ra hoy el día de las curas de mis heridas, mas habiendo de por medio un domingo, le dije a Marcos esperásemos ver los resultados de aquello del sello e ir a las curas, si no se remediaban las heridas, el mesmo lunes. Mas, ya en tan poco tiempo sentía yo mi cuerpo cambiaba de forma muy extraña y eran menores los dolores.Pasada la hora de la siesta (vencida «la modorra» que produce el buen yantar), se nos sirvió café e algún dulce de Grazalema de los que llaman «amarguillos» e son deliciosos bolitas hechas con pasta de almendra. Así disfrutábamos desos momentos, cuando alguien llamó a la puerta repetidas veces. Todos en tensión, intentamos ver por la ventana quién venía a la casa, mas no podíamos ver más cerca de un metro de la fachada. Acercóse con sigilo e con mi compaña Cayetano a abrir la puerta e, tirando della de espacio e con mucho cuidado, apareció Dolores, la madre de Fermín, que parecía no traer buenas nuevas.
Hícela pasar al punto e invitéla a tomar café con nosotros, mas, sentándose junto a don Juan, dijo con lágrimas que afloraban en sus ojos:
“Sabe mi Fermín está aquí vuestro pequeño, e sabe también no ha ido a buscarle; y en llantos desconsolados se halla, que lo toma como su mejor amigo”.
Quise remediar tal situación e así le manifesté:
“Sabed es rara nuestra estancia en Grazalema, que casi secreta es e no hemos dicho a nadie que en esta casa nos encontramos. No penséis ni por un momento hay intención de apartar a estos niños, sino que siendo nuestra situación peligrosa, guarnecidos este «castillo» nos hallamos. Si viniese Fermín, habría de hacerlo acompañado e bien vigilado. Dejáralo yo fuera de entuertos de esta familia que podrían afectar a la vuestra”.
“Tal cosa no me importa – dijo –, que no quiero sino que mi hijo no sufra. Si ha de correr riesgo, como decís, preferiría los corriere”.
“Nada tengo que decidir yo – contesté –. Su madre sois e vos habréis de decidir lo que para vuestro hijo os parece mejor. En su casa está a salvo; aquí corre ciertos peligros, mas ya cuidaríame yo de que alguien se le acercase. Si creéis es tan grande su desconsuelo por pensar Marinín no quiere verlo, varias personas iremos en vuestra compaña e lo traeremos, mas, una vez aquí y hasta que no pase el peligro que nos acecha, no podrá moverse de nuestro lado.
En Grazalema y a nueve de septiembre del año de dos mil e seis.


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