otaba ya una mejoría en mis heridas; yo mesmo estaba suspenso por lo que pudiese ocurrir, sentado desnudo en mi sillón del jardín e viendo a los pequeños nadar. Ninguno de los presentes e conocidos sabíamos qué cosa podría suceder e por qué. El silencio de aquella corta soledad que disfruté ayudóme mucho a pensar en el pasado vivido, el presente sufrido y el incierto futuro.Salió Marinín de las aguas e vi a mi ángel moreno de piel e de cabellos dorados e ojos azules, acercarse a mí de espacio caminado sobre la verde hierba. Llegado que fue a la zona de sombra, dio un salto como el que se da para subir a un caballo e sentase en mi regazo llenándolo de frescor:
“¡Mi niño! – le dije – ¡Qué fresco estáis; qué frescor e qué calor me dais! ¿Qué sería yo agora sin vos?”.
“Dice la gente, papá – manifestó – que teme a la muerte e tal cosa yo no temo. ¿Se equivoca la gente o me equivoco yo?”.
“Acaso nadie esté equivocado - le razoné -, que no se teme sino lo a que se desconoce, e vos, aún no sabiendo qué pasa durante la muerte ni detrás della, no veis haya motivo de inquietud”.
“Así debe ser – me dijo – que no ando en pensando ni cuándo ni cómo llegará, mas, decidme, ¿por qué siempre en los funerales se oye decir eso de «¡qué bueno era!»?”.
E tuve que reír por aquella bonita pregunta, e pensando un poco en mirando el moteado cielo azul de Grazalema, le dije:
“¿Sabéis? Paréceme más dificultoso decirle a la cara a alguien que es un traidor, que decirle a la familia del finado que era tan bueno como el pan”.
Rióse Marinín echándose hacia atrás e tirando de mi cuerpo y, estando agarrado con entrambos brazos a mi cuello, sentí un crujir e me asusté. Así, el pequeño se incorporó e, muy asustado también, me preguntó: “¿Os pasa algo, papá? ¿Qué os pasa?”.
“Nada hijo, nada – le respondí; que me siento vivo”.
En Grazalema y a nuevede septiembre del año de dos mil e seis.


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