primeras horas del día nos trasladó Marcos a la escuela con Fermín, e fue esta visita distinta a la hecha con Marinín, pues hizo don Julio varias preguntas al pequeño e, mirándome con complicidad, me dijo esperase una pieza. Llevóse al pequeño a un aula y entrególe unos papeles, una pluma e alguna otra cosa. Cerró la puerta e lo dejó solo. Hubimos una plática bien larga e ya insinuónos el director que parecía aquel niño tener mente prodigiosa mas poco cultivada.Tras hacer los trazados necesarios para comenzar las clases e, teniendo pendiente aún la admisión de Fermín, le dije si hubiese posibilidad de visitar al niño que había caído en tan grave enfermedad. Con esto, e no entendiendo don Julio el por qué de mi intención de de ver a aquel pequeño, le dijo Marcos:
“Acaso os parezca extraño que don Marino interésese por la enfermedad deste niño que permite pueda ser admitido Fermín; mas he de deciros, que aunque creíble no lo parezca, tiene este hombre remedios para algunas enfermedades que la medicina moderna no puede curar. En vuestras manos dejo la decisión de que este niño pueda curarse. Sabed, esto puedo aseguraros e puedo dar fe dello como abogado, que Marinín sigue vivo gracias al capitán; e incluso agora, e también gracias a Su Ilustrísima don Juan de Lobo, obispo emérito en Ronda, es este niño hijo adoptivo deste hombre; e aún más; sabed que esto no digo por estar él presente”.
Hubo un luengo silencio e, sin observar en la cara de don Julio algún gesto, dijo a media voz:
“Permitidme, pues mi consentimiento tenéis, pregunte a sus padres si a ello están dispuestos. Si esto es así, esta mesma tarde seréis avisados”.
Poco después, fuimos hasta el aula cerrada donde estaba Fermín e, al abrir la puerta, le vimos haciendo dibujos en la pizarra. Con esto, me preguntó don Julio muy quedo:
“Paréceme este niño prodigioso. Veremos el examen realizado e también esta mesma tarde tendréis los resultados”.
E fizo lo mesmo que en la visita de Marinín, que nos invitó a café e así pudo oír cómo aquel pequeño (con su acento grazalemeño) daba razones de adulto.
E así, al despedirnos, preguntóle don Julio al pequeño por qué había hecho aquellos dibujos en la pizarra, y el pequeño, con sumo respeto, le dijo:
“Señor, el examen era fácil e sobraba tiempo. Os ruego me excuséis por tocar lo que no es mío”.
En Sevilla y a trece de septiembre del año de dos mil e seis.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario