“¡Desde luego que no! – repuse colérico - ¿O es que no llamé yo mesmo desde aquel laberinto de prendas, regalos e libros a Su Ilustrísima por pedirle consejo sobre algún libro?”.

E mirándome con espanto, dijo don Juan:

“¡Vive Dios e líbreme Nuestro Señor de mis olvidos!, mas hasta agora, pensaba llamasteis desde el móvil de don Diego, que no suelo prestar grande atención a saber quién me llama”.

“Pues yo mesmo, Ilustrísima; e desde mi propio móvil que en mi bolsillo venía, que aunque no tengo por norma llevarlo siempre conmigo, seguro estoy lo llevaba la mañana de las compras”.

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